jueves, 29 de junio de 2017

“Un gin- meando- carne- viva- carburador- V8- dual- hijo- de- puta de Los Ángeles", por Dan Fante


SANTA MÓNICA

Luce como el océano mismo
pero es Santa Mónica —no el nirvana
sentado
entrecerrando los ojos al amanecer de un motel de 40 dólares por día
al lado del mar
todos los gastos pagos por la chica que ronca detrás de mí
que compró las bebidas de anoche
después leí algunas cosas de mis últimos diez años en un cuaderno
    manchado con vino
y
una vez más
tuve mucho éxito haciendo el papel de un escritor de verdad

mi mierda —notablemente— incluso suena como yo
antes de que perdiera mi musa
y me convirtiera en un desesperanzado idiota-desconocido-sin
   talento-retardado
de mierda
con un tren de carga que ruge a través de mi mente
persiguiendo la ridícula y perdida idea de la perfección literaria

Pero te advierto
soy como un Ford 1985 abollado
con un radiador arruinado,
un parabrisas agrietado,
y tres llantas lisas
yendo a toda velocidad por la 405

No trates de humillarme, de pasarme o engañarme
porque —mirá

cuando estoy acorralado
puedo escribir como un gin-meando-carne-viva-carburador-V8-
dual-hijo de puta

incluso en Los Ángeles









.

Conocí al más miserable
bastardo y hambriento gato
mientras estaba sentado con un libro
en un banco
fumando medio paquete de Luckies
en Venice Beach*

Me vio y se acercó
blanco
sucio
con un ojo verde
y otro ojo amarillo
y un corte fresco en su oído lleno de cicatrices

Enojado como un lobo herido
mantuvo su distancia
y su mirada decía, dame de comer o andáte a la mierda
el banco en el que estás es mi territorio

Lo que él no sabía era que yo también estaba desesperado
y loco
y lo que el vacío y la soledad y la rabia pueden hacerte cuando no
tenés más que dolor en tus bolsillos y tu casa es un Pontiac de 1978
reventado y estancado en un callejón al oeste de Los Ángeles y la
voz en tu mente está taladrándote y matándote aún más cada
día y te levantás y tomás más vino de pis de rata para protegerte
de una locura inmediata y dios se convierte en un tipo que aparece
del 7-11 ofreciéndote la miseria de otra maldita jarra y el miedo
es tu mejor sentimiento y el amor es muerte y todo tiempo es
muerte y hasta tus ojos apestan y tus tripas están hinchadas con
los gritos de aquellos a los que odiás y la única cordura real que
existe puede encontrarse en el pequeño milagro de meterse de
nuevo otro trago

Eso quiere decir que el gato blanco no supo que yo también
nnnnhabía sido cortado

con la misma tijera

la única diferencia entre nosotros
                                                  son diez años y una máquina de escribir


.



LOROS

Otra vez quebrado
y
descuidado
y con la esperanza de garronear un mes gratis en Malibú
descubrí que ahora hay loros silvestres que se reproducen en Point Dume
En Malibú

Grandes
verdes y ruidosos hijos de puta
riendo en lo alto de los árboles —siguiéndome por el camino en la tarde
de sol desde la autopista
charlando sin sentido como una orquesta de animado caos

Esta vez estoy volviendo a casa con todo lo que tengo en una bolsa de plástico
junto con mi máquina de escribir y mi gusto por la ginebra

Mamá abrió la puerta
y sonrió cuando me vio
y
esa noche nos reímos de los loros y hablamos incesantemente
acerca
de Dickens y Rupert Brooke y Millay
y de ese plomazo de T.S. Eliot

Y me fui a la habitación de invitados
borracho de gin gratis
triste por el fantasma desvanecido de mi padre
y agradeciendo a Jesús que había una persona con vida
que todavía iba a escuchar mis
pelotudeces












.


Cuando, a la edad de cuarenta y cinco años,
empecé a escribir seriamente,
había estado tres años sin beber alcohol
y finalmente podía sentarme solo en un cuarto sin un intento
   de suicidio

me puse un objetivo —una página al día
llegaba a la casa de mi mamá de la reunión del mediodía de
   Alcohólicos Anónimos
y escribía mi página diaria

buena, mala o indiferente

así es cómo empecé
una página al día
todo lo que tenía a mi nombre era mi rabia
y la vieja y temperamental Smith-Corona  portátil de mi padre

nada más —nada que perder
sin apartamento
sin perspectivas de trabajo
un pedazo de mierda de coche usado de siete cilindros
cincuenta dólares a la semana como limosna de mi mamá
y
mi imaginación
y
un deseo —de ser un buen escritor

ahora —once años después— nadie puede callarme











.


7-1-93

Por mucho tiempo existí
en la oscuridad
prefiriéndola

sin la necesidad de hablar mucho o desear amigos
fue fácil

cada atardecer llegaba y firmaba la salida, recogía mi taxi,
después seguía a la noche
para sentirme libre
desconectado

año tras año
a salvo en una nave espacial vagando
a través de barrios sin rostros ni nombres

la paz me sostuvo

así que pude aprender a sentirme separado del dolor y la necesidad y el juicio
y dejar que las mojadas y dulces calles chuparan mi mente limpia
como una amante

En esas miles de noches en Nueva York no fueron escritas grandes obras
ni se ganaron o perdieron fortunas
pero
mejor que nada
en soledad
conseguí ser salvado
rescatado

de una noche de dolor interminable











.



A Mark


Caminar sólo con palabras
y libros
como si fueran tus amigos
soñar los sueños de los santos anormales escritores muertos
que
vinieron antes que vos
y ahogaron el dolor de sus corazones puros
en tanques de gin
como un azotado
gato no querido

Abrazar al egoísmo
y al desempleo
fumar millones de cigarrillos sin filtro
y pegar tu culo desesperadamente
al peor borracho puto drogadicto
que estaría dispuesto a comerciar tus bolas en un instante de Nueva York
con el chico del final de la barra
de cara poceada
y
un billete de cincuenta dólares

No seas valiente
recordá que todos los hombres son tontos
y mentirosos
prisioneros sin alma de su propia necesidad manchada con sangre
y no perdones nada
Entonces tal vez un día
al igual que yo
con tus pies doloridos y tu cráneo abierto de la fiesta de la noche
anterior
vas a patear una caja
o dar vuelta una página
y encontrarte cara a cara
con
los ojos borrosos de dios













* Venice es un distrito de Los Ángeles, California.






Tomado de: Dan Fante, “Un gin -meando- carne- viva- carburador- V8- dual- hijo- de- puta de Los Ángeles: poemas recobrados 1983-2002”, Buenos Aires Poetry, 2015.  Traducción y notas: Juan Arabia.






martes, 6 de junio de 2017

Tomás, por Marco Castagna



 Un viento duro arrecia y forma hoyos de sal en la cara, agrietándola como la agrieta el tiempo, con un molde severo y adusto. Naciones de hormigas caminan por el borde de una construcción abandonada al costado del camino. El padre de Tomás recuerda que en ese paso de nivel un compañero de trabajo mató un ñandú persiguiéndolo durante una hora a los tiros por un camino de tierra y agitando una petaca de whisky por la ventanilla. Cuando lo tuvo a tiro le disparó y lo abandonó entre las piedras. Tomás se agita en el asiento del acompañante sintiéndose incómodo. Su padre le pide que se quede quieto, que no puede ser que se mueva tanto, le pregunta si tiene hormigas en el culo. La pregunta obviamente no es una pregunta. Tomás se mueve por última vez, se abrocha el cinturón de seguridad con miedo de estar moviéndose demasiado o de no poder hacerlo más y  se queda rígido en la última posición que encuentra su cuerpo como una pieza de ajedrez congelada. Todo esto a Tomás lo pone muy nervioso, y como es natural, le dan más ganas de moverse. Saber que no podés moverte puede llegar a ser tremendamente incómodo e insoportable. Es así como una persona puede silenciosamente comenzar a enloquecer o convertirse en secreto en artista. Por supuesto que todo es abstracto o hipotético, aunque esto último no tanto. En este momento Tomás tiembla pero intenta no demostrarlo. En momentos así él preferiría que el coche se estrellara y su padre sin cinturón de seguridad saliera despedido volando por los aires y lo pisara un ñandú. Cuando se anima, el chico observa a su padre por el espejo retrovisor y lo nota tenso, el rostro rojo y agrietado, alguien incapaz de comunicarse. A Tomás le hubiese gustado decir algo, algo como para descomprimir un poco el ambiente, pero no se animó o nunca supo qué decir. O tal vez sí, tal vez una forma extraordinaria y radical de sabiduría le hizo saber que no decir nada suele ser lo mejor en casos como este, porque es difícil sino imposible interpretar y además tratar de agradarle a un hombre como su padre. Mientras el coche avanza a los tumbos por caminos de polvo y piedra reduciendo levemente la velocidad antes de pasar por los puestos de seguridad o antes de llegar a los escasos peajes. El padre de Tomás mastica un chicle y Tomás estudia la mandíbula rígida de su padre, le parece la mandíbula de un dinosaurio de esos que le muestra su madre por las noches en los libros de ciencia. Estudiar arqueológicamente un objeto sabe Tomás te hace olvidar al menos provisoriamente del tiempo cuando no podés moverte ni tenés nada para decir.  Tener que permanecer quieto y expectante puede ser una tarea horrible e infinita. Como sea, de repente el Renault 12 blanco se detuvo delante de un paisaje extraño y que a Tomás se le antojó decididamente adulto: hombres con cascos amarillos y mameluco gris moviéndose de acá para allá, autos más modernos que los de su padre estacionados en una esquina y hombres de traje y maletín delante de los autos hablando por teléfono con cara de asunto serio e importante o más bien de alguien que  está recibiendo información sobre una enfermedad. Una tienda improvisada de la que salía humo y una señora corpulenta le gritó a alguien en el interior de la tienda que no podía verse. El sol se hundía como un limón viejo en el cielo. Tomás seguía rígido sobre el asiento y se hubiese quedado un rato más así, no quería bajar y exponer su vergüenza. Su padre le pidió que se saque el cinturón de seguridad y baje del auto. Antes de salir del auto, Tomás retiró una perilla de seguridad que tenía forma de dedo cortado o de gajo de naranja. Bajó y siguió a su padre por una superficie de piedras hasta llegar frente a unos hombres que fumaban delante de una máquina excavadora. Su padre intercambió unas palabras con los operarios y subió a Tomás por una escalera, que seguía casi paralizado y perplejo por el episodio del auto, y que prefería no moverse demasiado, pero su padre ahora se enojó porque él no se movía, y le dijo que se apure. El chico se puso todavía más nervioso y llegó rápido a la caja de mando de la máquina excavadora.


miércoles, 24 de mayo de 2017

Tras los pasos de Limónov, por Camilo Oliveras







Carrére escribe un libro épico, como esas peleas de box que pasan a la historia porque uno de los peleadores aguantó como nadie y ganó el combate por puntos. Aguante. Tal vez un buen novelista sea eso*

Los héroes de Carrére son extraños: paranoicos, obsesivos, lúcidos, secos, amargos, dotados de una voluntad de hierro y un destino trágico.

El francés mete todo en su monumental Limónov, no se guarda nada. Estudia su personaje, lo desintegra, se mueve, entrevista gente y más gente, luego vuelve a armar el rompecabezas, lo deja reposar, lo destruye. Lo arma otra vez.

Si Dick es el héroe sedentario, Limónov es todo lo contrario. Tiene una fuerza  vital asombrosa.

El recorrido de Limónov es una sombra de la historia de Rusia, de su devenir, de sus arbitrariedades, de sus secuelas y la compleja voluntad popular.

Príncipe y mendigo. Limónov aprovecha cada experiencia y la exprime al máximo. Escritor punk político. Carreré cuenta su vida prodigiosamente.

¿Cuáles son los recursos de Carrére?

Referencias pop para traducir rápido la diferencia cultural con Rusia a un idioma universal, links permanentes entre la vida de Limónov y su propia vida, introducir los libros de Limónov en el libro, y una prosa directa, seca, honesta.

Carrére como un cronista permanente que todo lo registra.

Suspensión de la vida de los personajes para luego retomarlos, dominio del fragmento y la microvida. La salud de lo micro en lo macro.

Carrére es cronista por igual de la vida interior y exterior de su personaje.  












*Aunque Carrére es mucho más que eso. Ya lo demostró en la biografía de Philip K. Dick (“Yo estoy vivo, y ustedes están muertos”)

viernes, 19 de mayo de 2017

Un tesoro local, por Francisco Garamona





                                                                                                                                                                                                    En el torbellino de las mochilas
                                                                                       los ojos de la hormiga no perdonan
                                                                                           
                                                                                 

¿Qué puede cambiar una voz?

Porque escuchaste en la calle a la camioneta llegando con su motor prendido supiste que venían. Pero cuando saliste a recibirlos la camioneta ya estaba estacionada en el frente de la casa, con sus puertas abiertas que aún despedían calor. Ellos cruzaron el país para verte; solo para estar junto a vos. Si fueran el viento, éste habría llegado demasiado tarde, apagando la vela que ondeaba en tu cuarto de estudiante…Pero vos te precipitaste y fuiste bajando los escalones de dos en dos, de tres en tres, saltando de alegría. Llevaban barbas de choclo y hacían como que hablaban un lenguaje corporal que apenas creíste descifrar. ¿Qué puede cambiar una voz? Fue la consigna del festival de literatura al que te habían invitado. Y ahí te respondiste que todo lo podía cambiar salvo al pasado, que era como una máquina detenida en la maleza,  o como una locomotora que surcaba las vías con su luz parpadeante, hurgando en la tierra abierta.

J L C

Era una tarde ausente, ausente de sí misma, ya que si bien todavía era temprano, se estaba haciendo de noche. Pero yo quería otra cosa, decir los nombres de unas chicas que conocí en un viaje a Córdoba, poder hablar de ellas, después de tantos años de no verlas. Pensé en Laura, en Camila y en la pequeña Julia, que tenía una joroba en la espalda que siempre se la frotaban. “Da mucha suerte”, le decían. Y ella los miraba, con unos ojos vacíos que interrogaban la nada. Era una obra de arte abandonada en la playa, cuando íbamos todos a tomar el fresco del río. Julia estaba ahí, entre las rocas, con su malla celeste, y el pelo peinado para atrás, muy tirante, rematado en una cola de caballo. Con las nubes que proyectaban formas simples sobre nosotros. Y las atracciones a las que nos entregábamos. Y el deseo. Y el aburrimiento que.

Murmurando algo

Dije que había inmensos lagos planos en el alma de un niño. Era en metáforas, sí, pero de una guerra interna. Quise decir yo, pero preferí un él, o un nosotros cubierto de corteza. E ir hacia un monte donde la alegría brindara en sucesivos puntos otras coordenadas. Guijarros del amor. Piedras con formas vagamente humanas. Llegás a la simpatía pero sin la pastilla negra que surcó las sagas de un nuevo periodismo nimbado de misterio. Tiempo en que la vaguedad es la única forma posible del encuentro. Hola: anoche encontraron a un bebé adentro de una mochila cubierto con una toalla blanca. Cerca del alba pasamos por ahí raudos en el auto, veníamos de un bar donde la música no nos dejaba conversar. Así que salíamos a cada rato aprovechando para fumar en la vereda. La primera mañana, en que desperté después de una borrachera, miré los postigos cerrados de una pensión. ¿Fue en la calle Italia, no? No sé, pero lo que sí recuerdo eran las luces de unos autos que se perseguían rápido durante el sueño. Me hablabas, pero yo respondí con otras palabras, para decirte cualquier cosa. El indio vive en el poema.











* Tomado de “Un tesoro local”, de Francisco Garamona, Ivan Rosado, 2015, Rosario, Argentina.

martes, 18 de abril de 2017

“La tristeza es uno de nuestros derechos”, por Marco Castagna









Visiones de Antonio es un comic genuino, potente, a todo trapo. A lo largo de sus páginas se despliegan, por un lado, las aventuras de Almeja y Antonio (un vagabundo y un chico extraño al que le brotan preguntas extrañas) y por otro lado, la vida en las ciudades, una crónica o retrato crudo de los días en una capital del mundo.

Visiones (Palabras Amarillas, 2015) es un libro río o libro puente porque sus personajes desfilan por su interior como si se tratara de una obra de teatro o una película de cine mudo. Tan solo aparecen o desaparecen, o quedan parpadeando, suspendidos en la memoria del lector, que se queda como detrás de la barrera esperando el tren que pasa. Esos son los momentos en los que Nacho hace magia. Nos hipnotiza en un viaje sin pretensiones, lleno de fantasía y con un ojo abierto en el sueño de tinta que se despliega sobre lo real.

Un baúl lleno de gente. Varias personas habitan en el interior de Nacho, quien parece trabajar sobre el tedio en la ciudad haciendo un tejido fino de sus visiones. Algunos parecen bocetos o dibujos simples. Otros, grandes explosiones, rompecabezas complejos, obsesivos, frescos de una city o de un sueño demasiado vívido. Otros: caricaturas o retratos punks, crudos, de situaciones domésticas que se estiran hasta perder su contorno aparente.

Entre el tango y el rock, los personajes parecen vibrar en esas latitudes musicales. Es un comic urbano, sin dudas, pero en el que sus personajes principales (Antonio y Almeja) se vuelcan al margen de la ciudad para captar las señales o abismar sus vidas en busca de libertad. Hay un corazón puro que dibuja, y un ojo de rapiña que registra voces, luces, estados de ánimo y lo imperceptible de las personas en público que parece estar siempre bajo mil llaves. Nacho levanta la tapa y nos enseña eso que la escuela nunca nos enseñó: no existe una escuela que enseñe a vivir.

Lo que se dibuja son estados de ánimo de una ciudad insomne. Pasan por las páginas del libro: el oficinista, el anónimo depravado, el jugador o el que vive para agradar a los demás. Todos giran en una ruleta rusa macabra. Sin embargo, hay algo que redime a sus personajes, una ternura o una gracia que fluye liviana, ligera como el gato que camina por los techos sin pedir nada a cambio, solo por placer.

Nacho deja al lector de Visiones en un estado de pregunta, le regala una dosis de incertidumbre, un desasosiego. Como el de la persona que despierta a la madrugada y encuentra que la habitación tiene un aspecto levemente diferente.

“La tristeza es uno de nuestros derechos. ¿Por qué nos gustan Romeo y Julieta?”.



jueves, 6 de abril de 2017

"Qué es escribir", por Stephen King



QUÉ ES ESCRIBIR

Telepatía, por supuesto. Pensándolo bien, tiene su gracia: la gente se ha pasado años discutiendo si existe, hay personajes como J.B. Rhine que se han devanado los sesos para crear un procedimiento válido de comprobación que lo aísle, y resulta que siempre ha estado perfectamente a la vista como la carta robada de Poe. Todas las artes dependen de la telepatía en mayor o menor medida, pero opino que la literatura ofrece su destilación más pura. Es posible que esté predispuesto a su favor, pero no importa: quedémonos con la escritura, ya que es de lo que hemos venido a pensar y hablar.

Me llamo Stephen King, y escribo el primer borrador de este texto en mi mesa de trabajo (la que está puesta donde baja el techo) una mañana de nieve de diciembre de 1997. Tengo varias cosas en la cabeza. Algunas son preocupaciones (problemas de vista, no haber empezado las compras de Navidad, que mi mujer haya salido de casa con un virus); otras, en cambio, son agradables (nuestro hijo menor nos ha hecho una visita desde la universidad, y en un concierto de los Wallflowers subí a tocar con ellos el Brand New Cadillac de los Clash), pero ahora mismo tiene prioridad el papeleo. Estoy en otra parte, en un sótano con mucha luz e imágenes claras. Me ha costado muchos años construírmelo. Domina una gran perspectiva. Ya sé que no cuadra mucho con que sea un sótano, que es un poco raro y contradictorio, pero yo funciono así. Otro construirá su atalaya en la copa de un árbol, o en el tejado del World Trade Center, o al borde del Gran Cañón. Allá cada cual con sus preferencias.

La publicación de este libro* está prevista para finales de verano o principios de otoño de 2000. De confirmarse el dato, tú, lector, estarás a cierta distancia cronológica de mí… pero es muy probable que estés en tu propia atalaya, donde recibes los mensajes telepáticos. No es que sea necesario, ¿eh? Los libros son la magia más portátil que existe. Yo suelo escuchar uno en el coche (siempre en versión completa, porque las lecturas de textos abreviados me parecen el colmo), y en general nunca salgo sin un libro. Nunca se sabe cuándo apetecerá tener una válvula de escape: colas kilométricas en los peajes, las salas de embarque de los aeropuertos, las lavanderías automáticas en tardes de lluvia, o lo peor de todo: la consulta del médico cuando se retrasa y tienes que esperar media hora para que te torturen una parte sensible del cuerpo. En ocasiones así me parecen indispensables los libros. Si resulta que tengo que pasar una temporada en el purgatorio antes de que manden arriba o abajo, preveo que mientras haya biblioteca no me quejaré. (Seguro que si hay una estará llena de novelas de Danielle Steel y libros de cocina: ja ja, va por ti, Steve.)

O sea, que leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, y seguro que tú también: un sitio con buena luz y mejor ambiente. El mío es el sillón azul de mi estudio. Tú quizá prefieras el sofá, la mecedora de la cocina o la cama: leer en la cama puede ser paradisíaco, a condición de tener la página bien iluminada y no ser propenso a tirar el café o el coñac en las sábanas.

Supongamos, por lo tanto, que estás en tu lugar de recepción favorito, igual que yo en el mío de transmisión. Nuestro ejercicio de comunicación mental tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia; pero bueno, no pasa nada: si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y (con la mediación de algunas notas) Heródoto, la distancia entre 1997 y 2000 no parece insalvable. ¿Listo? Pues adelante con la telepatía. Te habrás fijado en que no tengo nada en las mangas, y en que no muevo los labios. Es muy probable que tú tampoco.

Fíjate en esta mesa tapada con una tela roja. Encima hay una jaula del tamaño de una pecera. Contiene un conejo blanco con la nariz rosa y los bordes de los ojos del mismo color. El conejo tiene un trozo de zanahoria en las patas delanteras y mastica con fruición. Lleva dibujado en el lomo un ocho perfectamente legible en tinta azul.

¿Estamos viendo lo mismo? Para estar seguros del todo tendríamos que reunirnos y comparar nuestros apuntes, pero yo creo que sí. Claro que es inevitable que haya ciertas variaciones: algunos receptores verán una tela granate, y otros más viva. (Los receptores daltónicos la verán gris ceniza.) Puede que algunos vean adornos en el borde de la tela. Las almas decorativas habrán añadido un poco de encaje, y son muy libres de hacerlo. Mi mantel es suyo.

Siguiendo el mismo principio, el tema de la jaula deja mucho espacio a la interpretación individual. Para empezar, ha sido descrita mediante una “comparación imprecisa”, que sólo será operativa si vemos el mundo y medimos las cosas con criterios similares. Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir. ¿Qué tendría que haber dicho? ¿Qué “encima hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de anchura y treinta y cinco centímetros de altura”? Más que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el material de la jaula. ¿Alambre? ¿Barras de acero? ¿Cristal? ¿Tiene alguna importancia?  Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de atracción, y lo vemos los dos. Ni yo lo he dicho ni tú me lo has preguntado. Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.

Se han tocado nuestras mentes.

Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, ¿eh? Sin chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero antes de seguir deseo hacer una puntualización: no es que me haga el listo, es que hay algo que exponer.

El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta  desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.

No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco pretendo que haya que ser políticamente correcto o dejar aparcado el humor (¡ojalá tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpiadas de la moral; tampoco es ninguna iglesia, pero joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel. Si eras capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa.

A lavar el coche, por ejemplo.







* “Mientras escribo”, Stephen King, Plaza & Janés.