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jueves, 6 de abril de 2017

"Qué es escribir", por Stephen King



QUÉ ES ESCRIBIR

Telepatía, por supuesto. Pensándolo bien, tiene su gracia: la gente se ha pasado años discutiendo si existe, hay personajes como J.B. Rhine que se han devanado los sesos para crear un procedimiento válido de comprobación que lo aísle, y resulta que siempre ha estado perfectamente a la vista como la carta robada de Poe. Todas las artes dependen de la telepatía en mayor o menor medida, pero opino que la literatura ofrece su destilación más pura. Es posible que esté predispuesto a su favor, pero no importa: quedémonos con la escritura, ya que es de lo que hemos venido a pensar y hablar.

Me llamo Stephen King, y escribo el primer borrador de este texto en mi mesa de trabajo (la que está puesta donde baja el techo) una mañana de nieve de diciembre de 1997. Tengo varias cosas en la cabeza. Algunas son preocupaciones (problemas de vista, no haber empezado las compras de Navidad, que mi mujer haya salido de casa con un virus); otras, en cambio, son agradables (nuestro hijo menor nos ha hecho una visita desde la universidad, y en un concierto de los Wallflowers subí a tocar con ellos el Brand New Cadillac de los Clash), pero ahora mismo tiene prioridad el papeleo. Estoy en otra parte, en un sótano con mucha luz e imágenes claras. Me ha costado muchos años construírmelo. Domina una gran perspectiva. Ya sé que no cuadra mucho con que sea un sótano, que es un poco raro y contradictorio, pero yo funciono así. Otro construirá su atalaya en la copa de un árbol, o en el tejado del World Trade Center, o al borde del Gran Cañón. Allá cada cual con sus preferencias.

La publicación de este libro* está prevista para finales de verano o principios de otoño de 2000. De confirmarse el dato, tú, lector, estarás a cierta distancia cronológica de mí… pero es muy probable que estés en tu propia atalaya, donde recibes los mensajes telepáticos. No es que sea necesario, ¿eh? Los libros son la magia más portátil que existe. Yo suelo escuchar uno en el coche (siempre en versión completa, porque las lecturas de textos abreviados me parecen el colmo), y en general nunca salgo sin un libro. Nunca se sabe cuándo apetecerá tener una válvula de escape: colas kilométricas en los peajes, las salas de embarque de los aeropuertos, las lavanderías automáticas en tardes de lluvia, o lo peor de todo: la consulta del médico cuando se retrasa y tienes que esperar media hora para que te torturen una parte sensible del cuerpo. En ocasiones así me parecen indispensables los libros. Si resulta que tengo que pasar una temporada en el purgatorio antes de que manden arriba o abajo, preveo que mientras haya biblioteca no me quejaré. (Seguro que si hay una estará llena de novelas de Danielle Steel y libros de cocina: ja ja, va por ti, Steve.)

O sea, que leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, y seguro que tú también: un sitio con buena luz y mejor ambiente. El mío es el sillón azul de mi estudio. Tú quizá prefieras el sofá, la mecedora de la cocina o la cama: leer en la cama puede ser paradisíaco, a condición de tener la página bien iluminada y no ser propenso a tirar el café o el coñac en las sábanas.

Supongamos, por lo tanto, que estás en tu lugar de recepción favorito, igual que yo en el mío de transmisión. Nuestro ejercicio de comunicación mental tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia; pero bueno, no pasa nada: si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y (con la mediación de algunas notas) Heródoto, la distancia entre 1997 y 2000 no parece insalvable. ¿Listo? Pues adelante con la telepatía. Te habrás fijado en que no tengo nada en las mangas, y en que no muevo los labios. Es muy probable que tú tampoco.

Fíjate en esta mesa tapada con una tela roja. Encima hay una jaula del tamaño de una pecera. Contiene un conejo blanco con la nariz rosa y los bordes de los ojos del mismo color. El conejo tiene un trozo de zanahoria en las patas delanteras y mastica con fruición. Lleva dibujado en el lomo un ocho perfectamente legible en tinta azul.

¿Estamos viendo lo mismo? Para estar seguros del todo tendríamos que reunirnos y comparar nuestros apuntes, pero yo creo que sí. Claro que es inevitable que haya ciertas variaciones: algunos receptores verán una tela granate, y otros más viva. (Los receptores daltónicos la verán gris ceniza.) Puede que algunos vean adornos en el borde de la tela. Las almas decorativas habrán añadido un poco de encaje, y son muy libres de hacerlo. Mi mantel es suyo.

Siguiendo el mismo principio, el tema de la jaula deja mucho espacio a la interpretación individual. Para empezar, ha sido descrita mediante una “comparación imprecisa”, que sólo será operativa si vemos el mundo y medimos las cosas con criterios similares. Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir. ¿Qué tendría que haber dicho? ¿Qué “encima hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de anchura y treinta y cinco centímetros de altura”? Más que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el material de la jaula. ¿Alambre? ¿Barras de acero? ¿Cristal? ¿Tiene alguna importancia?  Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de atracción, y lo vemos los dos. Ni yo lo he dicho ni tú me lo has preguntado. Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.

Se han tocado nuestras mentes.

Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, ¿eh? Sin chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero antes de seguir deseo hacer una puntualización: no es que me haga el listo, es que hay algo que exponer.

El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta  desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.

No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco pretendo que haya que ser políticamente correcto o dejar aparcado el humor (¡ojalá tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpiadas de la moral; tampoco es ninguna iglesia, pero joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel. Si eras capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa.

A lavar el coche, por ejemplo.







* “Mientras escribo”, Stephen King, Plaza & Janés.










miércoles, 10 de agosto de 2016

Los Guns y yo: una educación sentimental, por Luciano Lamberti




1. Al primer cd que vi en mi vida lo tenía un amigo de la secundaria, y lo escuchamos después de una clase de gimnasia de segundo año del colegio Normal Doctor Nicolás Avellaneda. Era Use your illusion II, de los Guns n roses. Me asombró el sonido limpio, tan diferente al de los casets TDK negros o naranjas que escuchaba yo. Me asombraron también (y me conmovieron) algunos temas largos, como Breakdown Stranged November rain o Coma, que sumaban dos o tres estructuras distintas, y pasaban por varios estados. Era como si hubieran saltado de hacer un heavy metal soft (Apettite for Destruction) a incorporar una dimensión completamente nueva a su música. Habían cambiado de baterista (el primero era muy drogadicto hasta para ellos), habían incorporado al inmenso Dizzy Reed en los teclados, habían vuelto a las raíces folk y bluseras y de rock clásico para regresar al ruedo con algo nuevo y vital. Pero eran sus actuaciones en vivo lo que mostraban al grupo en toda su potencia. No sólo sonaban como los dioses, muy cerca de los discos, sino que su forma de vestirse los alejaba del género humano. No eran personas, no era gente que se fuera a levantar para el desayuno, eran verdaderos monstruos, estaban más allá de la humanidad. En una época como esta, en la que todos cantan en ojotas y remeritas, esos tipos traídos directamente desde los 80, con peinados altos y tips armados por un productor enfermo (las sugerentes calzas de Axl, la galera y los rulos de Slash) eran la última banda de rock. Vean, sino:





2. Stephen King dice que escribe escuchando los Guns, Metállica, AC DC, bandas tan ruidosas que es como escribir en silencio. Algo de la estética negra y brutal de esas bandas se cuela en sus novelas: es un escritor hardcore, por lo menos en sus mejores libros. Lo cierto es que cada escritor tiene su propia banda sonora, una música perfecta para lo que hace. Los primeros que se me ocurren: un jazz contemporáneo para Paul Auster, rancheras mexicanas para Yuri Herrera, música de videojuegos para David Foster Wallace. En Costas Extrañas, libro de ensayos de Coeetze, el sudafricano habla de su primera impresión al escuchar el clave bien temperado de Bach, una música extraña para su clase social y su formación artística, que lo marcó para siempre.La música no es sólo música, es la experiencia que la acompaña.
3. En Argentina, hay algunos fáciles. El rock barrial para Incardona. La cumbia para Cucurto. El hardcore podrido para Busqued. Ya hay otros que están escribiendo con una oreja en las bandas del indie: Fabio Martínez, escritor salteño radicado en Córdoba, cuya novela Los pibes suicidas tiene un epígrafe de El mató a un policía motorizado y puede leerse con esa música de fondo. O Pablo Natale (parte él mismo de la banda indie Bosques de Groelandia) cuya novela Los Centeno suena a Nick Drake o Elliot Smith.
4. Me animo a decir que un 87 % de los escritores son músicos frustrados. Hay una cualidad en la música que es imposible de alcanzar con las palabras, que siempre tienen que andar representando. La música es el arte más puro, como decía Borges, el más abstracto. Y quizás es en los Grandes Poetas donde se alcanza la música pura, sin necesidad de significado. Ver: César Vallejo, Héctor Viel Temperley. No significan nada más que el sonido de las palabras, desprendidas de su significado, vacías y resplandecientes. “Puta madre, quería escribir así”, dice un personaje de Piglia en Respiración artificial, refiriéndose a los cuartetos de Beethoven. Pero escribir así, por supuesto, es imposible.
5. 1992. Tengo diecisiete años y el pelo largo y sucio y voy a ver el recital de los Guns en la Argentina a la casa de un amigo. En mi casa no se puede porque a mi padre esos melenudos lo ponen de malhumor. Además corren rumores de que su música es diabólica: una chica se ha suicidado porque el padre no lo dejó ir al recital. Arrancan con Welcome to the jungle, Axl vestido con una remera argentina, el gran diablo inflable de dientes afilados atrás. Pero en medio de Night Train, la canción se corta a la mitad y Axl llama a la traductora. Unos dementes han arrojado al escenario una toallera de los vestuarios. La pobre chica elude como puede los sucesivos fuckings que Axel intercala en todas sus frases. Recuerdo eso como si lo estuviera viviendo, cada pequeño detalle, por ejemplo la campera que tenía puesta ese día (Adidas, azul oscuro) y los cigarrillos que nos fumamos cuando terminó (Marlboro, que le robé a mi padre) envalentonados por todo lo que fumaba Slash. Una educación sentimental no es buena ni mala, “es”, a secas.



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El texto fue publicado anteriormente en el blog de Eterna Cadencia el 28 de Agosto de 2013.