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martes, 20 de septiembre de 2016

“Soy una especie de Alien”. Una entrevista a Bret Easton Ellis. Por Rodrigo Fresán




Aunque ustedes no lo crean: el escritor que convoca convocar vía twit a festejar la muerte de J. D. Salinger y el espectador que rompe a llorar frente a la pantalla de Toy Story 3 son la misma persona: Bret Easton Ellis. Alguna vez enfant terrible de las letras norteamericanas y hoy autor de un escandaloso clásico moderno llamado American Psycho, Ellis ha decidido celebrar su cuarto de siglo en seísmica actividad volviendo a los orígenes. Así, Suites imperiales es una réplica y onda expansiva de Menos que cero y, al mismo tiempo, para él, un volver a empezar.

¿Estaba ya en sus fantasías, hace veinticinco años, reencontrarse con los jóvenes perdidos de «Menos que cero»?
El libro es algo así como una sorpresa. Un nuevo principio en más de un sentido, aunque, paradójicamente, remita directamente a mi debut como novelista. Una nueva dirección. Aunque esto no haya sido algo calculado. No soy del tipo de escritor que traza un mapa o plantea una estrategia y luego lo sigue. Escribo lo que siento. Lo que no quiere decir que, una vez decidido el tema y trama o tono del libro, no lo planifique cuidadosamente antes de plantarme frente a mi ordenador. Tenía perfectamente claro cuál sería la primera oración y cuál sería la última y las cosas que ocurrirían entre una y otra. Lo que no puedo –y no me interesa controlar– es la idea para una novela. De dónde viene y por qué.
Lo que, supongo, no le impedirá precisar unas mínimas coordenadas en cuanto a la génesis del asunto…
Digamos que no soy uno de esos escritores pragmáticos. Tampoco soy uno de esos escritores, como Chuck Palahniuk, que sienten la necesidad de publicar todos los años. Yo me tomo mi tiempo. Varios años. Y el libro acaba siendo una especie de espejo más o menos deformante de lo que ocurre en mi vida mientras lo escribo. Empecé con  Suites imperiales y me mudé de Nueva York a Los Ángeles para trabajar en una película. La experiencia resultó ser un desastre. De pronto, estaba rodeado de mucha gente que me mentía. Y me puse muy paranoico. Y me puse a leer de nuevo a Raymond Chandler. Los Ángeles nunca se me hizo tan solitaria como entonces. Y tuve una relación con alguien muy inestable. Y fue una época espantosa. Pero, como siempre, todo eso me llevó a escribir acerca de lo que me pasaba. No como crónica sino como reflexión emocional, como estado de mente. Y nada se pierde y todo se transforma, y –presto– resulta que Clay, mi viejo personaje, era guionista de cine.

Supongo que esto significa que no se ve, dentro de otros veinticinco años, escribiendo una continuación de «Suites imperiales» con un Clay casi septuagenario.
No. Es decir: no puedo imaginármelo desde el aquí y el ahora.
Lo pregunto porque pienso que el tema de «Menos que cero» era ser joven durante los 80, mientras que el tema de «Suites imperiales» es ya no ser tan joven aquí y ahora. La edad aparece en todos sus libros como factor decisivo, y en «Suites imperiales» Clay se define como «adolescente viejo».
Puede ser… Aunque el tema de envejecer no es algo que me interese. Es como hablar del clima: todo el mundo lo hace, todos envejecemos. Pero sí es verdad que en todos mis libros los protagonistas tienen la edad que tengo yo mientras los escribo. Dieciocho o diecinueve años en Menos que cero. Patrick Bateman tiene veintialgo en American Psycho. Treinta años en Glamourama. Lunar Park es la frontera con los cuarenta… En realidad, si hay que pensar en un tema para Suites imperiales, hay que definirlo en términos de estilo y género: Chandler, la novela de Hollywood, el Los Ángeles noir y la adicción a cierto tipo de narcisismo inseparable del mundo del cine.

De ahí el tránsito natural de Clay hacia las películas.
Clay, con todos sus problemas, es un romántico. Y también es un masoquista. La capacidad de amar está siempre ligada a la voluntad de sufrir amando. Volviendo a lo de antes: no me interesaba la idea de un Clay más viejo. Sí me interesaba en lo que Clay se había convertido, habiendo sido educado en el ambiente lujoso y permisivo de Menos que cero. Me interesaba su personalidad, no sus arrugas. Y, sobre todo, me interesaba saber qué pensaba Clay acerca de cómo habían salido las cosas. Y así, de algún modo, supe que Clay era ahora un guionista de cine.

¿Y sabe cómo es Ellis? Es decir: ¿existe un Personaje Easton Ellis o un Lector Ellis? ¿Le preocupa el cómo se lo ve desde fuera?
Nada me interesa menos. Pero tal vez esto suene un poco brusco, así que intentaré explicarme… Por un lado, el lector no tiene nada que ver con la construcción de un libro. Yo escribo el libro porque quiero escribirlo y porque significa algo para : yo descubro y hasta corrijo cosas sobre mi persona mientras estoy ahí dentro. Es decir: soy un novelista. Y eso es algo que sucede nada más entre la novela y yo. No tiene nada que ver mi agente o mi editor o mi mejor amigo o, mucho menos, mis lectores. Empieza y termina en mí. Por y para eso escribo. Porque me gusta y me sirve estar en esa situación. En absoluto pienso en las reacciones de segundos y terceros.

Pero el público o los lectores siempre suelen esperar algo de usted.
Sí, y me divierte mucho que la gente piense que yo intento escandalizarlos con mis libros. Esa idea de que soy una especie de provocateur que tiene que vivir todo eso para después ponerlo por escrito. Y no es así en absoluto. Hay lugares a los que sólo voy en mis ficciones. Lugares muy oscuros a los que ni se me ocurre ir más allá de mi teclado. De ahí que siempre me extrañe ser considerado «el chico malo de la literatura norteamericana» o «el príncipe oscuro de las letras de Estados Unidos». No hay problema si les resulta cómodo verme así. Pero yo jamás tuve ni tengo la intención o tentación de ganarme ese título.

O sea, que está cansado de la idea de Ellis como personaje de Ellis.
Sí. O no. Es decir… Ya son veinticinco años viviendo con eso; así que me he acostumbrado a ser una especie de marca. A que la gente diga «ayer tuve una noche muy Bret Easton Ellis». En cualquier caso, el que tus ficciones sean el referente automático para una determinada situación o estado de ánimo no deja de ser una suerte de elogio.
La obra como definición…
Así es. No está mal que tu apellido salga en conversaciones como referente y que la gente entienda de inmediato qué significa. No deja de ser una etiqueta reconocible. Dicho esto, repetiré lo que digo siempre: mi vida no es tan agitada. Mientras todos andan por allí teniendo «noches muy Bret Easton Ellis», lo cierto es que Bret Easton Ellis está en su casa, solo, viendo la televisión.
Y qué hay de esa otra etiqueta: «Escritor generacional».
Puro y completo accidente. Con Menos que cero lo que yo hice fue nada más escribir una novela sobre la alienación que yo sentía siendo un adolescente en Los Ángeles. Empecé esa novela mientras estaba en bachillerato y jamás pensé que sería publicada. La empecé como un diario íntimo, un lugar donde descargarme. Y en algún momento mutó a novela y se editó; pero yo no pensaba nada más que en mis amigos como posibles lectores. Resulta que la leyó bastante más gente y me convertí en escritor generacional. No hay problema. Pero no fue algo calculado.

Y luego «American Psycho», clásico moderno y una de las novelas más trascendentes de la segunda mitad del siglo XX…
Bueno, gracias…, pero de nuevo… Mire, ahora me siento cómodo y sincero hablando sobre American Psycho. Cuando salió, con todo el escándalo, yo repetí una y otra vez, a modo de defensa, que era una novela satírica o una denuncia virulenta que se reía de o condenaba al universo de Wall Street, de los yuppies y sus excesos. Pero lo cierto es que se trata de algo mucho más personal.

¿«American Psycho» «c’est moi»?
Algo así. Es una novela sobre mi soledad, mi alienación, mi dolor, mi frustración por convertirme en un hombre dentro de una sociedad que me resultaba tan atractiva como repulsiva. Un sitio en el que quería encajar; pero al mismo tiempo me daba tantas ganas de vomitar...
¿Habrá «American Psycho II»?
Absolutamente no.
¿Piensa que, a su manera, Clay padece la misma «enfermedad» que Patrick Bateman? ¿Es otro «american psycho» o un «american paranoid»?
Mmmmmm… No suelo responder a ese tipo de preguntas porque me suenan a material para tesis universitaria. No pienso en mi obra a ese nivel. No diagnostico. Aunque podría inventarme en el acto un buen puñado de ideas literarias. Pero me niego a eso. Ya que estamos: ¿a usted qué le parece? ¿Padecen el mismo virus?
Me parece que no.
Ok. Me alegra que piense eso… Así que no era una duda suya, sino curiosidad acerca de lo que yo pensaba.
Sí.
Pues se va a quedar con la curiosidad, ja.
¿Me quedaré también con la curiosidad de cuál fue el disparador de «Suites imperiales»?
La idea de Suites imperiales no es algo nuevo. Pensé por primera vez en una secuela de Menos que cero mientras estaba metido en Lunar Park. Y releí entonces mi primera novela, porque el protagonista de Lunar Park es un escritor llamado Bret Easton Ellis. Una exageración de Bret Easton Ellis. Y, para redondearlo como personaje, necesitaba volver a leer aquello que lo había convertido en Bret Easton Ellis a los ojos de los lectores y, me temo, del público en general. Y releyendo Menos que cero fue inevitable para mí pensar: «¿En qué andarán Clay y sus amigos por estos días?»

Y, una vez lanzado, ¿qué es lo que ocurre? ¿Cómo trabaja?
Yo siempre sigo dos pasos a la hora de escribir una novela. Primero me encargo de lo que yo llamo la parte emocional: decidir qué les va a pasar a los personajes y cómo les afectará eso que les ocurre, cómo se expresan, cómo piensan. Y después viene la parte técnica. Y tanto en una como en otra parte, lo importante es no tener miedo. Y tener claro que escribir es divertido. Algo excitante que te puede llevar a sitios en los que nunca estuviste y en los que, de pronto, estás viviendo y donde vas a pasar un tiempo largo. Para mí no hay momento de mayor felicidad que cuando se me ocurre la idea de un libro. De pronto tengo un sentido, una dirección, algo que me saca de las miserias del mundo. Y tiene su gracia: porque mis novelas a menudo surgen a partir del dolor y la confusión y la pérdida. Y tratan sobre todo eso. ¡Pero yo soy tan feliz poniendo todo eso por escrito!
¿La ficción como catarsis de la no ficción?
No, como drama. La novela surge del drama y uno escribe sobre momentos tristes para averiguar cómo te pasó o sentiste todo aquello. Pero el acto de la escritura en sí es para mí la felicidad absoluta. Todo esto para decir que me gusta mucho escribir.
Y aún así no le gusta sentirse un escritor entre escritores.
No me siento parte de ningún gremio o hermandad. Soy completamente ajeno a todo paisaje literario. Soy una especie de alien. Y no tengo ningún problema con ello. Si muchos consideran a Chuck Palahniuk como mi aprendiz, bueno, está claro que el aprendiz ha tenido mucho más éxito que el maestro, ja. Vende más que yo y es más popular, y supongo que la gente tiende a ponernos el rótulo de «transgresores» aunque seamos escritores completamente distintos. Conozco a Chuck y jamás conversamos acerca de mi posible influencia en él. Una cosa es cierta: el tratamiento que se me da como escritor no es el mismo que el que reciben Michel Chabon o Jonathan Franzen o Jonathan Lethem. Son muy buenos escritores. Kavalier y Clay y Las correcciones y La fortaleza de la soledad son muy buenos libros. Mejores que American Psycho… No, no mejores: distintos. Tal vez ellos sean más talentosos en términos de escritura y fraseo. Yo no creo que pueda escribir el tipo de oraciones que escribe Franzen. Pero American Psycho significó y significa mucho para mucha gente que conectó con él. Definió algo y es muy extremo y nada convencional.

¿Y qué pasa con el ambiente del cine? Tiene varios proyectos en puertas y parece sentirse más cómodo allí.
Mi vínculo con el mundo del cine es muy superficial. La gente piensa que es mucho más importante de lo que en realidad es. De pronto empezaron a encargarme trabajo como guionista. Pero nunca fue mi ambición ser parte de Hollywood, aunque es mucho más divertido que vivir en la pedestre y moribunda cultura neoyorquina. Así que huí de todo aquello. Tampoco me pagan mucho, no me estoy haciendo rico escribiendo blockbusters. Estoy más metido en proyectos independientes de esos que tal vez se hagan y tal vez no. Y alguna cosa en televisión, medio que está pasando por un momento muy interesante. Lo que me atrae ahora es relacionarme con gente creativa e intentar que alguno de esos proyectos prospere. Eso sí: hay que saber mantener cierto equilibrio y no dejar que te devore el cine o la televisión porque son, también, medios muy frustrantes. Nunca hay que entregarlo todo allí. Hay que guardarse buenas cartas para jugarlas en la mesa de la novela. Yo sé que mi novela será publicada; pero no puedo asegurar que mi película o mi serie será producida, estrenada o emitida. Ser creativo en Hollywood no significa, necesariamente, crear algo para que los demás lo vean.

Lo que significa que no cree, como muchos, que la Gran Novela Americana pase hoy por las series.
No. Pero, en cualquier caso, todo pasa ahora por la imagen. La gente ha perdido la paciencia con los libros. No dispone de tanto tiempo. Ni siquiera posee la capacidad de atención que solíamos dedicarle antes. Es un hecho. Me pasa a mí, que soy un escritor. Imagínate lo que le pasará a alguien que es nada más que un lector. Yo ya no aprendo nada del mundo a través de una novela. Yo ahora leo novelas como alguna vez leí poesía. Para relajarme. Ahora estoy leyendo un libro asombroso: Ghostwriting, la primera novela que publicó, hace años, David Mitchell. Es hermosa. Y la prosa es admirable. Si lo hubiera leído hace unos diez años, cuando apareció, me habría resultado fascinante y habría aprendido mucho de él y de sus personajes y de las muchas y muy diferentes vidas que llevan. Pero ya no. Eso se terminó. Esa manera de leer no funciona. Hubo un tiempo en que las Grandes Novelas Americanas eran parte inseparable de la cultura americana porque ofrecían, además de una historia, información que no se podía obtener en ninguna otra parte. Menos que cero es un buen ejemplo de ello: leyéndola la gente se enteró de cosas y de ambientes y de costumbres que desconocía. Ya no. La novela ha dejado de funcionar en ese sentido, y tiene que ver con la caída del imperio de la novela. Lo que no quita que sea conmovedor el hecho de que Time ponga a Franzen en su portada como forma de asegurar y certificar la supervivencia de la especie. Buena idea. Bonito gesto. Me encanta. Pero… Escuche, no puedes mirar a otro lado para no ver. Los seres humanos evolucionamos, las cosas cambian y ciertas tecnologías se vuelven obsoletas.

De ahí que llore con «Toy Story 3»…
Lloré todo el tiempo; no sólo al final. Es una obra maestra y, con mucho, la mejor película que he visto ese año. Tomen nota: «El príncipe oscuro» llora viendo Toy Story 3.

Pero no llora cuando muere Salinger, con quien se lo comparó al salir «Menos que cero». Fue muy comentado su mensaje en Twitter: «¡Yeah! Gracias a Dios que por fin se murió. Llevo esperando este jodido día desde siempre. ¡¡¡Party Tonight!!!»
Así es el Mondo Twitter: algo que asquea y fascina. Hay que escribir dentro de ese registro. En cuanto a lo de Salinger… Ese viejo gruñón que siempre nos odió a todos… Claro que me puso triste; pero fue mi manera de oponerme a la avalancha de necrológicas sentimentales que, sabía, caerían sobre nosotros. A mí me gusta Salinger y ese twit en realidad no era exactamente sobre Salinger. No voy a explayarme sobre el asunto. Sólo diré que sirvió para volver a experimentar la percepción que la gente tiene de mí: la mitad de los que lo leyeron querían matarme, la otra mitad pensó que era el twit más gracioso que jamás habían leído. Otra vez, lo de siempre: se me ama o se me odia.

Comenzamos hablando de la juventud y del envejecer y ahora terminamos con la muerte. ¿Alguna idea de cómo serán los «twits» que comenten la futura muerte de Ellis?
Que digan lo que quieran… Pero no me lloren. Y por qué no: se murió Ellis. Por fin. Party Tonight!!!

Tomado de: ABC.es Cultura, 17/09/2010.



viernes, 9 de septiembre de 2016

"Donde hay que contar el rock and roll, ahí estoy yo". Una entrevista a Sebastián Duarte, por Joaquín Rodriguez





En un viejo bar ubicado en Magallanes y Patricios, allá donde la ciudad se quiebra y el Riachuelo divide La Boca de las márgenes fabriles de Avellaneda, Sebastián Duarte me espera con un cortado en la mesa. Sus cuarenta años se ocultan  tras sus lentes negras y una sonrisa que dibuja al verme llegar. Lo noto cómodo y es natural; gran parte de su obra se ha desarrollado en lugares así. Habitué del San Telmo profundo, ex manager de bandas y periodista de armas tomar, su currículum incluye una vasta colección de libros de su autoría entre los que se destacan “La Constitución Travesti”, “Yo toqué en Cemento” y “Ricky de Flema: el último punk”.

- Tus trabajos están lejos de la figura del escritor académico, te ubicás más cerca del escritor maldito ¿Te considerás como tal?

- Yo soy un tipo de escritor que viene del periodismo; vengo del lado de Walsh,  de Caparrós. Me identifico con el nuevo periodismo, soy hijo de esa nueva generación del estilo gonzo. Henrry Miller, Bukowski, Kerouac y tantos otros me inspiran. Siento mucha afección por ver toda la aldea, todo el panorama. Empecé a los 30 años, con el libro de Ricky. No era tan joven, pero si empecé a esa edad es porque ya no era un pendejo. Creo que me vi forzado a escribir libros por un desencanto con el periodismo. Se han perdido los códigos, algo que me disgustó y me llevó a trabajar solo.

- Decís que el desencanto con el periodismo te llevó a dedicarte a la escritura de libros ¿Cómo fue ese proceso de abordaje de la profesión desde otro ángulo?

- Nunca pensé en escribir libros, lo que me aportó fue todo lo vivido. Siempre fui muy curioso y de almacenar historias vividas o experimentadas. Cuando arranco a escribir comienzo con la vida de Ricky Espinosa, que era de mi barrio. Yo me movía en el ambiente de la música zonal y esa información la tenía viva. Esa obra es también una especie de autobiografía.  Además me motivó el hecho de ser adolescente y leer revistas como “Cerdos y Peces” y soñar escribir en ella; un día sucedió. En los 90, cuando empecé en esto, se hablaba de la “Era de la comunicación”. Yo creo que hoy día vivimos la “Era del marketing”. Hoy con las redes sociales podés construir un personaje tuyo bien alejado de lo que realmente sos. No me gusta, pero si estás al margen de eso, es muy difícil. Una cosa es escribir un libro sobre Ricky Espinosa y otra es escribir un libro sobre Cerati. La diferencia es mucha. Yo apelo a las inquietudes.

- ¿Te pudiste reencontrar hoy en día con el periodismo de redacciones o seguís enojado con el ambiente?

- Es difícil. Hoy cualquier jefe de publicidad tiene mucho más peso que un jefe de redacción, entonces el empresario da prioridad a quien le trae el dinero.  Los que lograron sobresalir lo hicieron en otra época. Hoy un estudiante de periodismo puede generar una polémica nacional con un video filmado desde un celular. En la actualidad, la imagen dice más que la palabra y la palabra siempre debe ser fragmentada, creo que es el ABC de esta época, entonces hay que buscar la vuelta desde el ángulo marketinero para que algo funcione.

- Hay una visión más global del juego

- Antes no era así. Era de otra manera, y ahora no hay códigos ni entre los protagonistas. Traiciones, figuretismo, mucho querer llegar primero, eso genera la inmediatez. La condena de la web es tremenda. No somos jueces, pero todos están juzgando. Si en “Yo toqué en Cemento” yo hablo de Chabán, me dicen “ehh, hijo de puta, estás lucrando con Omar”, entonces hay que pensar muy bien qué repercusiones puede tener una obra.

- “La Constitución travesti” es un libro muy profundo dónde abordás una realidad un tanto fuerte y desconocida ¿Creés que fue un quiebre en tu carrera?

- Fue un proceso largo pero el disparador no fue la idea de escribir. Marcó un antes y un después en mi vida. Primero fueron tres, cuatro años, donde estuve muy vinculado con el barrio de Constitución y el trato con ese submundo. Un día me surgió el hecho de escribir todo eso. “Estoy viviendo en carne propia esa realidad”, pensé, y, ya habiendo escrito una primera obra, sentí la necesidad de continuar. A diferencia de las redacciones o de la grabación de un disco, el escritor es solitario. Vos estás solo frente al espejo tratando de reflejar esa historia que tanto te apasiona y que necesitás contar para el que está afuera. Mi caso fue el de un escritor independiente que tiene la posibilidad de crear algo propio, algo que dispara su imaginación y le interesa. Tengo la necesidad de ser sincero en mis libros, de que se note mi impronta y que soy yo quien escribe. Donde hay que contar el rock and roll, las partes oscuras, ahí estoy yo.

-  Yendo a la cuestión de fondo en sí ¿Qué te dejó el mundo de la prostitución travesti?

-  Me dejó mucha sabiduría y experiencia de vida pero también muchas secuelas: mis realidades y vínculos con la noche; mis encuentros y pérdidas con ella. He perdido mucho, hasta parejas. Cuando te miran, te miran con esa historia detrás, no te ven desde otro lado. No es que soy un flaco que trabaja en una oficina, tengo todo eso de atrás y es muy riesgoso. A mí me trajo muchos conflictos afectivos, siempre generó dudas ese pasado. Son cosas que quedan y que, cuando el otro te observa, te ve con todo eso.  Yo cargo con eso. No lo vivo como algo malo, pero lo padezco a veces. Cuando uno vive intenso, del otro lado saben que están viviendo con un intenso y si el otro no está capacitado para eso, no lo puede entender. Mi hermano, por ejemplo, es médico y todos los ven como médico y lo tratan como tal; ese respeto que hay por mi hermano no lo tienen conmigo. Es una especie de encasillamiento en el que te pone la sociedad. Si yo escribiera poesías verían al poeta.

- ¿Te pesa cargar con ese pasado?

- A nivel afectivo sufrí las consecuencias. No dejo de sufrir porque soy un ser humano; me apena que a veces el otro me encasille tanto. Me duele que el árbol tape al bosque, pero no cambiaría mi elección, ni dejaría de ser quién soy para resolver otro aspecto de mi vida. Si quiero escribir sobre algo que tiene que ver con la noche, voy detrás de eso. Sería muy miserable de mi parte para conmigo mismo renunciar a lo que soy.

- ¿Te arrepentís de algo en cuanto tu carrera?

- Como todo humano a veces hago revisiones y digo “qué tonto que fui”, pero es propio de nuestra condición. La equivocación significa que uno vive. Hay gente que se lo pregunta pero prefiere estar parado en una baldosa y eso le genera seguridad; la gente busca seguridad todo el tiempo y yo también, pero tengo debates y discusiones con mi seguridad. Es algo cultural; una discusión eterna. No siento arrepentimiento pero sí tristeza; no es desde mi condición de escritor sino desde mi condición humana. Uno se puede arrepentir de haber perdido a alguien que quería. Sin embargo, nunca fue una traba: yo seguí escribiendo siempre. Todo es válido cuando te dejás llevar por tu corazón…

“Cuando uno piensa en un escritor, acude a su mente la figura pulcra de un Cortázar, de un Borges. Su escritorio, su traje impecable. No. Yo no soy de esos”, sentencia Seba. Es consciente de que sus letras son corruptas;  hay una presencia nocturna constante que las sobrevuela, como un buitre silencioso que se posa majestuoso sobre los cielos.  Antes de partir lanza una última proclama de factura propia: “Nos vemos por Buenos Aires”, dice.  Su figura, su bagaje y sus fantasmas se pierden calle abajo. Sobre la mesa queda la taza de café vacía y el recuerdo de su sonrisa entradora…