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lunes, 13 de marzo de 2017

Olavarria, entre la multitud y la solidaridad, por Joaquìn Rodrìguez









La improvisada maquinaria que sigue a Carlos Solari se activa cuando los rumores de un próximo concierto comienzan a penetrar en las redes sociales. Es entonces cuando se pone en marcha la construcción de un hecho inédito. El aggiornamiento del viejo y clásico "boca en boca" es exprimido a mansalva por las bandas independientes y sus seguidores a través de la mediación de internet. La previa de Olavarría no fue la excepción y desde hace meses comenzaron los preparativos de las tribus ricoteras para la odisea que devino en tragedia. 

Como en ocasiones anteriores, asistí al concierto. Fui junto a una amiga y a un grupo de personas con el que alquilamos dos micros. Llegamos a la ciudad bonaerense cerca de las 9 de la mañana del sábado bajo una lluvia copiosa que amenazaba con continuar durante toda la jornada. A partir de allí, y pese a las inclemencias climáticas, hasta los incidentes por todos conocidos, los hechos se sucedieron con normalidad: asados en cada esquina, música a mansalva y botellas de fernet que se intercambiaban sin discriminación. Así es siempre; en los recitales del Indio se manejan una serie de códigos que no están escritos pero que funcionan como evangelio para todos los asistentes. El extrañamiento queda supeditado a una camaradería sostenida por el culto a una banda de rock que funciona como nexo.

Mi grupo se puso en marcha cerca de las 20 horas. Caminamos las decenas de cuadras que separaban el camping del predio "La Colmena" a la par de miles de personas. Desde el inicio se percibió una muchedumbre inédita, incluso para quienes ya estamos acostumbrados a estos recitales, cada uno más convocante que el anterior. Al llegar, ingresamos todos. Con o sin entrada. Hacer un juicio de valor sobre esta cuestión puede ser irresponsable, ya que nadie sabe a ciencia exacta qué hubiera sucedido si en la puerta no hubieran dejado entrar a la multitud que no llevaba ticket. 

El espectáculo comenzó a las 22 al ritmo de "Barbazul versus el amor letal", canción que Solari había suspendido en su último concierto en represalia por un zapatillazo que recibió sobre el escenario. La lista comenzaba a fluir hasta que en el cuarto tema el aire mutó a espeso. Las luces del escenario se encendieron mientras el Indio pedía asistencia. Según dijo, no entendía qué sucedía adelante. Mucho menos entendíamos nosotros, que estábamos sumergidos en una multitud cercana a las 300 mil personas y a una distancia inmensa de la escena. 

Posterior a eso, nada volvió a ser como antes. La conexión entre la banda y el público se volvió más distante e indirecta. Cada destello de calor era fulminado por un intervalo frío calado de incertidumbre que no permitía comprender si se trataba de un tumulto más o de algo grave. El cantante estaba visiblemente ofuscado. Algunos jóvenes tomaron posición en las cimas de las torres de sonido levantando abucheos e insultos. Vale destacar que por cada uno de ellos había una verdadera muchedumbre interpelándolos para que depongan su actitud. En general, los vándalos son minoría, pero los hechos, aún no consumados del todo, bastaron para que el ex Patricio Rey dijera que "ya no tiene ganas de seguir con esto".

En el último tramo del show y pese a los parates, el recital fue lo más parecido a lo que debía ser. Solari se dedicó a lo musical pese a que la situación ya estaba viciada. Además, pidió colaborar con Abuelas de Plaza de Mayo y llamó a reflexionar sobre la baja en la edad de imputabilidad, mientras intercalaba temas propios con clásicos de los Redondos buscando una continuidad que resultó endeble. El cierre obligado fue "Jijiji" que fue sucedida por "Mi Perro dinamita" generando un inédito tándem. 

Aquí comenzó la segunda y más ríspida situación de la jornada: la salida del predioUna verdadera marea humana comenzó a pujar hacia accesos que nadie sabía si existían. No había manera de avanzar hacia donde uno quería ir ya que la masa movilizaba a las personas. Las columnas chocaban contra las paredes o vallados; la irreverencia de algunos, que alcanzaron las copas de los árboles, sirvió para que desde allí guiaran a la multitud que lograba salir a las calles. Afuera, los techos de la casas eran invadidos por trepadores que intentaban huir de una asfixia creciente en una escena dantesca.

Fue entonces cuando volvió a aflorar aquella solidaridad plasmada en pequeños gestos: vecinos con las puertas abiertas resisitiendo la intrusión masiva pero dando prioridad a embarazadas y repartiendo agua; dirigiendo a los grupos desde las terrazas. La multitud protegiendo el cuidado de los niños mientras se armaban grupos improvisados para no perderse, organizando la vuelta a los vehículos. Lo humano prevaleciendo sobre lo mecánico. Tras una hora de ajetreo pudimos salir del embrollo hacia calles laterales donde los transeúntes se movilizaban con mayor libertad y, luego de arrastrar los pies por decenas de cuadras, logramos llegar a nuestro micro. Después vendría una espera de dos horas sobre la ruta mientras deglutíamos con esfuerzo las primeras informaciones de lo que había ocurrido.

Serán pocos quienes destaquen el lado B de una situación tan trágica. Aquellos que rescaten una solidaridad que si existió y que, de algún modo, sirvió como un paliativo a la ausencia municipal (los agentes estatales brillaron por su ausencia) y a una organización sobrepasada. Lo bueno, lo malo, lo ocurrido y lo que vendrá, pertenecen a un fenómeno que adquirió una dinámica propia y que ni siquiera su mentor sabe cómo detener. Quizás haya sido la última y multitudinaria "misa". También la más trágica, y con eso basta para repensar todos los esquemas.



*Tomado de Ambito.com  (13.3.2017)

sábado, 4 de marzo de 2017

Conspiración en el infierno, por Joaquín Rodriguez






Francois desenfundó su arma con un movimiento súbito y disparó dos veces contra el alemán. Los tronidos fueron acallados por el silenciador mientras el cuerpo del soldado caía justo debajo de mis pies. Sus ojos azules me miraron desde el suelo amagando con no apagarse nunca. Nos pusimos en marcha los cuatro, no sin antes cerrar la puerta para que no vieran el cadáver. Surcamos el pasillo en dirección a la locomotora para escapar por el costado que daba a la vía. La estación estaba colmada de tropas. Al llegar al primer vagón, nos topamos con el otro SS que registraba el pasaje. Esta vez fue Armand quien jaló el gatillo propinándole un certero disparo en la cara. El germano logró emitir un quejido, lo que hizo que algunos pasajeros comenzaran a asomarse. Corrimos hasta topar con el maquinista, quien, advertido por nuestro escape, nos saludó con un puño en alto.

Enfundamos las armas justo cuando llegábamos a una gran avenida empedrada. Nos separamos en grupos de a dos que caminaban con una cierta distancia para no despertar la atención de las patrullas. El panorama era tétrico: esvásticas colgando de cada edificio, alambradas de púa por todos lados y estrellas de David pintadas en los maltrechos almacenes. Dos calles abajo nos aguardaba nuestro contacto, Emma. Esperaba parada junto a un viejo farol, en una esquina. Llevaba consigo un pequeño carro para las compras, un vestido negro de verano y una boina que usaba de costado y debajo de la cual caían sus cabellos rojizos agitados con nerviosismo. Intercambiamos una mirada inquieta, asegurándonos de que estábamos conectando con la persona indicada. Su figura comenzó a perderse entre los transeúntes y por el rabillo de su ojo se aseguraba que la siguiéramos. Todos íbamos tras ella con menor o mayor apuro.

Vimos con horror como un grupo de soldados se llevaba en un automóvil a un joven con su padre. Allí sentimos un miedo que pareció no perturbar a nuestra guía, quien continuaba firme su marcha por las grisáceas planicies. Tras trescientos metros a pie, se sumergió en un pequeño y pestilente callejón, donde ingresó por una puerta oxidada. Entramos todos. Era un bar de mala muerte. Había marinos locales, gamberros y prostitutas que bebían escapando de las garras alemanas. Surcamos el salón tras Emma, que se zambulló en una oscura escalera. Bajamos y dimos con un sótano inmenso. Casi chocamos contra una gran mesa de madera sobre la que reposaba un mapa de la región lleno de marcas y cruces hechas a mano. Tres hombres lo contemplaban con atención. Contra la pared había una pila de fusiles que se amontonaba desprolijamente junto a un equipo de comunicación y algunos cascos enemigos apilados junto a una repisa. Reconocí la cara de Igor, un viejo yugoslavo que estaba junto a nosotros desde que el movimiento se inició. Me lanzó una sonrisa brillante.

- Bienvenidos. Somos ángeles conspirando en medio del infierno- nos recibió...


(Continuará...)


lunes, 20 de febrero de 2017

Contacto en Burdeos, por Joaquín Rodriguez









Era de mañana y el tren atravesaba con prisa la campiña. A su paso quedaban densas columnas de humo negro que corrompían el fino aire francés. Por la ventana podía ver las pequeñas granjas distribuidas a lo largo de los prados que llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Algunos gomeros extendían sus ramas casi por sobre las vías y los vagones lanzaban un extraño chirrido cuando rozaban con ellas. Había vacas, viñedos y pequeñas poblaciones que, como un oasis desértico, aparecían con sus casas de ladrillos vigiladas con recelo por los campanarios locales.
La mayor parte del viaje la hice en soledad. Apenas tuve un compañero de compartimiento durante un corto trayecto. Se trataba de un muchachito de ojos negros y profundos con una gorra calada y un chaleco marrón. Abordó el convoy conmigo en París y fue muy cuidadoso en detallarme sus asuntos. De todos modos y pese al misterio que lo rodeaba, su sonrisa era agradable y sus formas amenas. Traía consigo una botella de vino de la que me convidó. Tenía un sabor familiar y delicioso, como de madera robusta. El viajero me contó que un tío suyo se encargaba de la producción de esa bebida. Brindamos por la salud de una Francia libre y yo me dormí profundamente por el lapso de treinta minutos.

Cuando desperté, mi acompañante ya no estaba y el sol se posaba imponente sobre las márgenes occidentales de la pradera. Nos acercábamos a Burdeos. Sentí el corazón palpitando fuerte. Tomé aquella vieja hoja de papel acuñándolo como un tesoro. Respiré profundo y el pulso empezó a fallarme. El papel cayó al piso y con él mis ánimos. Me arrojé desesperado golpeando levemente mi cabeza contra el asiento de enfrente. Guardé la hoja y me juré pensar con tranquilidad. En el horizonte ya se vislumbraban los edificios públicos de la ciudad .

Cuando el ferrocarril se adentró en el andén sentí un terror tan profundo como pocas veces había experimentado. Fue aquel que me invadió cuando sus aviones pasaban por sobre nuestras cabezas en la capital. Ese horror que me despertaban las alarmas sonando incesantemente mientras los regimientos marchaban por los boulevares cargando sus cañones y buscando un ángulo de tiro para dar con las bestias de acero que lanzaban su vómito de fuego. Los gritos de desesperación, el llanto ahogado y las mujeres rezongando frente a la catástrofe total; todo eso apareció frente a mí cuando tren detuvo su marcha.

Tenía el aliento cansino y las manos empapadas en sudor. Abrí con una prisa inusitada la puerta de mi compartimiento y vi a Pierre que cruzaba el pequeño pasillo con ojos perdidos. Su rostro estaba poseído por una incertidumbre que me atormentó. Detrás de él marchaban Francois, Armand y Charles. Este último tenía la mirada centellante y marchaba con una seguridad formidable que transmitió paz a nuestro endeble cuarteto. Miró directo hacia donde estaba yo y dibujó un cálida sonrisa en la que me sentí refugiado. Todos nos encerramos en un comportamiento y nos sentamos de manera enfrentada. Dos de ellos subieron y podíamos verlos desfilando por los pasillos con sus cascos verdes y sus uniformes grises e impecables pegados al cuerpo. Encendimos cigarrillos para calmar las ansias.

Uno de ellos apareció detrás de nuestra puerta. Su mano golpeó el vidrio. Francois nos miró a todos y desenfundó su pistola. Nosotros lo imitamos. Un leve chasquido sonó y la puerta se abrió de par en par. La lúcida cara alemana de nuestro visitante ocultaba dos ojos azules que se clavaron en en nuestros rostros…



(Continuará...)

domingo, 29 de enero de 2017

Nos gustaba Varsovia, por Joaquín Rodriguez







Aquella tarde mirábamos caer la lluvia por la ventana. Había en ella un dulce magnetismo que nos encandilaba a los dos por igual. No hacía falta nada más para sentirnos cercanos y, lo mejor de todo, era que el silencio nunca fue incómodo entre nosotros. Yo apreciaba mucho este detalle; siempre sentí que con palabras hasta el más burdo de los idiotas logra hacerse entender, en cambio, jugar con los silencios es un arte. Escucharlos en la música, leerlos entre líneas y ver lo invisible pero evidente no es una tarea sencilla.

Podíamos permanecer callados por horas y sentirnos en paz, sin la necesidad de recurrir a imposiciones lingüísticas o recurrencias retóricas vanas. Sentados, fumando en la oscuridad, bajo una capa densa de humo que vagaba por la habitación como un fantasma diezmado.

Así que allí estábamos, con la mirada serena sobre las copas de los árboles, mientras las gotas acariciaban las aceras. De fondo sonaba aquel viejo disco de Otis Redding que encontraste hurgando en la casa de tu tío el último verano.

- Así se debe ver Varsovia-, te comenté observando hacia la calle.

Fue un atentado a la parsimonia, pero a veces caigo ante el impulso fácil y abro la boca de más. Recordé fotos e imágenes de Europa del Este y sus contrastes grises. Los bloques de edificios, los monumentos imperiales y las ropas tan abrigadas como monótonas. Vos lanzaste una bocanada al aire con una elegancia perturbadora y sonreíste ante mi estupidez. Yo me sentí afortunado.
Terminamos el café y te acercaste a los cristales bañados por el aguacero. Tu pelo negro se fundió con el paisaje y creí ver un rayo de sol filtrándose a través de él. En el cielo, una pequeña ave surcaba la tormenta con una seguridad majestuosa.

La música terminó y nos marchamos a la cama. Dormimos abrazados y en la quietud más absoluta sellamos nuestra conspiración. Por la mañana partiste rumbo al aeropuerto con un abrigo ocre y tu cartera marrón. Antes de cerrar la puerta, prometiste escribirme.

El muchacho de las cartas no ha pasado por aquí desde hace algún tiempo y la lluvia prosigue su curso infructuoso. Te imagino en Madrid, recorriendo la gran vía o perdida en el subterráneo, con tu mirada encendida iluminando los confines de la eterna danza rutinaria. Aquí, los diarios hablan de inundaciones y otras tragedias. Cada quien batalla con sus propios demonios.

Enciendo un cigarro; es el cuarto. Miro por la ventana y el cielo truena. Varsovia debe ser un lugar aburrido.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Lightning Hopkins. Por los caminos de polvo, por Joaquín Rodriguez






Alguna vez Eric Clapton dijo que su amor por el blues surgió como consecuencia del comportamiento errático y solitario que practicó durante la adolescencia. "Entendí que se trataba de la historia de un hombre y su guitarra contra el mundo. Eso fue lo que me atrajo". Su vacío encontró refugio en el género maldito instaurado por Robert Johnson que sumó acólitos a lo largo de las rutas polvorientas de los EE.UU primero, y alrededor del mundo luego. Uno de los vástagos musicales de Johnson fue Lightnin Hopkins, un muchacho texano que hizo del Mississippi blues un culto.

Su álbum “Texas Blues Man” editado en 1967 es fiel exponente del pulso musical que atravesaba a las poblaciones negras a mediados del siglo XX. Fue grabado en apenas un día con un equipo portátil en una suerte de imagen vívida sobre la rusticidad que acompañaba al género en la época. Le basta al artista su guitarra y una voz venérea para crear una placa en la que demuestra que, además de vivir en carne propia las penurias de la población trabajadora estadounidense, es un guitarrista dueño de un swing abrumador al que poco le importa la prolijidad de su ejecución.
A Hopkins le basta con un puñado de tópicos cotidianos pero no menos pintorescos para dotar de ritmo a su prosa de boogie. Nunca faltan las mujeres que parten dejando solo y lastimado al blusero, los campos de trigo por la mañana y el whisky barato en las letras que conforman las diez canciones del disco. En la portada, su rostro regala una sonrisa luminosa entre la que se cuela un cigarro con boquilla. Detrás, un niño sonríe frente a una típica carnicería local que quedará retratada para la posteridad.

Boogies como Watch my fingers dan dinámica al álbum y contrastan con aquella de armonías más densas como Tom Moore Blues, la genial apertura que obliga a prestar atención a los dedos juguetones de Hopkins que parecen fundirse en una relación sincera con las seis cuerdas. Su entusiasmo guitarrístico se convirtió en uno de los tesoros del buscador; es decir, no hay demasiado material de Lightning disponible, pero quien busca encuentra y no es un hallazgo menor el dar con un blusero de ley, dueño de una impronta fantástica, tan única y corriente al mismo tiempo, que se la podría encontrar en cualquier porche de Kansas en las horas de la tarde, cuando el sol comienza a caer y el trabajo queda para el próximo día. 









lunes, 12 de diciembre de 2016

Mi noche con Robert, por Joaquín Rodriguez






Aquella noche Robert llegó al taller de mi padre con una agitación inusual. Yo estaba comenzando una partida de póquer cuando lo vi. Tenía los ojos crispados, la respiración pesada y el rostro negro empapado de sudor. Le ofrecí un trago, pero sus asuntos parecían urgentes y no tardó en introducirme en ellos. Salimos del sitio y conversamos durante un rato frente a los porches de las casas apenas iluminados. Él tenía sumo recato y hablaba en voz baja; no me explicó en profundidad el motivo de su visita pero me juró que era importante y que debía seguirlo. La verdad es que no lo pensé demasiado, ya que el juego me estaba aburriendo y nunca se la pasaba mal con Robert.

Volví adentro, tomé un abrigo y mientras mi primo repartía fichas y cartas de diversos colores, le advertí de mi partida. Nos marchamos al trote calle abajo, cruzando el pueblo de lado a lado. Atrás quedaban los descampados, las plazas y las tiendas. Enseguida estábamos perdidos entre los pastizales que se asomaban hasta donde la vista alcanzaba. Había girasoles, algodón y, sobretodo, maíz. Fueron unos veinte minutos sin descanso hasta un cruce de caminos donde Robert frenó abruptamente. Llevaba consigo su guitarra. Los dos nos recostamos bajo un viejo sauce con largas ramas que caían sobre la carretera. Mi amigo empezó a tocar bellos sonidos que se perdieron en la inmensidad de la noche. Saqué un cigarro y le convidé otro. En el cielo se desparramaban miles de estrellas que titilaban incesantemente. Mientras las caricias sobre las cuerdas resonaban en las granjas aledañas, la luna bañaba elegantemente las praderas en las que croaban las ranas.

Conversamos animadamente pero Robert siempre evitaba contarme el motivo de nuestra presencia allí. Finalmente consideré una tarea obsoleta continuar con la indagatoria. Luego sacó una botella de whisky del estuche y bebimos hasta entrar en un sueño profundo. De repente, los ronquidos fueron interrumpidos por un tronido espeluznante. Despertamos y miramos hacia el oeste, donde cientos de rayos caían en el horizonte como una lluvia de meteoritos apocalíptica. Un leve fulgor blanco cubría las planicies occidentales. El fin del mundo parecía estar allí mismo. El páramo se sumergió en un silencio sepulcral. Nos sentimos observados por mil ojos. Súbitamente una voz siniestra resonó a nuestras espaldas. Volteamos de un salto y dimos con él. Era Wilson, un muchacho de unos 30 años, de tez blanca y pelo rubio que trabajaba de granjero en el pueblo, uno de los pocos a los que nunca se lo veía en la iglesia.. Nos tendió la mano. Robert se acercó animado y lo saludó. Yo atiné a hacerle un gesto leve con la cabeza, todavía con el pulso tembloroso.

- Buenas noches, caballeros- dijo con una elegancia singular. Se acercó hasta la guitarra y la examinó con sumo cuidado. Tras la observación se la dio a mi colega como invitándolo a tocar. Robert respiró profundo y volvió a disparar sus melodías ante la aprobación del visitante que acompañaba el ritmo con su pie derecho. Contemplé la situación confundido, aún preguntándome si no estaríamos inmersos en una especie de pesadilla inducida por los vahos de ese licor impuro que absorbimos a una velocidad asombrosa. Encendí otro tabaco.

- Suficiente. Esto está hecho. Gracias por el encuentro y será hasta pronto- dijo nuestro inesperado interlocutor.

Su pequeña figura comenzó a perderse entre los matorrales y a lo lejos sonó el mismo tronido que hace unos instantes. Lo miré a Robert pidiéndole explicaciones por todo lo que acababa de suceder. No fueron más de cinco minutos de locura. Una sucesión de extrañas sensaciones me acecharon. Horror, curiosidad y asombro eran las tres principales. Mi amigo rió dejando entrever su sonrisa blanca y luminosa. Caminamos de regreso a nuestros hogares sin cruzar palabra. La borrachera había pasado tan pronto como escuché aquel sonido enfermizo que nos quitó el sueño. Llegamos a la casa de Robert y el apenas me saludo. Entró al hogar y cerró la puerta suavemente, como si yo nunca hubiera estado allí. 

Wilson no apareció más por el lugar. Tampoco mi compañero. Una mañana de invierno, mientras recogía leña para el aserradero, recibí una postal con su firma. En ella se lo veía sentado en un pequeño taburete dentro de un bar colmado de gente que lo aplaudía a rabiar. Su mueca era hermosa, tanto como pocas veces la había visto aunque sentí su mirada extraña, como perdida. Contemplé la foto por un rato y empecé a notarla incómoda. La guardé en un pequeño cajón junto a la cama y nunca más la volví a mirar. 


A veces regreso a aquel cruce de caminos con una botella de bourbon y me embriago hasta quedar dormido. Cuando despierto, todavía puedo escuchar la guitarra de Robert susurrando sus penas entre los maizales. Su voz aguardentosa me despierta en las noches pidiendo que me sume a una nueva aventura, por lo menos hasta que aquel pequeño granjero vuelva.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Las letras insomnes, por Joaquín Rodriguez


                                                      Foto: Belén Rodriguez Freire





El reloj marca las cinco de la mañana y ya llevo dos mil vueltas en la cama. En mi cabeza se acumula un tendal de buenas ideas entreveradas con paisajes nítidos y personajes complejos. Pienso, dibujo y ordeno en un proceso mental que se expresa de manera física como una ansiedad creciente. Con la agilidad de un gato, salto de la cama y surco la oscuridad de la habitación hasta llegar a la máquina. Allí, la hoja en blanco me mira de manera amenazante. Comienzo a escupir las palabras de una manera lógica, buscando canalizar todo aquello que me invadía hace un instante. 

Luego de un rato descubro que ese dejo de brillantez no es más que una pila de basura burda y común. Me recuesto nuevamente y prometo ponerle un límite a mi maquinación; entonces, escudriño el cuarto con la mirada y veo la guitarra. A su lado está el pequeño slide de níquel. Pese a la cerrazón de la noche, su reflejo es intenso. Pienso en una nota perfecta, en el choque de las cuerdas con el acero y el sonido que ello produce. 

Las extremidades se me aflojan, mi cabeza levita y estoy entrando en el sueño. Antes de rendirme a su merced, reflexiono ¿será que la música relaja y la literatura enloquece? Entonces, empiezo a elucubrar caminos para responder a la pregunta y cuando me doy cuenta mi tesis comienza a reafirmarse, nuevamente estoy en el plano de la escritura.  Ya siento el cuerpo tenso, la cabeza acelerada y van cuatro giros más entre las sábanas maltrechas. 

Vivaldi estaba en Goethe, el jazz le pertenecía a Kerouac, Arlt hizo lo propio con el tango y Sbarra, con el rock and roll. No hay escrito sin musicalidad. Otra vez salto hacia la computadora y empiezo a tejer estas líneas. Las repaso con cautela buscando el error seguro, la fragilidad gramatical. En algún punto pienso que es un montón de nada. De todos modos, el acto de odiar conlleva el mismo esfuerzo que el de encariñarse. En un giro repentino decido, arbitrariamente, tenerle aprecio a estas líneas. 

Vuelvo a acostarme y pienso en una suave caricia sobre las seis cuerdas. Afuera cantan los pájaros y pronto saldrá el sol.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Black Sabbath: el sonido de la oscuridad, por Joaquín Rodriguez





La lluvia cae a tendales sobre algún páramo de las tierras bajas. El cielo truena y de fondo una campana repiquetea con sonido a muerte. La densidad crece hasta que la guitarra de Iommi aparece haciendo estallar por los aires el clima. Así comienza Black Sabbath, primer disco de la banda homónima, piedra fundacional del heavy metal y parteaguas en la historia de la música moderna.

Ozzy Osbourne, Tonny Iommi , Geezer Butler y Bill Ward eran cuatro jóvenes provenientes de las entrañas de Birmingham, uno de los centros industriales más importantes del Reino Unido. Pertenecían a una nueva generación que intentaba escapar de las conservadoras formas de vida británicas y subsanar las heridas que apenas 25 años atrás habían dejado los bombardeos alemanes sobre las diezmadas ciudades inglesas.

Black Sabbath (vol I) vio la luz en febrero de 1970. Con marcadas influencias del blues, un showman tan extraño como fascinante y la particularidad de ser dueños de un sonido pesado como no se conocía al momento, la banda creo en torno a sí una extraña mitología esotérica que causó temor en los mayores pero que atrajo la atención de los adolescentes y sus inquietudes.

Basados en los sonidos de la maquinaria pesada que asediaban a su urbe natal, los Sabbath compusieron un álbum dotado de riff lisérgicos, como el que marca el pulso en NIB o en Evil Woman, líricas fantasiosas que coqueteaban con el más allá, en el caso de The Wizard y guitarras medievales y de alto vuelo en Sleeping Village.

Son 38 minutos de blues blanco tocado de manera excelsa, ambientes por momentos asfixiantes y, por otros, lúcidos, manejados con una dinámica certera en la que el cuarteto redobla los tiempos a gusto y piacere.

La épica que rodea a Sabbath es inabarcable; desde la aventura del bajista Butler con un ente oscuro que lo llevó a componer el tema Black Sabbath, uno de los himnos más emblemáticos del heavy, hasta el accidente en el que Iommi perdió tres de sus falanges, lo que lo obligó a bajar dos tonos la afinación de su instrumento logrando el sonido característico del género, todo forma parte de una leyenda que se perpetuó a lo largo del tiempo pero que tuvo su puntapié inicial en este álbum.

Merece un párrafo aparte la tapa de la placa, una verdadera obra de arte. Una doncella de ropas negras y fauces amarillas yace de frente. Sus ojos observan de manera inquietante. Tras ella, una suerte de casa se pierde entre árboles otoñales y matices naranjas. Es un preludio delicioso que anticipa la llegada de una nueva era musical, tan extraordinaria como genuina. La era Sabbath de la música.


viernes, 18 de noviembre de 2016

Los Guns N' Roses existen, por Joaquín Rodriguez







La noche cae fría sobre la ciudad de Rosario y el estadio Gigante de Arroyito es un verdadero polvorín. El minutero se acerca a las 21 horas cuando las lucen se apagan dando inicio al delirio colectivo. Detrás de la negrura y bajo los acordes de It's so easy aparecen las figuras de tres viejos conocidos: Axl Rose, Slash y Duff Mckagan, pilares de los Guns N' Roses, banda que regresa con su columna vertebral al país tras 23 años de ausencia.

Con las obvias marcas del paso del tiempo, el grupo se asienta sobre las tablas haciendo alarde de su salvajismo característico. El hombre de la Les Paul pasea su melena de punta a punta mientras lanza riffs endemoniados que culminan en la introducción de Welcome to the Jungle, ese gran himno que da la bienvenida a quienes arriban a la urbe con poco que perder.

Así, bajo la atenta mirada de una audiencia que saborea revancha, los Guns sacan de la galera un repertorio poderoso pero no menos emotivo, que incluye puntos de altísimo nivel como Estranged, Civil War, November Rain y hasta una zapada instrumental de Wish you were here.

El capítulo rosarino de la gira culmina con una frenética versión de Paradise City que inunda las costas del Paraná de papelitos y fuegos artificiales.

Buenos Aires 

Dos días después del desembarco en Santa Fe, llega el turno de conmover a la Reina del Plata. La historia de los Roses con Buenos Aires es muy particular. En 1992, su primera visita a la ciudad incluyó un escándalo sin precedentes que tuvo como dato macabro un suicidio y palabras despectivas del entonces presidente para con el grupo. No conformes con dotar de semejante épica su relación con la Ciudad, los Roses la eligieron para realizar su último show en 1993.

Con algunos cambios en el setlist con respecto al recital de Rosario, como por ejemplo la inclusión del tema Coma, los californianos vuelven al estadio de River Plate. Traen una sorpresa de grueso calibre como para ratificar su aprecio por estas tierras: Steven Adler, baterista original del grupo, se sumará para interpretar Out Ta Get me, en la primera noche y My Michelle, en el segundo show.

Un Axl sólido dejando todo de sí en cada nota, un Slash demencial que confirma sus medallas con solos de antología como el de Double Talkin Jive y un McKagan dueño de una impronta única, son la fórmula de un quinteto que suena sólido y que regala momentos de gran adrenalina como Live and let die. Su trato con la gente es casi nulo, pero eso no los hace descorteces. Hay química.

Otro punto de los altos en la velada porteña será la interpretación de Nightrain, una oda que desata la locura masiva entre los presentes. Las bocinas del tren nocturno anticipan el comienzo del fin. El viernes sonó Don't Cry y el sábado Patience, luego una poderosa versión de The Seeker, tema de The Who, y cierre obligado con viaje a la ciudad del paraíso.

Se esfuma así en el aire, dejando conformes a propios y ajenos, la esencia de aquella banda que, mientras los 80's transcurrían al ritmo de los sintetizadores, pateó el tablero con Apettite for Destruction, un álbum de antología que devolvió al rock la vara de mando y volvió a enamorar a los nostálgicos de los '70.

Quienes asistieron pudieron corroborar que no era un mito sino una realidad legendaria. Los Guns N' Roses existen y están vivos.



domingo, 9 de octubre de 2016

Willie y el desorden de Miranda, por Joaquín Rodriguez






Algunos recuerdos son tan nítidos que podría narrarlos con una exactitud perfecta. Otros, en cambio, se asemejan a imágenes difusas que siembran un tendal de dudas en mi mente. Puedo relatar, sí, aquellas noches de la infancia que transcurrieron en el departamento de la calle Miranda, frente a la vieja fábrica de Mantecol; una inmensa planta que en sus días dorados inundaba de un dulce aroma la pequeña vivienda.

Vivíamos en un dos ambientes situado en el cuarto piso de un edificio promedio. Desde el balcón de rejas podía verse la cancha de All Boys: el orgullo del barrio. La pequeña vivienda estaba decorada con montones de discos y libros que se enredaban en una suerte de torre de babel frágil y extraña que trepaba por las paredes hasta tocar el techo.

En ella conversaban Bradbury con Clapton, Neil Diamond y Laiseca y hasta Roger Waters se batía a duelo con Sartre. A veces, Philip Dick saltaba al vacío desde la cima y pasaba todo el día en el suelo. Al alcance de la mano siempre estaba Oktubre de Los Redondos, algo de los Talking Heads y un vinilo impecable con la banda sonora de Star Wars que era custodiado celosamente por una pequeña réplica del X-Wing. Años más tarde, mi padre acusaría a un extraño pintor que trabajó en casa de habérsela robado.

Aún conservamos el equipo de música marca Sanyo, una especie de catedral negra y gigante con un tocadiscos en la parte superior que sobrevivió a todas las mudanzas. Cada vez que lo veo recuerdo la delicada voz de Willie Nelson cantando “Always on my mind”, una de las odas que más sonó en el departamento de Miranda. Bastaba con escuchar la canción y cerrar los ojos para volar sobre campos de algodón y sentir a flor de piel toda la miseria que habita en uno. Son curiosos los atajos mentales por los que fugamos ante lo cotidiano.

Pero la música posee esa capacidad magnética, casi de hechicería, de devolvernos a sitios en los que nunca estuvimos. Siempre me impactó la cara de Willie, impresa en un disco que asomaba desde las bateas de mi hogar. Su pelo largo y rojo, su vincha sobre la frente y sus fauces ajadas pero intensas que se asemejaban a las de un vikingo, me llamaban poderosamente la atención cuando era chico.

Nunca pensé que alguien de semejante aspecto pudiera ser capaz de sembrar tanta hermosura. Creo que esa fue una de las lecciones que aprendí sin querer en el viejo departamento. Algunas noches, cuando la lluvia arrecia, pongo ese álbum y recuerdo aquel dos ambientes tan pequeño como reconfortante, tan cargado de música y papeles. Era ruidoso y desordenado, pero tan crudo y sincero como la vida misma…










viernes, 30 de septiembre de 2016

Norman Dios, por Joaquín Rodriguez



La esquina de Colegiales se erige como un oasis pecaminoso a la espera de viajeros sedientos. De un tiempo a esta parte, todas y cada una de nuestras noches comenzaron a morir allí; es que el sitio tiene un extraño magnetismo, una fuerza propia que invoca al más dulce divertimento.

Cada personaje que atraviesa la puerta posee una luz particular; un rostro que vimos alguna vez pero que ya no recordamos; un aura específica que, por relación de oposición, es lo que las demás no son.

Las veladas transcurren bajo la influencia de la voz de Moura, los teclados de García y la guitarra de Richards. Mientras, la exótica fauna fluye de un rincón a otro. Hay musas corruptas que beben vino del mejor, intrépidos de narices inquietas, haraganes planeando su holgazanería y hedonistas de la alta escuela. Las coqueterías de una noche se reparten como naipes entre lobos solitarios que prueban suerte, y muchachas dispuestas a hacer la calle.

Detrás de la barra, desde una especie de altar pagano, Norman Dios vigila todo con sus lentes redondeadas y amarillentas. Su figura es tan antológica como inmensa; delante de la manada apenas disfruta de placeres que rozan lo mundano. Sin embargo,  es más consciente que nadie de que puede alcanzar lo que quiera con tan solo pedirlo. Su séquito cercano es igual de llamativo que él, pero el papel de gurú queda absolutamente reservado a su persona.



Al menos dos veces a la semana toda la magia de Buenos Aires pareciera condensarse allí. No es exactamente la imagen de un antro de perdición, pero a veces hasta los mares más calmos ocultan tempestuosas calamidades…



viernes, 23 de septiembre de 2016

La sonrisa de Richards, por Joaquin Rodriguez








Aquella noche en La Plata, cuando las luces ya estaban encendidas, empecé a sentir el peso de la velocidad de los días. La voz del Pela en el teléfono, apenas dos noches atrás, me hablaba de salir por una cerveza, mientras el colectivo se sumergía en la inmensidad de avenida Córdoba dejando en su camino un tendal de luminarias que se extendían como una especie de alfombra galáctica hasta donde la vista llegaba. Ahí sentí el quiebre.

Luego vendría la ruta de los bares, la lluvia, las agendas, los teléfonos y toda la información recolectada entre la aspereza del whisky y la cerveza que nos ponía en el punto febril. La rendición de cuentas en el baño y de rodillas sería un precio barato de pagar. Más tarde, llegaría la odisea, el tren sucio y cotidiano, la jornada soleada, y más alcohol. La palabra mágica. Sobre la hora y como pidiendo permiso, el objetivo cumplido: la entrada en mano que anunciaba, desde un cartón barato, que tenía el permiso legal para ingresar al Estadio Único.

Y Pela, que esperaba en la puerta de casa apoyado en su auto, como invitándome a beber un poco más quizá bajo la influencia de Love is strong, que era lo que los parlantes escupían a la calle en ese momento, dotando a las cosas de un erotismo exótico, marginal. Con la moneda justa y habiendo conseguido el boleto apenas tres horas antes del show, partimos rumbo a La Plata a rendir pleitesía a sus majestades. 

Repasando esas jornadas tan frenéticas como etílicas, puedo caer en el olvido de algunos detalles. Sin embargo, hay algo que llevo a fuego en mi mente de aquel concierto que nos dejó a todos en éxtasis, como ingresando a un nirvana ajeno por cuestión de dos horas. Ese condimento imborrable es y será por siempre, la sonrisa de Richards. De bandido audaz, cálida y hermosa, brillante pero simple, como su forma de tocar; un tanto diabólica, sí, pero entrañable, como de un pícaro que sabe que pecó más de una vez, aunque no pide redención por ello. Es sincera. Su cuerpo posado en la punta del escenario, su guitarra al hombro y sus dientes blancos iluminando al público sediento, que coreaba su nombre como si en ello le fuera la vida.

Me permito, por un instante, salir de los esquemas cientificistas y manuales de instrucción para compartir esta breve vivencia personal de aquellos tres días tan demenciales como estupendos. Es un ápice mínimo de un show que superó toda expectativa reinante. Quien quiera leer más sobre él, puede buscar las crónicas de época en los heraldos locales. Por lo menos a mí, me resulta inabarcable.






viernes, 16 de septiembre de 2016

Llaman a la puerta, por Joaquín Rodriguez




La calle se sumía en una quietud inusitada. Al final de ella, las dos luces del Ford negro rompían con la niebla e iluminaban el gris empedrado. Era una noche de luna, en la que los gatos se paseaban con una impunidad irrisoria entre los pórticos de las casas.  Del coche bajó Gómez. Tras él, la puerta se cerró haciendo un estruendo horrible, como si un meteorito de chatarra chocara contra la tierra a miles de kilómetros por hora.  Llevaba un tapado ocre, sombrero color café y una barba desprolija que trepaba por sus mejillas. Cerca de él, un can olfateaba los basureros repletos de mugre.

El sujeto caminó hacia un viejo portal oscuro; era de un metal alto y fino, como si detrás de él se ocultaran unas escaleras. Debajo de sus botas, se oía el crepitar de las hojas otoñales. Se paró justo debajo de un balcón con la fachada desgastada; podían vislumbrarse algunos ladrillos de la derruida pared. Encendió un cigarro y tocó el timbre; mientras esperaba la respuesta, pensó en Mirtha. También en Luis y en cómo habían discutido el día anterior. Recordó el partido del domingo; eso lo distrajo y lo alegró por un instante que se deshizo en cuestión de segundos. Enseguida se dio cuenta que nadie respondía a su llamado. Volvió a insistir, pero esta vez con más virulencia que en su primer intento. No hubo caso. Nadie reparó en su llamado.

Caminó presuroso hacia la calle para tener una mejor perspectiva del balcón. El perro seguía cerca de él, pero ahora desataba su furia con una bolsa de basura. Se entretuvo viéndolo lidiar contra la suciedad hasta que de repente, dos estallidos dinamitaron por los aires el silencio de Boedo. Un tándem de proyectiles cruzó la calleja de lado a lado silbando sobre los adoquines que reflejaban los faroles.

Gómez cayó fulminado junto al cordón. Un hilo de sangre fugó de su boca con rumbo a la alcantarilla y se fundió con el agua pestilente. Sus dedos apenas alcanzaron a asfixiar la culata de su pistola, a la que nunca pudo desenfundar de la cartuchera. 

Al día siguiente, su mujer lo lloró en la iglesia de la Sagrada Concepción. El perro no volvió a aparecer por Boedo.



viernes, 9 de septiembre de 2016

"Donde hay que contar el rock and roll, ahí estoy yo". Una entrevista a Sebastián Duarte, por Joaquín Rodriguez





En un viejo bar ubicado en Magallanes y Patricios, allá donde la ciudad se quiebra y el Riachuelo divide La Boca de las márgenes fabriles de Avellaneda, Sebastián Duarte me espera con un cortado en la mesa. Sus cuarenta años se ocultan  tras sus lentes negras y una sonrisa que dibuja al verme llegar. Lo noto cómodo y es natural; gran parte de su obra se ha desarrollado en lugares así. Habitué del San Telmo profundo, ex manager de bandas y periodista de armas tomar, su currículum incluye una vasta colección de libros de su autoría entre los que se destacan “La Constitución Travesti”, “Yo toqué en Cemento” y “Ricky de Flema: el último punk”.

- Tus trabajos están lejos de la figura del escritor académico, te ubicás más cerca del escritor maldito ¿Te considerás como tal?

- Yo soy un tipo de escritor que viene del periodismo; vengo del lado de Walsh,  de Caparrós. Me identifico con el nuevo periodismo, soy hijo de esa nueva generación del estilo gonzo. Henrry Miller, Bukowski, Kerouac y tantos otros me inspiran. Siento mucha afección por ver toda la aldea, todo el panorama. Empecé a los 30 años, con el libro de Ricky. No era tan joven, pero si empecé a esa edad es porque ya no era un pendejo. Creo que me vi forzado a escribir libros por un desencanto con el periodismo. Se han perdido los códigos, algo que me disgustó y me llevó a trabajar solo.

- Decís que el desencanto con el periodismo te llevó a dedicarte a la escritura de libros ¿Cómo fue ese proceso de abordaje de la profesión desde otro ángulo?

- Nunca pensé en escribir libros, lo que me aportó fue todo lo vivido. Siempre fui muy curioso y de almacenar historias vividas o experimentadas. Cuando arranco a escribir comienzo con la vida de Ricky Espinosa, que era de mi barrio. Yo me movía en el ambiente de la música zonal y esa información la tenía viva. Esa obra es también una especie de autobiografía.  Además me motivó el hecho de ser adolescente y leer revistas como “Cerdos y Peces” y soñar escribir en ella; un día sucedió. En los 90, cuando empecé en esto, se hablaba de la “Era de la comunicación”. Yo creo que hoy día vivimos la “Era del marketing”. Hoy con las redes sociales podés construir un personaje tuyo bien alejado de lo que realmente sos. No me gusta, pero si estás al margen de eso, es muy difícil. Una cosa es escribir un libro sobre Ricky Espinosa y otra es escribir un libro sobre Cerati. La diferencia es mucha. Yo apelo a las inquietudes.

- ¿Te pudiste reencontrar hoy en día con el periodismo de redacciones o seguís enojado con el ambiente?

- Es difícil. Hoy cualquier jefe de publicidad tiene mucho más peso que un jefe de redacción, entonces el empresario da prioridad a quien le trae el dinero.  Los que lograron sobresalir lo hicieron en otra época. Hoy un estudiante de periodismo puede generar una polémica nacional con un video filmado desde un celular. En la actualidad, la imagen dice más que la palabra y la palabra siempre debe ser fragmentada, creo que es el ABC de esta época, entonces hay que buscar la vuelta desde el ángulo marketinero para que algo funcione.

- Hay una visión más global del juego

- Antes no era así. Era de otra manera, y ahora no hay códigos ni entre los protagonistas. Traiciones, figuretismo, mucho querer llegar primero, eso genera la inmediatez. La condena de la web es tremenda. No somos jueces, pero todos están juzgando. Si en “Yo toqué en Cemento” yo hablo de Chabán, me dicen “ehh, hijo de puta, estás lucrando con Omar”, entonces hay que pensar muy bien qué repercusiones puede tener una obra.

- “La Constitución travesti” es un libro muy profundo dónde abordás una realidad un tanto fuerte y desconocida ¿Creés que fue un quiebre en tu carrera?

- Fue un proceso largo pero el disparador no fue la idea de escribir. Marcó un antes y un después en mi vida. Primero fueron tres, cuatro años, donde estuve muy vinculado con el barrio de Constitución y el trato con ese submundo. Un día me surgió el hecho de escribir todo eso. “Estoy viviendo en carne propia esa realidad”, pensé, y, ya habiendo escrito una primera obra, sentí la necesidad de continuar. A diferencia de las redacciones o de la grabación de un disco, el escritor es solitario. Vos estás solo frente al espejo tratando de reflejar esa historia que tanto te apasiona y que necesitás contar para el que está afuera. Mi caso fue el de un escritor independiente que tiene la posibilidad de crear algo propio, algo que dispara su imaginación y le interesa. Tengo la necesidad de ser sincero en mis libros, de que se note mi impronta y que soy yo quien escribe. Donde hay que contar el rock and roll, las partes oscuras, ahí estoy yo.

-  Yendo a la cuestión de fondo en sí ¿Qué te dejó el mundo de la prostitución travesti?

-  Me dejó mucha sabiduría y experiencia de vida pero también muchas secuelas: mis realidades y vínculos con la noche; mis encuentros y pérdidas con ella. He perdido mucho, hasta parejas. Cuando te miran, te miran con esa historia detrás, no te ven desde otro lado. No es que soy un flaco que trabaja en una oficina, tengo todo eso de atrás y es muy riesgoso. A mí me trajo muchos conflictos afectivos, siempre generó dudas ese pasado. Son cosas que quedan y que, cuando el otro te observa, te ve con todo eso.  Yo cargo con eso. No lo vivo como algo malo, pero lo padezco a veces. Cuando uno vive intenso, del otro lado saben que están viviendo con un intenso y si el otro no está capacitado para eso, no lo puede entender. Mi hermano, por ejemplo, es médico y todos los ven como médico y lo tratan como tal; ese respeto que hay por mi hermano no lo tienen conmigo. Es una especie de encasillamiento en el que te pone la sociedad. Si yo escribiera poesías verían al poeta.

- ¿Te pesa cargar con ese pasado?

- A nivel afectivo sufrí las consecuencias. No dejo de sufrir porque soy un ser humano; me apena que a veces el otro me encasille tanto. Me duele que el árbol tape al bosque, pero no cambiaría mi elección, ni dejaría de ser quién soy para resolver otro aspecto de mi vida. Si quiero escribir sobre algo que tiene que ver con la noche, voy detrás de eso. Sería muy miserable de mi parte para conmigo mismo renunciar a lo que soy.

- ¿Te arrepentís de algo en cuanto tu carrera?

- Como todo humano a veces hago revisiones y digo “qué tonto que fui”, pero es propio de nuestra condición. La equivocación significa que uno vive. Hay gente que se lo pregunta pero prefiere estar parado en una baldosa y eso le genera seguridad; la gente busca seguridad todo el tiempo y yo también, pero tengo debates y discusiones con mi seguridad. Es algo cultural; una discusión eterna. No siento arrepentimiento pero sí tristeza; no es desde mi condición de escritor sino desde mi condición humana. Uno se puede arrepentir de haber perdido a alguien que quería. Sin embargo, nunca fue una traba: yo seguí escribiendo siempre. Todo es válido cuando te dejás llevar por tu corazón…

“Cuando uno piensa en un escritor, acude a su mente la figura pulcra de un Cortázar, de un Borges. Su escritorio, su traje impecable. No. Yo no soy de esos”, sentencia Seba. Es consciente de que sus letras son corruptas;  hay una presencia nocturna constante que las sobrevuela, como un buitre silencioso que se posa majestuoso sobre los cielos.  Antes de partir lanza una última proclama de factura propia: “Nos vemos por Buenos Aires”, dice.  Su figura, su bagaje y sus fantasmas se pierden calle abajo. Sobre la mesa queda la taza de café vacía y el recuerdo de su sonrisa entradora…