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jueves, 24 de noviembre de 2016

Black Sabbath: el sonido de la oscuridad, por Joaquín Rodriguez





La lluvia cae a tendales sobre algún páramo de las tierras bajas. El cielo truena y de fondo una campana repiquetea con sonido a muerte. La densidad crece hasta que la guitarra de Iommi aparece haciendo estallar por los aires el clima. Así comienza Black Sabbath, primer disco de la banda homónima, piedra fundacional del heavy metal y parteaguas en la historia de la música moderna.

Ozzy Osbourne, Tonny Iommi , Geezer Butler y Bill Ward eran cuatro jóvenes provenientes de las entrañas de Birmingham, uno de los centros industriales más importantes del Reino Unido. Pertenecían a una nueva generación que intentaba escapar de las conservadoras formas de vida británicas y subsanar las heridas que apenas 25 años atrás habían dejado los bombardeos alemanes sobre las diezmadas ciudades inglesas.

Black Sabbath (vol I) vio la luz en febrero de 1970. Con marcadas influencias del blues, un showman tan extraño como fascinante y la particularidad de ser dueños de un sonido pesado como no se conocía al momento, la banda creo en torno a sí una extraña mitología esotérica que causó temor en los mayores pero que atrajo la atención de los adolescentes y sus inquietudes.

Basados en los sonidos de la maquinaria pesada que asediaban a su urbe natal, los Sabbath compusieron un álbum dotado de riff lisérgicos, como el que marca el pulso en NIB o en Evil Woman, líricas fantasiosas que coqueteaban con el más allá, en el caso de The Wizard y guitarras medievales y de alto vuelo en Sleeping Village.

Son 38 minutos de blues blanco tocado de manera excelsa, ambientes por momentos asfixiantes y, por otros, lúcidos, manejados con una dinámica certera en la que el cuarteto redobla los tiempos a gusto y piacere.

La épica que rodea a Sabbath es inabarcable; desde la aventura del bajista Butler con un ente oscuro que lo llevó a componer el tema Black Sabbath, uno de los himnos más emblemáticos del heavy, hasta el accidente en el que Iommi perdió tres de sus falanges, lo que lo obligó a bajar dos tonos la afinación de su instrumento logrando el sonido característico del género, todo forma parte de una leyenda que se perpetuó a lo largo del tiempo pero que tuvo su puntapié inicial en este álbum.

Merece un párrafo aparte la tapa de la placa, una verdadera obra de arte. Una doncella de ropas negras y fauces amarillas yace de frente. Sus ojos observan de manera inquietante. Tras ella, una suerte de casa se pierde entre árboles otoñales y matices naranjas. Es un preludio delicioso que anticipa la llegada de una nueva era musical, tan extraordinaria como genuina. La era Sabbath de la música.


jueves, 28 de julio de 2016

Queen I (1973): prólogo a la leyenda, por Joaquin Rodriguez

Toda leyenda tiene un comienzo; una piedra filosofal que se coloca en la historia como un primer peldaño fundacional. Para Queen, ese fue su primer álbum. Se trata de un disco titulado de manera homónima a la banda, que vio la luz en julio del año 1973. Apenas doce meses antes, y tras largo tiempo llenando clubes y bares londinenses, el cuarteto había conseguido su primer contrato discográfico. Brian May, Roger Taylor, John Deacon y un joven estudiante de arte nacido en Zanzibar  llamado Farrokh Bulsara, quien pronto acapararía todas las miradas bajo la forma de su alter ego, Freddie Mercury, comenzaban a dejar su impronta en la historia.

La portada presenta al cantante fundido bajo la luz de un reflector, con el torso desnudo y entregando su micrófono a modo de ofrenda hacia el cielo. Son diez canciones las que se encuentran en la placa y, representan una etapa totalmente diferente pero no menos maravillosa de aquella que llevó a la Reina a las radios de todo el planeta. Un hard rock crudo en sintonía con el momento musical que se vivía en Gran Bretaña, pero dotado de una profundidad pocas veces escuchada hasta el momento. Guitarras gruesas y envolventes que logran climas espaciales enraizándose en cabalgatas galácticas, como en Keep yourself alive, contrastan con los momentos medievales que se presentan en las canciones Great King Rat y My Fairy King.

La voz de Mercury es un vendaval que golpea directo al pecho; con el correr del tiempo, su técnica continuaría perfeccionándose para regocijo de los escuchas. Sin embargo, para el momento, presentaba una virulencia casi agresiva y rasposa, que lo llevaba a rozar un fino heavy metal. Esto se aprecia en temas como Liar, Son and Daughter o Jesus, los cuales también se encuentran bajo tintes operísticos, una de las características distintivas del grupo. Cabe destacar su performance en el piano durante la canción Seven Seas of Rhye.

En conclusión, quien aborde Queen I se encontrará con una banda totalmente distinta a la que explotaría en los años de gloria. Un disco de una versatilidad notable, que hace un culto a los 70's. Una evolución natural de los senderos zeppelinianos, con estética a lo Bowie, y una verdadera explosión de rock and roll que no cae jamás en lugares comunes. Esa fue la carta de presentación de una banda que, tiempo después, terminaría por apoderarse para siempre de la perfección. Luego de eso, ya nada sería lo mismo...