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miércoles, 7 de septiembre de 2016

Dárgelos: un infiltrado en el rock, por Federico Morales










Cuando hablamos de Dárgelos (nombre ficcional que dictó para sí mismo Adrián Hugo Rodríguez) hablamos, quizás, de uno de los letristas más virtuosos en la escena del rock local.
En lo que me concierne, el efecto dargeliano fue absorbiéndome en cuotas -¿gotas?- a diferencia de otros artistas u obras que, rápidamente, se despliegan sobre uno.
Este caso resultó distinto. Con el tiempo, y a medida que me encontraba más envuelto en el viaje que propone el muñeco de Lanús, comprendí que la peculiaridad tenía sentido: las canciones que Dárgelos guardaba en su equipaje se presentaban con tal extrañeza que demandaban otro tipo de atención. Como si un rubor prendiera la luz del misterio y una ironía trajera adherida una nueva forma de contar cómo eran las cosas.
Aquí, la quimera se constituía desde un colchón de sonidos vaporosos, que encadenaban un relato que se erigía con palabras cuidadosamente elegidas.
Desde mi lugar de testigo magnetizado podía entrever que se abría un imaginario que hasta entonces no había encontrado.
Recuerdo que Miami fue la primera obra completa que me llegó desde el plano Dárgelos como un color caído del cielo.

Atravesando el valle de valium

Miami, una placa excelsa desde lo musical, posee un fino registro epocal. Se trata de un trabajo que encarna, con crudeza e inteligencia, lo que significó socialmente el delirio del menemato en su crisis crepuscular.
Además, es un disco icónico para Babasónicos, ya que allí Dárgelos y los suyos se despiden de un estilo ligado a su discografía anterior para cobrar ese (otro) carácter singular que  llegaría más tarde de la mano de JéssicoInfame, Anoche, etc.
Miami fue un disco que mastiqué lentamente. Cada canción era una porción que debía atravesar su proceso para ser digerida. Sensaciones frescas rozaban los oídos y una densidad liviana forraba al hilo conductor. Fórmulas ingeniosas en la poética de la canción hacían placentera la escucha del disco, me mantenían cautivo, esperando obtener la respuesta a ese enigma que había sido plantado.
Lo más fascinante del asunto fue la astucia de esa pluma dargeliana que es capaz de retener la respuesta a la ecuación de la sensibilidad y, al mismo tiempo, capaz de denunciar con desfachatez la inmundicia y los pavores de nuestra intimidad.
Dárgelos venía a proponer otra forma de comprensión. Circunstancias episódicas de la vida posindustrial, de pronto adquirían un formato novedoso, un enfoque fantástico. La rebelión no se expresaba desde la proclama panfletista, sino desde el agotamiento manifiesto ante los mandatos sociales omnipresentes y ridículos.

Siento el fulgor y quiero entrar

Es en Jéssico cuando la impronta dargeliana empieza a adquirir su punto más alto.
Cada letra, cada sonido, coinciden con una atmósfera que bordea los páramos por los que te conduce el disco.
Los versos parecen construidos ante la atenta supervisión del mismo glosario que dió a luz un título como Jéssico.
La farsa, el rock d-eléctrico, el romanticismo explorado desde su costado más erótico, la gruesa que atraviesa todas las lateralidades, los calientes que se citan en la noche del conurbano fabril y hasta el México de sol anaranjado, todos confluyen formando una gran constelación.
Desde sus comienzos, Dárgelos mostró inquietud por lograr un estilo que se desmarcara del resto, pero es en Jéssico donde queda explicitada la consagración de un sello personal e indivisible a su propio relato.
Se detecta una versatilidad que muy pocos logran en el verso, un narrador que discute con la realidad, aunque limpiándola de cualquier coqueteo solemne a la que suelen recurrir muchos letristas. La provocación toma la rienda y hace de nosotros a su voluntad, quedando atrapados al componente somnífero de cada canción. 
Además, parece dar con el vértice donde el sentido y el sonido de la oración se sellan en un encuentro único e irrepetible. Es el estado en el cual la palabra y la melodía, la melodía y la palabra, se fusionan constituyendo algo nuevo desde ese cruzamiento. Y eso nuevo, quizás, sea lo que Dárgelos se inventa para tolerar “la miseria que recibe del mundo”, según sus propias palabras.

Años más tarde en el álbum Infame, cantará:

“Acurruquémonos mi amor,
Todo estalla en derredor,
La miseria y su estertor nos mata”

Prefiero que inventen

Si se repasa la biografía de Babasónicos podrá observarse que la inventiva de Dárgelos se renueva, refresca y potencia álbum tras álbum.
En el muñeco de Lanús podemos encontrar a un escritor de canciones de rock que nutre su pluma con el aporte siempre enriquecedor de la literatura. Daremos con un voraz lector de Thomas Pynchon, Cormac McCarthy, Marcelo Cohen, Rodolfo Fogwill, Alberto Laiseca, entre muchos otros.
Remarcar este dato es insoslayable para tomar dimensión del hombre que está detrás de composiciones como:

“Y conoce que la vida no termina donde vos lo ves, ser así no cuesta nada”
 “Formas naufragas viajan a la deriva, al encuentro con la nada misma”
“Con la intemperie te arropas”

Si los oímos depositados dentro de sus respectivas melodías podremos intuir el uso de un minimalismo recatado y perspicaz. Siendo éste uno de sus máximos aciertos: la búsqueda de la belleza a partir de unos pocos recursos, eligiendo con pericia aquellos que se presentan como los más indicados para su misión.
En definitiva, puede que Dárgelos no sea el héroe del rock con el que todos sueñan, pero quizás sí sea un escritor que se infiltró en el rock para incomodarnos.






viernes, 19 de agosto de 2016

Víctimas del Vacimiento (Hermética, 1994): la resistencia empieza con H, por Joaquín Rodriguez



A mediados de la década de los noventa, Hermética ya era una banda consagrada en la escena heavy local y su caudillo y bajista, Ricardo Iorio, acaparaba la atención de sus seguidores. El  segundo disco de la banda, “Ácido Argentino”, con el himno “Gil trabajador” a la cabeza, había tenido un éxito inesperado y cada vez más hordas se unían a su propuesta musical y estética. Sus letras punzantes y dramáticas se tornaron una radiografía de la segregación social diagramada por las políticas económicas del menemismo, que repartían anestesia en forma de “1 a 1” para las clases medias y palos para los menos pudendos.                  

En 1994, el grupo lanzó su tercer y último álbum, Víctimas del Vaciamiento. Si bien la placa representa un salto cualitativo en cuanto a su sonoridad y a la calidad de las canciones, su línea discursiva es similar a la de sus antecesores. A diferencia de ellos,  "Víctimas" no alcanza una virulencia tan asfixiante, sino que hay más espacio para el factor melódico. “Soy de la esquina” es la primera de las once odas que conforman el álbum. Marcada por la cabalgata de guitarra de Romano, es una pintura barrial que destaca los valores de la calle por sobre los de la tevé. Una idea plasmada en los papeles por la sórdida pluma de Iorio, escriba capaz de realizar reflexiones tan simples como inquisitivas. Esta es una de las fórmulas del éxito de Hermética: la posibilidad de conjugar la rudeza callejera y violenta con una filosofía existencialista inquietante.

“Otro día para ser” es una muestra cabal de la capacidad lírica del grupo y un ataque a la “fuga radioactiva del progreso”, mientras que “Olvídalo y volverá por más” y “Del colimba” dan cuenta del descontento de la sociedad con la casta política y de la vida gris de un adolescente en un cuartel durante su estadía en el servicio militar. Hay una interpelación constante al triste porvenir de una juventud en su eterna lucha por no naufragar. Ambas canciones son interpretadas por Iorio, quien imprime una cuota de emotividad en ellas, mientras que la voz de Claudio O’Connor explota en los temas más cercanos al trash, como “Ayer deseo, hoy realidad”, “Hospitalarias realidades” y “Cuando duerme la ciudad”. El doble bombo de “Pato” Strunz, y las seis cuerdas del “Tano” Romano son platos fuertes y elementos distintivos en la constitución del sonido hermético. El cierre del álbum queda a cargo del tandem "Moraleja"- " "Tano Solo", la primera dotada de un aire picaresco de chacarera donde el grupo deja entrever sus raíces folclóricas, mientras que en la última un solo de guitarra,  con el estilo agresivo del Tano, crea una atmósfera espacial que bien podría pertenecer a Brian May o David Gilmour.

Al poco tiempo del lanzamiento del álbum, las diferencias entre los integrantes del grupo pesarían más y el proyecto volaría por los aires. Fue justo cuando estaban en la cima. Sin embargo, y pese a las cenizas, el fuego de la H ardió de manera intensa; fugaz, sí, pero con una ira que marcó época. Nadie le podrá quitar al cuarteto un mérito ganado en buena ley; el de conmover a los duros; a esas huestes de cuero que, aunque sea a escondidas, enjugan una lágrima ante el vívido recuerdo de Hermética, esa banda que contó realidades que todos vivían pero no muchos veían…







Víctimas del vaciamiento, Hermética (disco completo)
Link: https://www.youtube.com/watch?v=b3qj1lO9JB0