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viernes, 18 de noviembre de 2016

Los Guns N' Roses existen, por Joaquín Rodriguez







La noche cae fría sobre la ciudad de Rosario y el estadio Gigante de Arroyito es un verdadero polvorín. El minutero se acerca a las 21 horas cuando las lucen se apagan dando inicio al delirio colectivo. Detrás de la negrura y bajo los acordes de It's so easy aparecen las figuras de tres viejos conocidos: Axl Rose, Slash y Duff Mckagan, pilares de los Guns N' Roses, banda que regresa con su columna vertebral al país tras 23 años de ausencia.

Con las obvias marcas del paso del tiempo, el grupo se asienta sobre las tablas haciendo alarde de su salvajismo característico. El hombre de la Les Paul pasea su melena de punta a punta mientras lanza riffs endemoniados que culminan en la introducción de Welcome to the Jungle, ese gran himno que da la bienvenida a quienes arriban a la urbe con poco que perder.

Así, bajo la atenta mirada de una audiencia que saborea revancha, los Guns sacan de la galera un repertorio poderoso pero no menos emotivo, que incluye puntos de altísimo nivel como Estranged, Civil War, November Rain y hasta una zapada instrumental de Wish you were here.

El capítulo rosarino de la gira culmina con una frenética versión de Paradise City que inunda las costas del Paraná de papelitos y fuegos artificiales.

Buenos Aires 

Dos días después del desembarco en Santa Fe, llega el turno de conmover a la Reina del Plata. La historia de los Roses con Buenos Aires es muy particular. En 1992, su primera visita a la ciudad incluyó un escándalo sin precedentes que tuvo como dato macabro un suicidio y palabras despectivas del entonces presidente para con el grupo. No conformes con dotar de semejante épica su relación con la Ciudad, los Roses la eligieron para realizar su último show en 1993.

Con algunos cambios en el setlist con respecto al recital de Rosario, como por ejemplo la inclusión del tema Coma, los californianos vuelven al estadio de River Plate. Traen una sorpresa de grueso calibre como para ratificar su aprecio por estas tierras: Steven Adler, baterista original del grupo, se sumará para interpretar Out Ta Get me, en la primera noche y My Michelle, en el segundo show.

Un Axl sólido dejando todo de sí en cada nota, un Slash demencial que confirma sus medallas con solos de antología como el de Double Talkin Jive y un McKagan dueño de una impronta única, son la fórmula de un quinteto que suena sólido y que regala momentos de gran adrenalina como Live and let die. Su trato con la gente es casi nulo, pero eso no los hace descorteces. Hay química.

Otro punto de los altos en la velada porteña será la interpretación de Nightrain, una oda que desata la locura masiva entre los presentes. Las bocinas del tren nocturno anticipan el comienzo del fin. El viernes sonó Don't Cry y el sábado Patience, luego una poderosa versión de The Seeker, tema de The Who, y cierre obligado con viaje a la ciudad del paraíso.

Se esfuma así en el aire, dejando conformes a propios y ajenos, la esencia de aquella banda que, mientras los 80's transcurrían al ritmo de los sintetizadores, pateó el tablero con Apettite for Destruction, un álbum de antología que devolvió al rock la vara de mando y volvió a enamorar a los nostálgicos de los '70.

Quienes asistieron pudieron corroborar que no era un mito sino una realidad legendaria. Los Guns N' Roses existen y están vivos.



viernes, 2 de septiembre de 2016

"Sin rencores, querida", por Joaquín Rodriguez




Ayer volví a escuchar esa canción de Bob Dylan que tanto nos gustaba. En realidad, no entiendo porque, ya que su letra no representaba aquel presente feliz, pero supongo que es una propiedad inherente de la música; esa que logra parecernos maravillosa por más que en ocasiones, no nos identifique ni siquiera un poco. ¿Te acordás como nos gustaba ese tema? Sobre todo la parte aquella que dice "there was music in the cafes at night, and revolution in the air"...qué potencia.

Recuerdo aquellos viajes luego del trabajo, en el colectivo mirando por la ventana de madrugada hasta tu casa, percibiendo una paz imposible de encontrar en otro momento; esas pequeñas travesías que significaban todo para mí y que hoy son excursiones de cacería, en búsqueda de la poesía perdida en una ciudad que se presta a la insanía. Buenos Aires es generosa a veces.

Como una fugaz puñalada, aparecen ante mí aquellos paseos por la urbe nocturna y apocalíptica, tan vacía de ejecutivos y patrullas, y nosotros…¡ja, nosotros! Atreviéndonos a sonreír mientras pateábamos la avenida Callao, alejándonos del Bajo para llegar hasta la terminal de micros donde la luna nos protegía como Jefa de Estado celestial.

No soy lo suficientemente viejo como para perderme en un mar de melancolía, pero admito, querida, que me permito de tanto en cuando algunos momentos para sumergirme de lleno en ella. De ahí que hoy en día la lírica de "Envuelto en tristeza" sea una radiografía certera de las horas que enfrento.

Luego vinieron esas vacaciones de montaña y algo de tranquilidad entre aire límpido y el sonido de los ríos que barrían con las impurezas humanas antes de que nos adentremos en incertidumbres propias de jóvenes soñadores y con tantas delicias por descubrir.

Tras ello, llegó la promesa de volver en cuanto haya alguna ventana en nuestras atareadas vidas y henos aquí, tan cerca y tan lejos, aún esperando esa hendija maldita.

Al regresar comenzaron los conflictos más fuertes que, como ya dije y hoy vistos en perspectiva, no estaban tan mal, porque de un modo u otro seguíamos comunicándonos. Había en ellos un extraño magnetismo.

Claro, hasta la última gota que rebalsó el vaso; entonces, llegó tu partida; tan disruptiva aún para mí, que la creía imposible y me atrevía coquetear con ella, jugando a tirar de la cuerda un tanto más; no comprendiendo que las tensiones no eran parte de un juego de niños sino un eslabón más de una cadena de sinsabores no resueltos y pasados disímiles que, por una razón u otra, en algún momento confluyeron con lógica razón.

Pero bien, yo no soy Dylan y no puedo sentarme a componer una obra maestra movilizado por la angustia de la ausencia. A cambio, ofrezco la pitada de un cigarro, un buen vaso de whisky y una noche de póker con amigos, camuflando toda esa desgracia contenida por aquel viaje improvisado en el que te alejaste para no volver.

Todo eso se fue; tu singular belleza, el gozo ante algún disco compartido, los debates filosóficos para terminar callando nuestras locuras con un beso y tantas otras mieles. Volaron lejos y en mi cabeza sólo quedó el constante repiqueteo de lo que estarás haciendo ahora por vaya a saber dónde.


A veces pienso si obre mal. Otras, en cambio, pongo un álbum y me recuesto. Luego me arrepiento de aquello por un rato, hasta que logro conciliar el sueño y ya en la mañana me siento convencido otra vez. En fin; creo que ahora me acostaré, cerraré los ojos y me encontraré conmigo mismo una vez más. Intentaré conocerme un poco nuevamente, hasta que el sueño me supere y me transporte hasta la salida del sol. Muy en mi interior a veces tengo una certeza, pero en general se pasa pronto. No debí haberte asesinado.










viernes, 5 de agosto de 2016

Diarios, por María Cecilia Speranza


I

Nunca nos despedimos. Es cierto, vos me lo dijiste esa noche que nos encontramos, de "purísima casualidad", en ese bar de la esquina de Honduras. Me miraste de lejos, como para asegurarte de que no fuera yo, exageradamente, sin ningún rastro de timidez, desafiante, inoportuno. Te sostuve la mirada- como nunca antes en ese instante infinito de desconocimiento y provocación- y no te quedó otra más que acercarte a mí. Me dijiste: "¡Qué casualidad encontrarte acá!" -Odiabas la expresión con la que te miraba cada vez que pronunciabas una palabra que yo no uso-. La música al palo, la transpiración del ambiente oscuro y vos, otra vez, gritándome al oído. Es el destino, me dijiste. Debería haberte dicho que estabas equivocado, que era un desencuentro menos en el agotado universo de nuestros desencuentros... pero no lo hice.

II

Esa noche, podríamos haber estado en ese bar triste de tanta alegría o en cualquier otra parte del mundo. En una plaza de la mano o en mi cama abrazándonos. No importaba. Me recordabas el día en que nos conocimos. Yo estaba leyendo un libro mientras tomaba un café. Vos te sentaste en la misma mesa y me preguntaste si podíamos compartir el libro o, en su defecto, el café. Te sonreí por primera vez y vos te reíste cuando te dije en voz baja: alea iacta est -me odie ese segundo-. Me contaste que estabas perdido, que tu laburo era una mierda y que tu secreto era que amabas pintar, que tenías un gato blanco y negro y que odiabas despertarte solo. Yo te conté que también andaba perdida, que me faltaba paciencia y me sobraba insomnio, que el blanco y el negro eran mis colores favoritos y que odiaba pintar. Me diste un beso tímido en la mejilla y me susurraste al oído que no creías en el destino. Me quedé en silencio. Yo tampoco creo, pensé en voz alta. Me miraste aturdido con una pregunta que yo abracé y no respondí nunca. Jamás te había mentido, excepto esa vez. Era la primera vez que no nos despedíamos. Te fuiste apurado, como si el silencio que indica al espectador el fin de la escena, obligara también al personaje a devolverse su máscara.

III

Viernes. Tu gato blanco y negro, con nombre de escritor, dormía en el vacío que habías dejado en la biblioteca. Estabas leyendo a Borges. No era difícil adivinarlo, tu biblioteca estaba ordenada alfabéticamente. Pensé que iba a ser difícil lidiar en tu caos invisible. Sonó el teléfono. Era la segunda vez que no nos despedíamos.

IV

Lunes. Un mensaje de voz espera.

V

Estoy de viaje fumando en un balcón que da a una callecita en una ciudad iluminada. Me escribiste preguntándome si iba a volver. Te conté que había ido a la "Bocca della Veritá" y que podía seguir usando mis dedos para encender un cigarrillo. No prometo, te dije. Aunque estaba de vuelta de algunos de los lugares de lo indecible.

VI

Martes. Primer sueño en meses. Estoy en una terraza. Suena una música que no conozco. Un gato se enreda en mis pies y luego desaparece. Veo una escalera empinada que lleva a otro lugar. Me despierto llorando.

VII

Miércoles. Dormís de costado. Odias verme fumar mientras leo, decís que me voy a otro mundo. Tomás café sólo cuando viajas. Tenés un cajón con chocolates. No te analizas. Abrazas a tu gato cuando nadie te ve. Cuando llegas a tu casa te gusta mirar el cielo por la ventana. Te preguntas cosas que yo nunca me preguntaría.

VIII

Me escribiste en una servilleta de papel una dirección y una fecha donde habría un libro esperándome. Un nene, no más de 6 años, toca con su dedo mi hombro y me regala un dibujo.

 IX

El subte y la gente, los ensayos cotidianos, el sentir que me desvanezco a cada paso, los esfuerzos inútiles por convencerme de que quiero realmente lo que quiero. No necesito hablar más en mi hora de análisis. Ya no soy yo. Tres semáforos en rojo. A veces me detengo en una esquina hasta que logro devolverme mi cuerpo. Qué mierda de todo lo que dije ahí adentro me dolió menos.

X

Jueves. Algo perdí. Las llaves, el atado de puchos, el examen o al gato. Da igual, la angustia es la misma.

XI

Domingo. No puedo salir de la cama. Te escribo: tenés razón nunca nos despedimos. Me devolviste un: yo tampoco.

XII
Martes. Tenías los dedos manchados de tinta la tarde en que llegué al departamento. La tinta borroneada bajo el agua se había quedado impregnada. Llevabas tatuada la libertad coartada de las noches en que el desvelo encierra en una jaula a los escritores de papel. El cristal roto dejaba traspasar una luz aguda y penetrante que alcanzaba a delinear unos trazos en acuarela sobre la pared. Cuando crucé el umbral del pasillo, no advertiste mis pasos, encendiste un cigarrillo y te sentaste en el sillón rojo que habías heredado de tu abuela. Tus ojos reflejaban ese azul grisáceo que antecede a la tormenta. No hablaste. El silencio siempre fue tu lenguaje. El mío, en cambio, sabía sobre la tristeza contenida en tu mirada.
XIII
Tu biblioteca desordenada. Tu búsqueda desesperada de una letra o infinitas que funcionaran de bálsamo o de antídoto contra el caos. El asfixiante descubrimiento de que tu vida cabía en un estante desvencijado. Tu gato blanco y negro duerme sobre la ventana que da a otro mundo. Me hablas sobre la tristeza irreductible.
XIV
Jueves. Unos acordes se fugan, una melodía lejana, apenas reconocible te atrapa. Caminas por París persiguiendo tu sombra, desembocas, algo encantado por el tumulto de gente que canta una melodía inentendible, en una pequeña galería al otro lado del río. Un acordeón. Un pibe ejecuta los primeros acordes de una Buenos Aires distante. El mundo debajo de tu pies se derrumbaba mientras seguís caminando extrañado, extraño, extranjero. Percibís la distancia que te aleja de mi a medida que la melodía se apaga. Me despierto y te abrazo. Me devolvés un abrazo que atesoro como un gesto silencioso de tu presencia.
XV
Lunes. "No hay soledad peor multiplicada que estar solo en una ciudad extraña", me escribís. A pesar del reloj, a pesar de tus palabras y el silencio. "No hay soledad peor multiplicada que el silencio de-a-dos, te respondo. Silencio.
XVI
Lo simple es encontrar las palabras. Lo difícil es ordenarlas y asumirlas. No importaba cuántas veces las repitiera en mi mente, se volvían temibles apenas esbozaba la idea de susurrarlas en tu oído. Nos une este silencio cómplice.
XVII
¿Te acordás la noche que fuimos a bailar tango?, me preguntaste una tardecita en San Telmo. Si, odié esa noche, te respondí. Te reíste y agregaste, que la había odiado porque detestaba pisarte los pies. Me reí. Y luego callé. Tenías razón, esa tarde me sentí descubierta en mi silencio. Esa misma noche también supe sobre tu ausencia y mi cansancio.
XVIII
Preparas la cena. Mientras compartimos la cocina, tu gato con nombre de escritor maulla y se desliza entre tus pies.
XIX
Domingo. Tu ausencia se hace presencia.
XX
Te extraño. No quiero verte.
XXI
Me escribís: quizás, lo simple llegue a destiempo para los que callamos las palabras que tememos.