miércoles, 24 de mayo de 2017

Tras los pasos de Limónov, por Camilo Oliveras







Carrére escribe un libro épico, como esas peleas de box que pasan a la historia porque uno de los peleadores aguantó como nadie y ganó el combate por puntos. Aguante. Tal vez un buen novelista sea eso*

Los héroes de Carrére son extraños: paranoicos, obsesivos, lúcidos, secos, amargos, dotados de una voluntad de hierro y un destino trágico.

El francés mete todo en su monumental Limónov, no se guarda nada. Estudia su personaje, lo desintegra, se mueve, entrevista gente y más gente, luego vuelve a armar el rompecabezas, lo deja reposar, lo destruye. Lo arma otra vez.

Si Dick es el héroe sedentario, Limónov es todo lo contrario. Tiene una fuerza  vital asombrosa.

El recorrido de Limónov es una sombra de la historia de Rusia, de su devenir, de sus arbitrariedades, de sus secuelas y la compleja voluntad popular.

Príncipe y mendigo. Limónov aprovecha cada experiencia y la exprime al máximo. Escritor punk político. Carreré cuenta su vida prodigiosamente.

¿Cuáles son los recursos de Carrére?

Referencias pop para traducir rápido la diferencia cultural con Rusia a un idioma universal, links permanentes entre la vida de Limónov y su propia vida, introducir los libros de Limónov en el libro, y una prosa directa, seca, honesta.

Carrére como un cronista permanente que todo lo registra.

Suspensión de la vida de los personajes para luego retomarlos, dominio del fragmento y la microvida. La salud de lo micro en lo macro.

Carrére es cronista por igual de la vida interior y exterior de su personaje.  












*Aunque Carrére es mucho más que eso. Ya lo demostró en la biografía de Philip K. Dick (“Yo estoy vivo, y ustedes están muertos”)

viernes, 19 de mayo de 2017

Un tesoro local, por Francisco Garamona





                                                                                                                                                                                                    En el torbellino de las mochilas
                                                                                       los ojos de la hormiga no perdonan
                                                                                           
                                                                                 

¿Qué puede cambiar una voz?

Porque escuchaste en la calle a la camioneta llegando con su motor prendido supiste que venían. Pero cuando saliste a recibirlos la camioneta ya estaba estacionada en el frente de la casa, con sus puertas abiertas que aún despedían calor. Ellos cruzaron el país para verte; solo para estar junto a vos. Si fueran el viento, éste habría llegado demasiado tarde, apagando la vela que ondeaba en tu cuarto de estudiante…Pero vos te precipitaste y fuiste bajando los escalones de dos en dos, de tres en tres, saltando de alegría. Llevaban barbas de choclo y hacían como que hablaban un lenguaje corporal que apenas creíste descifrar. ¿Qué puede cambiar una voz? Fue la consigna del festival de literatura al que te habían invitado. Y ahí te respondiste que todo lo podía cambiar salvo al pasado, que era como una máquina detenida en la maleza,  o como una locomotora que surcaba las vías con su luz parpadeante, hurgando en la tierra abierta.

J L C

Era una tarde ausente, ausente de sí misma, ya que si bien todavía era temprano, se estaba haciendo de noche. Pero yo quería otra cosa, decir los nombres de unas chicas que conocí en un viaje a Córdoba, poder hablar de ellas, después de tantos años de no verlas. Pensé en Laura, en Camila y en la pequeña Julia, que tenía una joroba en la espalda que siempre se la frotaban. “Da mucha suerte”, le decían. Y ella los miraba, con unos ojos vacíos que interrogaban la nada. Era una obra de arte abandonada en la playa, cuando íbamos todos a tomar el fresco del río. Julia estaba ahí, entre las rocas, con su malla celeste, y el pelo peinado para atrás, muy tirante, rematado en una cola de caballo. Con las nubes que proyectaban formas simples sobre nosotros. Y las atracciones a las que nos entregábamos. Y el deseo. Y el aburrimiento que.

Murmurando algo

Dije que había inmensos lagos planos en el alma de un niño. Era en metáforas, sí, pero de una guerra interna. Quise decir yo, pero preferí un él, o un nosotros cubierto de corteza. E ir hacia un monte donde la alegría brindara en sucesivos puntos otras coordenadas. Guijarros del amor. Piedras con formas vagamente humanas. Llegás a la simpatía pero sin la pastilla negra que surcó las sagas de un nuevo periodismo nimbado de misterio. Tiempo en que la vaguedad es la única forma posible del encuentro. Hola: anoche encontraron a un bebé adentro de una mochila cubierto con una toalla blanca. Cerca del alba pasamos por ahí raudos en el auto, veníamos de un bar donde la música no nos dejaba conversar. Así que salíamos a cada rato aprovechando para fumar en la vereda. La primera mañana, en que desperté después de una borrachera, miré los postigos cerrados de una pensión. ¿Fue en la calle Italia, no? No sé, pero lo que sí recuerdo eran las luces de unos autos que se perseguían rápido durante el sueño. Me hablabas, pero yo respondí con otras palabras, para decirte cualquier cosa. El indio vive en el poema.











Tomado de “Un tesoro local”, de Francisco Garamona, Ivan Rosado, 2015, Rosario, Argentina.

martes, 18 de abril de 2017

“La tristeza es uno de nuestros derechos”, por Marco Castagna









Visiones de Antonio es un comic genuino, potente, a todo trapo. A lo largo de sus páginas se despliegan, por un lado, las aventuras de Almeja y Antonio (un vagabundo y un chico extraño al que le brotan preguntas extrañas) y por otro lado, la vida en las ciudades, una crónica o retrato crudo de los días en una capital del mundo.

Visiones (Palabras Amarillas, 2015) es un libro río o libro puente porque sus personajes desfilan por su interior como si se tratara de una obra de teatro o una película de cine mudo. Tan solo aparecen o desaparecen, o quedan parpadeando, suspendidos en la memoria del lector, que se queda como detrás de la barrera esperando el tren que pasa. Esos son los momentos en los que Nacho hace magia. Nos hipnotiza en un viaje sin pretensiones, lleno de fantasía y con un ojo abierto en el sueño de tinta que se despliega sobre lo real.

Un baúl lleno de gente. Varias personas habitan en el interior de Nacho, quien parece trabajar sobre el tedio en la ciudad haciendo un tejido fino de sus visiones. Algunos parecen bocetos o dibujos simples. Otros, grandes explosiones, rompecabezas complejos, obsesivos, frescos de una city o de un sueño demasiado vívido. Otros: caricaturas o retratos punks, crudos, de situaciones domésticas que se estiran hasta perder su contorno aparente.

Entre el tango y el rock, los personajes parecen vibrar en esas latitudes musicales. Es un comic urbano, sin dudas, pero en el que sus personajes principales (Antonio y Almeja) se vuelcan al margen de la ciudad para captar las señales o abismar sus vidas en busca de libertad. Hay un corazón puro que dibuja, y un ojo de rapiña que registra voces, luces, estados de ánimo y lo imperceptible de las personas en público que parece estar siempre bajo mil llaves. Nacho levanta la tapa y nos enseña eso que la escuela nunca nos enseñó: no existe una escuela que enseñe a vivir.

Lo que se dibuja son estados de ánimo de una ciudad insomne. Pasan por las páginas del libro: el oficinista, el anónimo depravado, el jugador o el que vive para agradar a los demás. Todos giran en una ruleta rusa macabra. Sin embargo, hay algo que redime a sus personajes, una ternura o una gracia que fluye liviana, ligera como el gato que camina por los techos sin pedir nada a cambio, solo por placer.

Nacho deja al lector de Visiones en un estado de pregunta, le regala una dosis de incertidumbre, un desasosiego. Como el de la persona que despierta a la madrugada y encuentra que la habitación tiene un aspecto levemente diferente.

“La tristeza es uno de nuestros derechos. ¿Por qué nos gustan Romeo y Julieta?”.



jueves, 6 de abril de 2017

"Qué es escribir", por Stephen King



QUÉ ES ESCRIBIR

Telepatía, por supuesto. Pensándolo bien, tiene su gracia: la gente se ha pasado años discutiendo si existe, hay personajes como J.B. Rhine que se han devanado los sesos para crear un procedimiento válido de comprobación que lo aísle, y resulta que siempre ha estado perfectamente a la vista como la carta robada de Poe. Todas las artes dependen de la telepatía en mayor o menor medida, pero opino que la literatura ofrece su destilación más pura. Es posible que esté predispuesto a su favor, pero no importa: quedémonos con la escritura, ya que es de lo que hemos venido a pensar y hablar.

Me llamo Stephen King, y escribo el primer borrador de este texto en mi mesa de trabajo (la que está puesta donde baja el techo) una mañana de nieve de diciembre de 1997. Tengo varias cosas en la cabeza. Algunas son preocupaciones (problemas de vista, no haber empezado las compras de Navidad, que mi mujer haya salido de casa con un virus); otras, en cambio, son agradables (nuestro hijo menor nos ha hecho una visita desde la universidad, y en un concierto de los Wallflowers subí a tocar con ellos el Brand New Cadillac de los Clash), pero ahora mismo tiene prioridad el papeleo. Estoy en otra parte, en un sótano con mucha luz e imágenes claras. Me ha costado muchos años construírmelo. Domina una gran perspectiva. Ya sé que no cuadra mucho con que sea un sótano, que es un poco raro y contradictorio, pero yo funciono así. Otro construirá su atalaya en la copa de un árbol, o en el tejado del World Trade Center, o al borde del Gran Cañón. Allá cada cual con sus preferencias.

La publicación de este libro* está prevista para finales de verano o principios de otoño de 2000. De confirmarse el dato, tú, lector, estarás a cierta distancia cronológica de mí… pero es muy probable que estés en tu propia atalaya, donde recibes los mensajes telepáticos. No es que sea necesario, ¿eh? Los libros son la magia más portátil que existe. Yo suelo escuchar uno en el coche (siempre en versión completa, porque las lecturas de textos abreviados me parecen el colmo), y en general nunca salgo sin un libro. Nunca se sabe cuándo apetecerá tener una válvula de escape: colas kilométricas en los peajes, las salas de embarque de los aeropuertos, las lavanderías automáticas en tardes de lluvia, o lo peor de todo: la consulta del médico cuando se retrasa y tienes que esperar media hora para que te torturen una parte sensible del cuerpo. En ocasiones así me parecen indispensables los libros. Si resulta que tengo que pasar una temporada en el purgatorio antes de que manden arriba o abajo, preveo que mientras haya biblioteca no me quejaré. (Seguro que si hay una estará llena de novelas de Danielle Steel y libros de cocina: ja ja, va por ti, Steve.)

O sea, que leo siempre que puedo, pero tengo un lugar de lectura favorito, y seguro que tú también: un sitio con buena luz y mejor ambiente. El mío es el sillón azul de mi estudio. Tú quizá prefieras el sofá, la mecedora de la cocina o la cama: leer en la cama puede ser paradisíaco, a condición de tener la página bien iluminada y no ser propenso a tirar el café o el coñac en las sábanas.

Supongamos, por lo tanto, que estás en tu lugar de recepción favorito, igual que yo en el mío de transmisión. Nuestro ejercicio de comunicación mental tendrá que realizarse en el tiempo, además de en la distancia; pero bueno, no pasa nada: si todavía podemos leer a Dickens, Shakespeare y (con la mediación de algunas notas) Heródoto, la distancia entre 1997 y 2000 no parece insalvable. ¿Listo? Pues adelante con la telepatía. Te habrás fijado en que no tengo nada en las mangas, y en que no muevo los labios. Es muy probable que tú tampoco.

Fíjate en esta mesa tapada con una tela roja. Encima hay una jaula del tamaño de una pecera. Contiene un conejo blanco con la nariz rosa y los bordes de los ojos del mismo color. El conejo tiene un trozo de zanahoria en las patas delanteras y mastica con fruición. Lleva dibujado en el lomo un ocho perfectamente legible en tinta azul.

¿Estamos viendo lo mismo? Para estar seguros del todo tendríamos que reunirnos y comparar nuestros apuntes, pero yo creo que sí. Claro que es inevitable que haya ciertas variaciones: algunos receptores verán una tela granate, y otros más viva. (Los receptores daltónicos la verán gris ceniza.) Puede que algunos vean adornos en el borde de la tela. Las almas decorativas habrán añadido un poco de encaje, y son muy libres de hacerlo. Mi mantel es suyo.

Siguiendo el mismo principio, el tema de la jaula deja mucho espacio a la interpretación individual. Para empezar, ha sido descrita mediante una “comparación imprecisa”, que sólo será operativa si vemos el mundo y medimos las cosas con criterios similares. Cuando se hacen comparaciones imprecisas es fácil caer en el descuido, pero la alternativa es una atención repipi al detalle que quita toda la diversión al acto de escribir. ¿Qué tendría que haber dicho? ¿Qué “encima hay una jaula de un metro de profundidad, sesenta centímetros de anchura y treinta y cinco centímetros de altura”? Más que prosa sería un manual de instrucciones. El párrafo tampoco especifica el material de la jaula. ¿Alambre? ¿Barras de acero? ¿Cristal? ¿Tiene alguna importancia?  Todos entendemos que la jaula es un objeto que permite ver su contenido. Lo demás nos es indiferente. De hecho, lo más interesante ni siquiera es el conejo que come zanahoria, sino el número del lomo. No es un seis, un cuatro ni un diecinueve coma cinco. Es un ocho. Es el foco de atracción, y lo vemos los dos. Ni yo lo he dicho ni tú me lo has preguntado. Yo no he abierto mi boca, ni tú la tuya. Ni siquiera coincidimos en el año, y no digamos en la habitación. Y sin embargo estamos juntos. Muy cerca.

Se han tocado nuestras mentes.

Yo te he enviado una mesa con una tela roja, una jaula, un conejo y el número ocho en tinta azul. Tú lo has recibido todo, y en primer lugar el ocho azul. Hemos protagonizado un acto de telepatía. Telepatía de verdad, ¿eh? Sin chorraditas místicas. No pienso ahondar en lo expuesto, pero antes de seguir deseo hacer una puntualización: no es que me haga el listo, es que hay algo que exponer.

El acto de escribir puede abordarse con nerviosismo, entusiasmo, esperanza y hasta  desesperación (cuando intuyes que no podrás poner por escrito todo lo que tienes en la cabeza y el corazón). Se puede encarar la página en blanco apretando los puños y entornando los ojos, con ganas de repartir ostias y poner nombres y apellidos, o porque quieres que se case contigo una chica, o por ganas de cambiar el mundo. Todo es lícito mientras no se tome a la ligera. Repito: no hay que abordar la página en blanco a la ligera.

No te pido que lo hagas con reverencia, ni sin sentido crítico. Tampoco pretendo que haya que ser políticamente correcto o dejar aparcado el humor (¡ojalá tengas!). No es ningún concurso de popularidad, ni las olimpiadas de la moral; tampoco es ninguna iglesia, pero joder, se trata de escribir, no de lavar el coche o ponerse rímel. Si eras capaz de tomártelo en serio, hablaremos. Si no puedes, o no quieres, cierra el libro y dedícate a otra cosa.

A lavar el coche, por ejemplo.







* “Mientras escribo”, Stephen King, Plaza & Janés.










lunes, 20 de marzo de 2017

Villa Bosch, por Marco Castagna







Cerca de los médanos, en la playa


pensamientos en blanco
y pensamientos en blanco y negro
y pensamientos en color
y luces de autos
que giran
sin luces
y luciérnagas 
escondidas
y una radio 
adormecida
en la boca de un viejo
en un hospital 
con la bata deshilachada
y una canción de amor
todavía no escrita
pero que empezó a escribirse
en las manos de un ciego
que ama a una chica
al otro lado de la calle
y yo amo a una chica
a la que le cuido la casa
y duermo en su cama
sola
y la pienso
y la extraño
de noche
y la luna
ahora 
es
transparente y plateada
como la otra 
la otra luna
la que ahora ve esa chica
desde una ventana
cerca de los médanos
en la playa





Envase retornable


tengo en mis manos un envase retornable
lo llevo por las calles
de tu barrio
de noche
y en la esquina
los semáforos parpadean
detenidos en el amarillo
y entre la tierra
y el asfalto
veo una ventana
abierta
de la que sobresale
una chica
atravesada
por una luz mortecina
y ahí me quedo
entonces
con el envase retornable
todavía 
en las manos
esperando
mientras el tren
pasa
y electrifica
la ciudad
por un instante.





Dejaste el desierto


Dejaste el desierto
atravesaste la ciudad
y en la pendiente
de un terreno oscuro
te detuviste entre los árboles
simulando ser un árbol
en la fila de árboles
cerca del fantasma
de Pound
y quizás lo hubieses logrado
de no haber sido
por unos pájaros negros
que picotearon tu cabeza
con particular desconfianza
como si vinieran
desde muy lejos
para
negar algo.



lunes, 13 de marzo de 2017

Olavarria, entre la multitud y la solidaridad, por Joaquìn Rodrìguez









La improvisada maquinaria que sigue a Carlos Solari se activa cuando los rumores de un próximo concierto comienzan a penetrar en las redes sociales. Es entonces cuando se pone en marcha la construcción de un hecho inédito. El aggiornamiento del viejo y clásico "boca en boca" es exprimido a mansalva por las bandas independientes y sus seguidores a través de la mediación de internet. La previa de Olavarría no fue la excepción y desde hace meses comenzaron los preparativos de las tribus ricoteras para la odisea que devino en tragedia. 

Como en ocasiones anteriores, asistí al concierto. Fui junto a una amiga y a un grupo de personas con el que alquilamos dos micros. Llegamos a la ciudad bonaerense cerca de las 9 de la mañana del sábado bajo una lluvia copiosa que amenazaba con continuar durante toda la jornada. A partir de allí, y pese a las inclemencias climáticas, hasta los incidentes por todos conocidos, los hechos se sucedieron con normalidad: asados en cada esquina, música a mansalva y botellas de fernet que se intercambiaban sin discriminación. Así es siempre; en los recitales del Indio se manejan una serie de códigos que no están escritos pero que funcionan como evangelio para todos los asistentes. El extrañamiento queda supeditado a una camaradería sostenida por el culto a una banda de rock que funciona como nexo.

Mi grupo se puso en marcha cerca de las 20 horas. Caminamos las decenas de cuadras que separaban el camping del predio "La Colmena" a la par de miles de personas. Desde el inicio se percibió una muchedumbre inédita, incluso para quienes ya estamos acostumbrados a estos recitales, cada uno más convocante que el anterior. Al llegar, ingresamos todos. Con o sin entrada. Hacer un juicio de valor sobre esta cuestión puede ser irresponsable, ya que nadie sabe a ciencia exacta qué hubiera sucedido si en la puerta no hubieran dejado entrar a la multitud que no llevaba ticket. 

El espectáculo comenzó a las 22 al ritmo de "Barbazul versus el amor letal", canción que Solari había suspendido en su último concierto en represalia por un zapatillazo que recibió sobre el escenario. La lista comenzaba a fluir hasta que en el cuarto tema el aire mutó a espeso. Las luces del escenario se encendieron mientras el Indio pedía asistencia. Según dijo, no entendía qué sucedía adelante. Mucho menos entendíamos nosotros, que estábamos sumergidos en una multitud cercana a las 300 mil personas y a una distancia inmensa de la escena. 

Posterior a eso, nada volvió a ser como antes. La conexión entre la banda y el público se volvió más distante e indirecta. Cada destello de calor era fulminado por un intervalo frío calado de incertidumbre que no permitía comprender si se trataba de un tumulto más o de algo grave. El cantante estaba visiblemente ofuscado. Algunos jóvenes tomaron posición en las cimas de las torres de sonido levantando abucheos e insultos. Vale destacar que por cada uno de ellos había una verdadera muchedumbre interpelándolos para que depongan su actitud. En general, los vándalos son minoría, pero los hechos, aún no consumados del todo, bastaron para que el ex Patricio Rey dijera que "ya no tiene ganas de seguir con esto".

En el último tramo del show y pese a los parates, el recital fue lo más parecido a lo que debía ser. Solari se dedicó a lo musical pese a que la situación ya estaba viciada. Además, pidió colaborar con Abuelas de Plaza de Mayo y llamó a reflexionar sobre la baja en la edad de imputabilidad, mientras intercalaba temas propios con clásicos de los Redondos buscando una continuidad que resultó endeble. El cierre obligado fue "Jijiji" que fue sucedida por "Mi Perro dinamita" generando un inédito tándem. 

Aquí comenzó la segunda y más ríspida situación de la jornada: la salida del predioUna verdadera marea humana comenzó a pujar hacia accesos que nadie sabía si existían. No había manera de avanzar hacia donde uno quería ir ya que la masa movilizaba a las personas. Las columnas chocaban contra las paredes o vallados; la irreverencia de algunos, que alcanzaron las copas de los árboles, sirvió para que desde allí guiaran a la multitud que lograba salir a las calles. Afuera, los techos de la casas eran invadidos por trepadores que intentaban huir de una asfixia creciente en una escena dantesca.

Fue entonces cuando volvió a aflorar aquella solidaridad plasmada en pequeños gestos: vecinos con las puertas abiertas resisitiendo la intrusión masiva pero dando prioridad a embarazadas y repartiendo agua; dirigiendo a los grupos desde las terrazas. La multitud protegiendo el cuidado de los niños mientras se armaban grupos improvisados para no perderse, organizando la vuelta a los vehículos. Lo humano prevaleciendo sobre lo mecánico. Tras una hora de ajetreo pudimos salir del embrollo hacia calles laterales donde los transeúntes se movilizaban con mayor libertad y, luego de arrastrar los pies por decenas de cuadras, logramos llegar a nuestro micro. Después vendría una espera de dos horas sobre la ruta mientras deglutíamos con esfuerzo las primeras informaciones de lo que había ocurrido.

Serán pocos quienes destaquen el lado B de una situación tan trágica. Aquellos que rescaten una solidaridad que si existió y que, de algún modo, sirvió como un paliativo a la ausencia municipal (los agentes estatales brillaron por su ausencia) y a una organización sobrepasada. Lo bueno, lo malo, lo ocurrido y lo que vendrá, pertenecen a un fenómeno que adquirió una dinámica propia y que ni siquiera su mentor sabe cómo detener. Quizás haya sido la última y multitudinaria "misa". También la más trágica, y con eso basta para repensar todos los esquemas.



*Tomado de Ambito.com  (13.3.2017)

sábado, 4 de marzo de 2017

Conspiración en el infierno, por Joaquín Rodriguez






Francois desenfundó su arma con un movimiento súbito y disparó dos veces contra el alemán. Los tronidos fueron acallados por el silenciador mientras el cuerpo del soldado caía justo debajo de mis pies. Sus ojos azules me miraron desde el suelo amagando con no apagarse nunca. Nos pusimos en marcha los cuatro, no sin antes cerrar la puerta para que no vieran el cadáver. Surcamos el pasillo en dirección a la locomotora para escapar por el costado que daba a la vía. La estación estaba colmada de tropas. Al llegar al primer vagón, nos topamos con el otro SS que registraba el pasaje. Esta vez fue Armand quien jaló el gatillo propinándole un certero disparo en la cara. El germano logró emitir un quejido, lo que hizo que algunos pasajeros comenzaran a asomarse. Corrimos hasta topar con el maquinista, quien, advertido por nuestro escape, nos saludó con un puño en alto.

Enfundamos las armas justo cuando llegábamos a una gran avenida empedrada. Nos separamos en grupos de a dos que caminaban con una cierta distancia para no despertar la atención de las patrullas. El panorama era tétrico: esvásticas colgando de cada edificio, alambradas de púa por todos lados y estrellas de David pintadas en los maltrechos almacenes. Dos calles abajo nos aguardaba nuestro contacto, Emma. Esperaba parada junto a un viejo farol, en una esquina. Llevaba consigo un pequeño carro para las compras, un vestido negro de verano y una boina que usaba de costado y debajo de la cual caían sus cabellos rojizos agitados con nerviosismo. Intercambiamos una mirada inquieta, asegurándonos de que estábamos conectando con la persona indicada. Su figura comenzó a perderse entre los transeúntes y por el rabillo de su ojo se aseguraba que la siguiéramos. Todos íbamos tras ella con menor o mayor apuro.

Vimos con horror como un grupo de soldados se llevaba en un automóvil a un joven con su padre. Allí sentimos un miedo que pareció no perturbar a nuestra guía, quien continuaba firme su marcha por las grisáceas planicies. Tras trescientos metros a pie, se sumergió en un pequeño y pestilente callejón, donde ingresó por una puerta oxidada. Entramos todos. Era un bar de mala muerte. Había marinos locales, gamberros y prostitutas que bebían escapando de las garras alemanas. Surcamos el salón tras Emma, que se zambulló en una oscura escalera. Bajamos y dimos con un sótano inmenso. Casi chocamos contra una gran mesa de madera sobre la que reposaba un mapa de la región lleno de marcas y cruces hechas a mano. Tres hombres lo contemplaban con atención. Contra la pared había una pila de fusiles que se amontonaba desprolijamente junto a un equipo de comunicación y algunos cascos enemigos apilados junto a una repisa. Reconocí la cara de Igor, un viejo yugoslavo que estaba junto a nosotros desde que el movimiento se inició. Me lanzó una sonrisa brillante.

- Bienvenidos. Somos ángeles conspirando en medio del infierno- nos recibió...


(Continuará...)