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sábado, 4 de marzo de 2017

Conspiración en el infierno, por Joaquín Rodriguez






Francois desenfundó su arma con un movimiento súbito y disparó dos veces contra el alemán. Los tronidos fueron acallados por el silenciador mientras el cuerpo del soldado caía justo debajo de mis pies. Sus ojos azules me miraron desde el suelo amagando con no apagarse nunca. Nos pusimos en marcha los cuatro, no sin antes cerrar la puerta para que no vieran el cadáver. Surcamos el pasillo en dirección a la locomotora para escapar por el costado que daba a la vía. La estación estaba colmada de tropas. Al llegar al primer vagón, nos topamos con el otro SS que registraba el pasaje. Esta vez fue Armand quien jaló el gatillo propinándole un certero disparo en la cara. El germano logró emitir un quejido, lo que hizo que algunos pasajeros comenzaran a asomarse. Corrimos hasta topar con el maquinista, quien, advertido por nuestro escape, nos saludó con un puño en alto.

Enfundamos las armas justo cuando llegábamos a una gran avenida empedrada. Nos separamos en grupos de a dos que caminaban con una cierta distancia para no despertar la atención de las patrullas. El panorama era tétrico: esvásticas colgando de cada edificio, alambradas de púa por todos lados y estrellas de David pintadas en los maltrechos almacenes. Dos calles abajo nos aguardaba nuestro contacto, Emma. Esperaba parada junto a un viejo farol, en una esquina. Llevaba consigo un pequeño carro para las compras, un vestido negro de verano y una boina que usaba de costado y debajo de la cual caían sus cabellos rojizos agitados con nerviosismo. Intercambiamos una mirada inquieta, asegurándonos de que estábamos conectando con la persona indicada. Su figura comenzó a perderse entre los transeúntes y por el rabillo de su ojo se aseguraba que la siguiéramos. Todos íbamos tras ella con menor o mayor apuro.

Vimos con horror como un grupo de soldados se llevaba en un automóvil a un joven con su padre. Allí sentimos un miedo que pareció no perturbar a nuestra guía, quien continuaba firme su marcha por las grisáceas planicies. Tras trescientos metros a pie, se sumergió en un pequeño y pestilente callejón, donde ingresó por una puerta oxidada. Entramos todos. Era un bar de mala muerte. Había marinos locales, gamberros y prostitutas que bebían escapando de las garras alemanas. Surcamos el salón tras Emma, que se zambulló en una oscura escalera. Bajamos y dimos con un sótano inmenso. Casi chocamos contra una gran mesa de madera sobre la que reposaba un mapa de la región lleno de marcas y cruces hechas a mano. Tres hombres lo contemplaban con atención. Contra la pared había una pila de fusiles que se amontonaba desprolijamente junto a un equipo de comunicación y algunos cascos enemigos apilados junto a una repisa. Reconocí la cara de Igor, un viejo yugoslavo que estaba junto a nosotros desde que el movimiento se inició. Me lanzó una sonrisa brillante.

- Bienvenidos. Somos ángeles conspirando en medio del infierno- nos recibió...


(Continuará...)


lunes, 20 de febrero de 2017

Contacto en Burdeos, por Joaquín Rodriguez









Era de mañana y el tren atravesaba con prisa la campiña. A su paso quedaban densas columnas de humo negro que corrompían el fino aire francés. Por la ventana podía ver las pequeñas granjas distribuidas a lo largo de los prados que llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Algunos gomeros extendían sus ramas casi por sobre las vías y los vagones lanzaban un extraño chirrido cuando rozaban con ellas. Había vacas, viñedos y pequeñas poblaciones que, como un oasis desértico, aparecían con sus casas de ladrillos vigiladas con recelo por los campanarios locales.
La mayor parte del viaje la hice en soledad. Apenas tuve un compañero de compartimiento durante un corto trayecto. Se trataba de un muchachito de ojos negros y profundos con una gorra calada y un chaleco marrón. Abordó el convoy conmigo en París y fue muy cuidadoso en detallarme sus asuntos. De todos modos y pese al misterio que lo rodeaba, su sonrisa era agradable y sus formas amenas. Traía consigo una botella de vino de la que me convidó. Tenía un sabor familiar y delicioso, como de madera robusta. El viajero me contó que un tío suyo se encargaba de la producción de esa bebida. Brindamos por la salud de una Francia libre y yo me dormí profundamente por el lapso de treinta minutos.

Cuando desperté, mi acompañante ya no estaba y el sol se posaba imponente sobre las márgenes occidentales de la pradera. Nos acercábamos a Burdeos. Sentí el corazón palpitando fuerte. Tomé aquella vieja hoja de papel acuñándolo como un tesoro. Respiré profundo y el pulso empezó a fallarme. El papel cayó al piso y con él mis ánimos. Me arrojé desesperado golpeando levemente mi cabeza contra el asiento de enfrente. Guardé la hoja y me juré pensar con tranquilidad. En el horizonte ya se vislumbraban los edificios públicos de la ciudad .

Cuando el ferrocarril se adentró en el andén sentí un terror tan profundo como pocas veces había experimentado. Fue aquel que me invadió cuando sus aviones pasaban por sobre nuestras cabezas en la capital. Ese horror que me despertaban las alarmas sonando incesantemente mientras los regimientos marchaban por los boulevares cargando sus cañones y buscando un ángulo de tiro para dar con las bestias de acero que lanzaban su vómito de fuego. Los gritos de desesperación, el llanto ahogado y las mujeres rezongando frente a la catástrofe total; todo eso apareció frente a mí cuando tren detuvo su marcha.

Tenía el aliento cansino y las manos empapadas en sudor. Abrí con una prisa inusitada la puerta de mi compartimiento y vi a Pierre que cruzaba el pequeño pasillo con ojos perdidos. Su rostro estaba poseído por una incertidumbre que me atormentó. Detrás de él marchaban Francois, Armand y Charles. Este último tenía la mirada centellante y marchaba con una seguridad formidable que transmitió paz a nuestro endeble cuarteto. Miró directo hacia donde estaba yo y dibujó un cálida sonrisa en la que me sentí refugiado. Todos nos encerramos en un comportamiento y nos sentamos de manera enfrentada. Dos de ellos subieron y podíamos verlos desfilando por los pasillos con sus cascos verdes y sus uniformes grises e impecables pegados al cuerpo. Encendimos cigarrillos para calmar las ansias.

Uno de ellos apareció detrás de nuestra puerta. Su mano golpeó el vidrio. Francois nos miró a todos y desenfundó su pistola. Nosotros lo imitamos. Un leve chasquido sonó y la puerta se abrió de par en par. La lúcida cara alemana de nuestro visitante ocultaba dos ojos azules que se clavaron en en nuestros rostros…



(Continuará...)

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Sueño de Dédalo. Arquitecto y aviador, por Antonio Tabucchi






Una noche de hace miles de años, no es posible calcular con exactitud el tiempo, Dédalo, arquitecto y aviador, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en las entrañas de un palacio inmenso, recorriendo un pasillo. El pasillo desembocaba en otro pasillo y Dédalo, fatigado y confuso, lo recorría apoyándose en las paredes. Cuando hubo recorrido el pasillo desembocó en una pequeña sala octagonal, de la que partían ocho corredores. Dédalo comenzó a sentir una gran ansiedad, un deseo de aire puro. Enfiló un corredor, pero éste terminaba contra una pared. Tomó otro, y también éste terminaba contra una pared. Por siete veces lo intentó Dédalo, hasta que, a la octava, enfiló un corredor larguísimo que después de una serie de curvas y de ángulos desembocó en otro corredor. Dédalo entonces se sentó sobre un escalón de mármol y se puso a reflexionar. Sobre las paredes del corredor había antorchas encendidas que iluminaban los frescos azules de aves y de flores.

Sólo yo puedo saber cómo salir de aquí, se dijo Dédalo, y no lo recuerdo. Se quitó las sandalias y comenzó a caminar descalzo sobre el piso de mármol verde. Para consolarse, se puso a cantar una antigua canción de cuna que había aprendido de una vieja criada que lo había arrullado en la infancia. Las arcadas del largo corredor le restituían su voz repetida diez veces.

Solo yo puedo saber cómo salir de aquí, se dijo Dédalo, y no lo recuerdo.

En aquel momento desembocó en una amplia sala circular, pintada con paisajes absurdos. Recordaba aquella sala, pero no recordaba por qué la recordaba.

Había asientos forrados de paños lujosos y, en medio de la estancia, un amplio lecho. Sobre el borde del lecho estaba sentado un hombre esbelto, de ágiles y juveniles rasgos. Y aquel hombre tenía una cabeza de toro. Sostenía la cabeza entre las manos, sollozaba. Dédalo se le acercó y le puso una mano en el hombro. ¿Por qué lloras?, le preguntó. El hombre levantó la cabeza de entre las manos y le miró con sus ojos de bestia. Lloro porque estoy enamorado de la luna, dijo, la he visto una sola vez, cuando era niño y me asomaba por una ventana, pero no puedo alcanzarla porque estoy prisionero en este palacio. Me contentaría con tenderme sobre un prado, durante la noche, y dejar que sus rayos me besaran. Pero soy prisionero en este palacio, desde mi infancia lo soy. Y volvió a llorar.

Entonces Dédalo sintió una gran zozobra, el corazón le batía en el pecho fuertemente. Yo te ayudaré a salir de aquí, dijo. El minotauro levantó la cabeza y lo miró fijamente con sus ojos bovinos. En esta estancia hay dos puertas, dijo, y como custodia en cada puerta hay dos guardianes. Una puerta conduce a la libertad y la otra conduce a la muerte. Uno de los guardianes dice sólo la verdad, y el otro dice sólo la mentira. Pero yo no sé cuál es el guardián que dice lo verdadero y cuál es el guardián que miente, ni cuál es la puerta de la libertad y cuál la puerta de la muerte.

Sígueme, dijo Dédalo, ven conmigo. Se acercó a uno de los guardianes y le preguntó: ¿cuál es la puerta que según tu colega conduce a la libertad? Y luego cambió de puerta. En efecto, si hubiese interrogado al guardían mentiroso, este hombre, cambiando la indicación verdadera del colega, le habría indicado la puerta del patíbulo; si, en cambio, hubiese interrogado al guardián verdadero, este hombre, dándole sin modificarla la indicación falsa del colega, le habría indicado la puerta de la muerte.

Atravesaron la puerta de la libertad y recorrieron de nuevo un largo corredor. El corredor ascendía y desembocaba en un jardín colgante, desde el cual se dominaban las luces de una ciudad ignota. Ahora Dédalo recordaba, y era feliz al recordar. Bajo los zarzales había escondidas plumas y cera. Lo había hecho para sí, para huir de aquel palacio. Con aquellas plumas y aquella cera construyó hábilmente un par de alas y las sujetó a las espaldas del minotauro. Después lo condujo al borde del jardín colgante y le habló.

-La noche es larga, dijo, la luna muestra su cara y te espera, puedes volar hasta ella.

El minotauro se volteó y lo miró con sus apacibles ojos de bestia.

-Gracias, dijo.

-Ve, dijo Dédalo, y le empujó.

Durante un buen rato quedó contemplando al minotauro alejándose con amplias brazadas en la noche, volando hacia la luna. Volaba, volaba.
























Tomado de: Sogni di sogni, Sellerio, Palermo, 1993. 

viernes, 16 de diciembre de 2016

Guerrin, por Dylan Flores




todo se lo chupa el tiempo. el olvido es una excavadora oscura. si nos deja en la cancha, es solo para recorrer el césped descalzos ¿viste la tapa de sargent pepper´s? bueno, un césped así de verde. y con todos nuestros fantasmas de orquesta del tiempo. marianito....sí, ahora lo recuerdo con nitidez. es como si lo viera a través de unas nubes de campo en un día de verano. sufría como un viejo enamorado de una nena de quince. me daba miedo verlo sufrir así, alguien tan chiquito. con la cabeza al viento, una cabeza grande como un globo y sin saber qué hacer con tanto dolor, bandeándose de un lado al otro por un caminito de piedras. estuvo esperando a los padres que regresaran de la luna, o al hermano, no me acuerdo. pero estuvo esperando mucho tiempo, y como no llegaban se fue antes. ni siquiera toco la puerta, toc toc, para avisarle a su tía que vivía con él. simplemente se fue, plop, puf, adiós y sean amables. no dejó una nota, una palabra, nada. porque así desaparece un auténtico mago. está es la historia de marianito.... Cuando quise acordar, un mozo me había tocado el hombro con cuidado para no despertarme de golpe, pero todas las luces del lugar, salvo las del mostrador, permanecían apagadas. Saqué un manojo de billetes y pagué. Así pagan los borrachos me había dicho un tachero una vez, sacan un manojo de billetes y te dan para que te cobres. Salí afuera y caminé entre las luces de la calle Corrientes. Antes de extender la mano para llamar un taxi, me quedé mirando las nubes deshilachadas entre los edificios y pensé en Marianito. Supe que existía en algún lugar. Y tuve ganas de gritar, de implorar, de pedir algo pero no supe qué. 































lunes, 12 de diciembre de 2016

Mi noche con Robert, por Joaquín Rodriguez






Aquella noche Robert llegó al taller de mi padre con una agitación inusual. Yo estaba comenzando una partida de póquer cuando lo vi. Tenía los ojos crispados, la respiración pesada y el rostro negro empapado de sudor. Le ofrecí un trago, pero sus asuntos parecían urgentes y no tardó en introducirme en ellos. Salimos del sitio y conversamos durante un rato frente a los porches de las casas apenas iluminados. Él tenía sumo recato y hablaba en voz baja; no me explicó en profundidad el motivo de su visita pero me juró que era importante y que debía seguirlo. La verdad es que no lo pensé demasiado, ya que el juego me estaba aburriendo y nunca se la pasaba mal con Robert.

Volví adentro, tomé un abrigo y mientras mi primo repartía fichas y cartas de diversos colores, le advertí de mi partida. Nos marchamos al trote calle abajo, cruzando el pueblo de lado a lado. Atrás quedaban los descampados, las plazas y las tiendas. Enseguida estábamos perdidos entre los pastizales que se asomaban hasta donde la vista alcanzaba. Había girasoles, algodón y, sobretodo, maíz. Fueron unos veinte minutos sin descanso hasta un cruce de caminos donde Robert frenó abruptamente. Llevaba consigo su guitarra. Los dos nos recostamos bajo un viejo sauce con largas ramas que caían sobre la carretera. Mi amigo empezó a tocar bellos sonidos que se perdieron en la inmensidad de la noche. Saqué un cigarro y le convidé otro. En el cielo se desparramaban miles de estrellas que titilaban incesantemente. Mientras las caricias sobre las cuerdas resonaban en las granjas aledañas, la luna bañaba elegantemente las praderas en las que croaban las ranas.

Conversamos animadamente pero Robert siempre evitaba contarme el motivo de nuestra presencia allí. Finalmente consideré una tarea obsoleta continuar con la indagatoria. Luego sacó una botella de whisky del estuche y bebimos hasta entrar en un sueño profundo. De repente, los ronquidos fueron interrumpidos por un tronido espeluznante. Despertamos y miramos hacia el oeste, donde cientos de rayos caían en el horizonte como una lluvia de meteoritos apocalíptica. Un leve fulgor blanco cubría las planicies occidentales. El fin del mundo parecía estar allí mismo. El páramo se sumergió en un silencio sepulcral. Nos sentimos observados por mil ojos. Súbitamente una voz siniestra resonó a nuestras espaldas. Volteamos de un salto y dimos con él. Era Wilson, un muchacho de unos 30 años, de tez blanca y pelo rubio que trabajaba de granjero en el pueblo, uno de los pocos a los que nunca se lo veía en la iglesia.. Nos tendió la mano. Robert se acercó animado y lo saludó. Yo atiné a hacerle un gesto leve con la cabeza, todavía con el pulso tembloroso.

- Buenas noches, caballeros- dijo con una elegancia singular. Se acercó hasta la guitarra y la examinó con sumo cuidado. Tras la observación se la dio a mi colega como invitándolo a tocar. Robert respiró profundo y volvió a disparar sus melodías ante la aprobación del visitante que acompañaba el ritmo con su pie derecho. Contemplé la situación confundido, aún preguntándome si no estaríamos inmersos en una especie de pesadilla inducida por los vahos de ese licor impuro que absorbimos a una velocidad asombrosa. Encendí otro tabaco.

- Suficiente. Esto está hecho. Gracias por el encuentro y será hasta pronto- dijo nuestro inesperado interlocutor.

Su pequeña figura comenzó a perderse entre los matorrales y a lo lejos sonó el mismo tronido que hace unos instantes. Lo miré a Robert pidiéndole explicaciones por todo lo que acababa de suceder. No fueron más de cinco minutos de locura. Una sucesión de extrañas sensaciones me acecharon. Horror, curiosidad y asombro eran las tres principales. Mi amigo rió dejando entrever su sonrisa blanca y luminosa. Caminamos de regreso a nuestros hogares sin cruzar palabra. La borrachera había pasado tan pronto como escuché aquel sonido enfermizo que nos quitó el sueño. Llegamos a la casa de Robert y el apenas me saludo. Entró al hogar y cerró la puerta suavemente, como si yo nunca hubiera estado allí. 

Wilson no apareció más por el lugar. Tampoco mi compañero. Una mañana de invierno, mientras recogía leña para el aserradero, recibí una postal con su firma. En ella se lo veía sentado en un pequeño taburete dentro de un bar colmado de gente que lo aplaudía a rabiar. Su mueca era hermosa, tanto como pocas veces la había visto aunque sentí su mirada extraña, como perdida. Contemplé la foto por un rato y empecé a notarla incómoda. La guardé en un pequeño cajón junto a la cama y nunca más la volví a mirar. 


A veces regreso a aquel cruce de caminos con una botella de bourbon y me embriago hasta quedar dormido. Cuando despierto, todavía puedo escuchar la guitarra de Robert susurrando sus penas entre los maizales. Su voz aguardentosa me despierta en las noches pidiendo que me sume a una nueva aventura, por lo menos hasta que aquel pequeño granjero vuelva.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Preguntas, por Francisco J. Lemark


¿puede la literatura cambiar el mundo?

¿habrá un universo paralelo al nuestro?

¿cuál es el limite para las cosas que se muestran en televisión?

¿existe algo después de la muerte?

¿cómo estas?

¿somos autodestructivos por naturaleza?

¿qué es el cielo?

¿por qué algo está bien o está mal?

¿ por qué las tradiciones familiares son muy importantes?

¿ todos los humanos tienen sentimientos?

¿ por qué no somos eternos?

¿ por qué un día tiene tan pocas horas?

domingo, 27 de noviembre de 2016

Un pueblo alejado de todos nosotros, por Conrado Markert







Cuando deletreo mi apellido, recién ahí, me entienden. Es raro, ya lo sé, pero es lo que supongo entendió aquella persona que anotó a mi bisabuelo al llegar al país. No sé ni cuando, ni cómo, ni porqué vino. Supongo que fue por lo que todos vinieron.

Cuando mi papá tenía dieciséis años, su padre, mi abuelo, falleció. Nunca lo conocí. Por eso mi lejanía… mi abuelo y, más, mi bisabuelo siempre me rondan por la cabeza. Sigo sin saber quiénes eran, porqué llevo el mismo apellido que ellos, porqué sostengo esta bandera que en la vida muchos consideramos importante.
Bueno, cuestión que tengo raíces alemanas. Pero al ver a toda mi familia noto una mezcla algo extraña: algo argentino, que a su vez es un mix italiano, francés, español. Claramente la eficacia, el orden y la organización de cualquier Markert que conozca, no es la alemana. Sin embargo, hay algo que los rasgos y las personalidades nos identifica de cierto modo. Supongo que debe ser por eso y porque somos muchos, pero muchos. Entonces apenas nos ubican, nos entrelazan recién al conocernos.

Salteo. A mi abuelo lo conozco por Pocho. Tenía un hotel (el que ahora tienen y administran algunos de sus hijos, entre ellos mi papá), también tuvo algunas concesionarias de autos y era dueño de “Safari”; un boliche que cerró hace varios años. Mi abuela, Catalina, me contó que él y su hermana eran muy metódicos y organizados, y que por eso cree que tuvo una especie de mini éxito con sus negocios. Ella y sus suegros no tuvieron mucha relación, eran cerrados y no hablaban mucho castellano, por eso es que tampoco hay mucha información de la que servirse.
Mi tío Federico, igual que su abuelo y mi bisabuelo Frederick, fue a Alemania y en uno de sus viajes intentó averiguar un poquito más sobre nosotros. Lo llamé hace unos días y charlamos un rato. Me contó que la última vez que fue recorrió Wassertrüdingen, el pueblo donde vivían mis bisabuelos. Buscando rastros encontró en un cementerio una placa con el apellido Markert, pero solamente una. También estuvo en la casa donde ellos vivían. En realidad sacó unas fotos del frente y mucho más no pudo hacer. Yo no vi la foto todavía pero por lo que me dijo era una casa muy grande, con varias ventanas y  tejas oscuras.

Wassertrüdingen. Pertenece al distrito de Ansbach que es el de mayor área de Baviera, al sur del país Germano. Queda entre Hesselberg y la única montaña Franconia, con vista a los Alpes. Rodeado de bosques y no mucho más. Wikipedia y todas esas herramientas de internet me dieron ésta poca información sobre aquel pueblito que parece muy poco conocido.
Mis ilusiones de encontrar algún pariente que supiera algo de mi historia, terminaron de sepultarse después de buscar mi apellido en el querido Google y, más aún, después de rastrearlo por Facebook y no encontrar ni siquiera una pista para seguir.
A partir de ese momento una duda que repicaba en mi cabeza se empezó a aliviar. Yo me preguntaba, “che, a mi viejo, a mis tíos, ¿no les importa quiénes somos? Nadie sabe mucho pero tampoco hacen nada como para saberlo”. Ahí sentí que las respuestas estaban en la NO información, en la incógnita de un pariente o en la simple descripción de cinco renglones de un pueblo alejado de todos nosotros.


Espero en algún momento viajar a Alemania y averiguar un poco más. Lo que me inquieta demasiado es saber si realmente éste es mi apellido, porque quizá estoy buscando donde no hay ni habrá. 



Foto: Wassertrüdingen (Distrito de Ansbach, Alemania)

martes, 15 de noviembre de 2016

Homero, por Marco Castagna







A Homero le gustaba el fútbol, pero no tanto jugarlo sino hablar sobre fútbol. Quizá intuía que en el deporte había una virilidad, una forma de ser aceptado y se aferraba a esta idea para no quedar pegado de por vida al grupo de chicos que  permanecen al costado de la cancha o debajo de la sombra de un árbol sin hacer nada. Supongo que le daban miedo las cosas que él se imaginaba que iban a sucederle si se quedaba ahí para siempre. Algunos días  en los que llegaba con la cara congestionada, como si hubiera estado durmiendo hasta tarde, me contaba que lo habían elegido último en el equipo de fútbol del colegio y que no se la habían pasado en todo el partido. Me pedía consejos, opiniones, o tan solo me dejaba caer su relato, como si agitara esas bolas de cristal que contienen un muñequito de nieve, y luego la dejaba en su lugar. Homero escuchaba comentarios de sus compañeros, chicos que para burlarse de él decían que era un perro, que no había que pasársela, o que fuera al arco porque él era grandote y seguro que lo podía cubrir casi todo. Estas frases  se le pegaban a la mente, y la teñían de un pensamiento: el dolor era algo arbitrario que el mundo se obstinaba el dirigir contra él. Cuando dejaba traslucir su rabia, me decía que les contestaba a estos chicos que lo cargaban, y que él no era tonto, solo que a veces se quedaba callado…. Entonces parecía quedarse dudando sobre sus motivos para quedarse callado. Homero era físicamente inmenso, si hubiese querido  hubiese estampado a esos chicos contra el paredón. Pero él sabía que una cosa es jugar al fútbol y otra bien distinta es saber sobre fútbol, conocer su historia. En uno había que salir a la cancha; el otro era un oficio indoloro, solitario, de rata de biblioteca. Le interesaba la historia de los mundiales, se había memorizado todos los campeones desde el primer mundial hasta el último. Cuántas copas del mundo había ganado cada país, algunos jugadores celebres, curiosidades de la historia de los mundiales. A veces pienso que el mundo se puede dividir entre los que salen a la cancha y los que se quedan teorizando sobre el deporte pero sin jugarlo. A la larga los que mejor se las arreglan son los primeros, y  aunque es imposible vivir sin jugar, puede haber genios de la teoría. Homero era uno de ellos. A su modo estaba intentando cambiar, modificar su vida, ser otro. Como las larvas, evolucionar. Le daba miedo salir a la cancha, toda su vida había transcurrido en espacios cerrados. El primer día que fui a la casa de Homero,  conversamos con su madre y de pronto se hizo un silencio en la conversación. Ahí se escuchó un ruido desde el lavadero; era el lavarropas exigiendo el mecanismo, y emitiendo un sonido como el que hacen los camiones de basura al comprimir las bolsas de plástico cuando llueve. La mujer me hizo una seña con el brazo y me dijo que esperara, que iba a buscar a Homero así nos presentaba. Subió lenta, pesadamente por la escalera de madera. La escuché llamar varias veces en las habitaciones del piso de arriba y repetir el nombre de su hijo. Me pareció que lo pronunciaba con cierto desapego. Me quedé con el ruido del lavarropas girando, girando… Delante de mí una copa de cristal desprendía un brillo riguroso. Escuché el rechinar de unas zapatillas de tenis, que imaginé inmensas. Dos cuerpos lentos descendían por la escalera. Detrás de la madre, apareció una figura gigante que se recortaba contra la oscuridad. Cuando la madre se corrió pude verlo mejor, un rubiecito corpulento con la cara llena de granos y una mirada inocente: era Homero. Aparentaba quince o dieciséis pero tenía trece. La madre nos presentó y se alejó unos metros apenas, hasta la cocina. Nos sirvió coca cola en unos vasos que debían usarse para tomar whisky o coñac. Homero miraba al techo como extraviado o encandilado por la luz, me contestaba con vaguedades o frases sin terminar. Me puse a leer en silencio el programa de la materia y a hablar de generalidades, hasta que la madre suspirando subió al primer piso dejándonos solos. Entonces nos miramos de frente. Su cara minada de granos secos y rojos, los dientes descuidados, la voz áspera y demasiado grave para su edad, que usaba con timidez, como demasiado consciente de que no se correspondía con lo que debía ser. Cerca de la mesa de roble donde estábamos había una consola de videojuegos. Cada vez que yo la miraba, solo para apartar de la vista de Homero,  él me sonreía con una sonrisa boba y transparente. No sé quien hablo primero, pero salieron algunos nombres tímidos.  Como si fueran nombres de bandas de rock que dos adolescentes se nombran para saber si se corresponden o no. Lo hicimos con películas y con videojuegos. El juego parecía tener su efecto. Indiana jones… la guerra de las galaxias… blade runner….el exorcista…psicosis…chucky… freddie krueger… rocky…metal gear solid… resident evil… silent hill….Homero sostenía una sonrisa de reflector averiado cada vez que algo le gustaba.  No tardé en distinguir que le gustaban los juegos o las películas de preferencia asociadas al terror, con mucha sangre y truculencia.  Una tarde estábamos abocados a un trabajo con fecha de entrega. Homero tenía que hacer una composición sobre él y su familia. Debía escribir un pequeño texto y luego elegir una foto y explicar por qué la había elegido. Escribió que le gustaban las películas de terror, y cuando me miró sostuvo una sonrisa de un brillo ambiguo. Para que el trabajo estuviera completo había que agregar una foto. Salimos al fondo de su casa. Homero insistió en que quería mostrarme a Enzo. Enzo resultó ser un mastín blanco inmenso, que saltaba detrás de una cerca con el miembro viril  rojo e inflamado como si estuviera a punto de explotar. Enzo compartía su lugar con Emma, una rottweiler que estaba castrada, lo que justificaba el estado de Enzo. Homero abrió la cerca y me explicó que a Enzo le gustaba jugar pero que era bueno, que no me iba a hacer nada. Después lo soltó. Enzo soltó su euforia y nos dio la bienvenida, colgándose de nuestra entrepierna por turnos, entre la de Homero y la mía; lo que despertaba nuestras risas, y por momentos mi risa nerviosa. Homero me cargaba porque decía que yo tenía miedo, pero que Enzo era bueno y que jugaba porque estaba contento. Homero entró a buscar la cámara de fotos. Me la dio. Se ubicó junto a Enzo. Y saqué dos, tres, cuatro, cinco, seis fotos. Dispare sin pudor. En una se lo podía ver a Enzo acostado sobre Homero, mientras este lo abrazaba. En dos fotos, Enzo se trepó sobre la pierna de Homero y subió más alto que su dueño (se veía al chico haciendo señas y dándole órdenes para que bajara) Homero fue al garaje y volvió con una gorra naranja de beisbol  y un bate. La foto que iba a quedar en el trabajo iba a ser esa, la que estaba por sacar. Homero al lado de Enzo, sonriendo de cara a la cámara, con el bate a un costado. Me ardieron los ojos al mirar por encima de los edificios la tarde roja a punto de irse. Levanté mis cosas y me fui.




viernes, 4 de noviembre de 2016

Cuentos de la mujer y el solitario, por Pablo Baca








Nota del autor*

Después de mucho tiempo – casi siete años- he vuelto a estos “Cuentos de la mujer y el solitario”, que ya para entonces habían perdido contornos. Estuve tentado de reconstruir las historias, suprimiendo párrafos, agregando algo a otras.
                   (Porque parece que en todo poema hay una historia. Que todo poema ocurre entre el espacio que queda entre la historia a que se refiere y el vacío que hay detrás de toda historia).
Después decidí publicarlo tal como los volví a encontrar; de algún modo han sobrevivido a la época en que los escribí y a todo lo que sucedió después.









 V

Detrás del cuarto en donde escribo,
del otro lado del rio,
todas las noches desaparece la montaña
y queda solamente un lugar pequeño
bajo los arbustos, bajo los cielos,
donde se acuesta a dormir
una niña perdida.
Y toda la noche se escucha
el murmullo del agua.

Las cosas que ocurren:
tantos hombres solitarios
donde se acuesta a dormir una niña perdida.
Tantos hombres bajo estos cielos lejanos,
donde viene a morir todo lo que no existe.

                 




VI

La mujer cuyo cuerpo era más grande. Una noche me dejó verla.
O esa otra, sobre la que alguna vez me acosté a descansar, porque como estaba de paso, no tenía nada que cuidar en este pueblo.
Como a ellas, también a vos te amé. Pero nunca pude sentir que yo era ese, a tu lado, el que amabas.




VIII

Con unas pocas ramas tratamos de hacer un lugar donde vivir esos instantes. Pero como la noche estaba por terminar, las ramas no eran suficientes: con la luz del amanecer cualquiera podía vernos.
Su voz entonces comenzó a sonar más débil. Aunque ella se esforzaba para hablar, como intentando abrir túneles en la nada. Sobre su voz caía el tiempo: ya tenía que irse.
La última vez que la escuché cantaba todavía en la oscuridad.





IX

Estoy quieto
en mi centro
mientras giran
conduciendo al deseo
tus caretas;
y en el centro
está tu rostro
que no veo, inmóvil
mientras giran
mis caretas
del otro lado
de la niebla.




XVI

Nos habíamos convertido
en dos fantasmas de la niebla
y entonces el viento
nos llevó hacía la noche.




XVIII

Una de ellas tiene el cuerpo
lleno de flores y mariposas.
Está enferma de esa belleza.
Tocarla sería herirla.

La otra está encerrada
en un cuarto distante del cuarto
donde estoy encerrado.
Aquella con la que estuve
abrazado atrás de la última pared,
sintiendo el viento de la llanura.
en verdad ha nacido en la memoria.




XXXI

Abrió la ventana y murmuró un nombre en el silencio. Un instante después sintió el frío de la noche y la cerró y volvió a su cuarto.
Ella había pasado por ahí mientras él dormía, caminando lentamente por el aire de la noche.






















*Tomando de “Cuentos de la mujer y el solitario/ He visto vivir”, impreso en julio de 2015, Jujuy, Argentina.

lunes, 31 de octubre de 2016

"El discurso vacío" (prólogo), por Mario Levrero





Aquello que hay en mí, que no soy yo, y que busco. 
Aquello que hay en mí, y que a veces pienso que 
también soy yo, y no encuentro. 
Aquello que aparece porque sí, brilla un instante 
y luego se va por años y años. 
Aquello que yo también olvido. 
Aquello próximo al amor, que no es exactamente amor; 
que podría confundirse con la libertad, 
con la verdad, con la absoluta identidad del ser, 
y que no puede, sin embargo, ser contenido en palabras 
pensado en conceptos 
no puede ser siquiera recordado como es. 
Es lo que es, y no es mío, y a veces está en mí 
(muy pocas veces); y cuando está, 
se acuerda de sí mismo 
lo recuerdo y lo pienso y lo conozco. 
Es inútil buscarlo; cuanto más se le busca 
más remoto parece, más se esconde. 
Es preciso olvidarlo por completo, 
llegar casi al suicidio 
(porque sin ello la vida no vale) 
(porque los que no conocieron aquello creen que la vida no vale) 
(por eso el mundo rechina cuando gira). 

Este es mi mal, y mi razón de ser. 




22 de diciembre de 1989 

Mario Levrero

(Prólogo al  
"Discurso vacío")

miércoles, 26 de octubre de 2016

Cine hacia 1998, por Javier Fernández Paupy









Estoy en el balcón. El sol me da en la frente. No sé qué hora es. Es domingo. Sé quién soy y dónde estoy. Sé que esa bola negra de pelos que está al lado mío es Cine, la perra que vive con nosotros. Se llama así por las siglas de una canción: Cogida, insegura, neurótica, emocional. Tengo que sacarla a pasear. Pero antes voy a dar una vuelta. Salgo solo a la calle. Cuando vuelvo me quedo mucho tiempo viendo, desde el balcón, pasar gente por las veredas. Veo, en el edificio de enfrente, el piso que siempre miro desde mi cama a la noche antes de quedarme dormido. Ahora sí sé qué hora es. El sol ya bajó. Está empezando a refrescar: Pienso en el futuro. Todavía no saqué a Cine. Nunca parece apurada por salir. Ahora duerme. Voy a dar otra vuelta, a caminar un rato. Fumo algo. Me encuentro con unas personas. Hablamos cosas sin importancia. Ahora estoy de vuelta. Quiero dormir, descansar un poco. Estoy solo, todos se fueron. Menos la perra. Y todavía no la saqué a pasear.




























Tomado de "El triángulo de la Merluza", año 2, N° 5 ("La poesía está en la calle"), Agosto 2015.

viernes, 21 de octubre de 2016

Una visita del gobierno, por Fabio Aguirre







Alguien debió desinteresar el carácter de una casa sin vida y estática, y concebirle dudas a Aguirre para que considere su hogar como un buen hábitat para alguna plaga de ciudad. A todo esto, cuando oyó luego de que su pregunta fuese contestada, con la más sincera de las voces aireadas por pulmones consumidos en alquitrán, lo dejó pensativo al sentir al exterminador tratar de entrar de un empujón por la puerta, se detuvo sin pestañear en la puerta, expectante a que todo eso fuese un sueño. Pero siempre la tiende a dejar bajo llave. Ya le había pasado de despertar en altas horas de la madrugada y ver, entre la oscuridad de la habitación y el amarilleo de las luces de la ciudad, unas figuras plasmadas con sus sombras a través de la opaca luz de un faro durmiente, caminando cautelosos sobre el piso del cuarto. Cuando ellos, al ver a Aguirre despierto y tranquilo, todavía sumido en algún sueño maravilloso, simplemente se retiraban sin ningún grito, ni caos, cerraban la puerta delicadamente y ese sonido lo volvía a la almohada como un eco espectral. Pero está vez ya está despierto y parado al frente de la puerta.

-¿Exterminador? Yo no llamé a ningún exterminador. Se habrá equivocado –dijo nervioso Aguirre.
-Tengo el recibo para una cita, en esta mañana, precisamente a esta hora, en el 14 “A” de la calle Luján 2043. La computadora nunca falla en estas citaciones –le dijo el exterminador, su voz se fue apagando al chocar con la puerta.
-No he visto ninguna artimaña en esta casa. Y siempre estoy viendo mi habitación con detenimiento, a veces tengo largos periodos de letargo. Usted debe saber cómo es esto.
-¿Esto no es una oficina?

Hace años un renombrado abogado trabajaba acá. “O la gente se ha cansado de echarle la culpa a los demás de su propia desdicha, o ya han pasado varios años que ningún profesional ejerce en este edificio tomado por fantasmas”, le dijo Aguirre con ironía al exterminador, éste sigue del otro lado de la puerta.
-Tengo una citación del gobierno, no puedo no hacer mi trabajo –nuevamente, con ímpetu de entrar, dijo el exterminador.
-No se lo estoy prohibiendo, solo le digo que acá no hay ninguna plaga.
-De igual modo, tengo que verificar para asegurarme y fichar en mi libreta de la inspección, luego podré irme, sin antes también precisar su firma para corroborar mi asistencia al lugar.
Aguirre se resignó a la idea que no se iría al menos que lo dejara entrar y terminar con todo esto. Se ha enterado, hasta quizá visto sin la intención de verlo, el trabajo de los empleados del gobierno, y su modo de intervenir con la mayor plenitud ética de su enfermedad. Son sanguinarios y si pueden robarte lo harán sin titubeos. Le han contado incluso como hacen maniobras: “se necesita fumigar, tendrán que irse por, al menos, cinco días”, o cosas por el estilo. Y ahí es cuando se roban hasta las medias del traje que costosamente uno compró para ir a alguna entrevista de trabajo. Aquel traje y medias recompensan los ojos dilatados y las ojeras que caen como bolsas negras de basura.  
-Quiero ver su identificación –esperó Aguirre con el ojo en la rendija cromada que transparenta el otro lado de la puerta.
-Vamos, no tengo tiempo que perder, sólo vine a ser mi trabajo –Aguirre lo escuchó, pero no dijo nada.
-Lo dejé en la camioneta… ahora la traigo…
Resignado, dio medio vuelta y dio el primer paso.
-Espere, está bien…
Aguirre giró la llave, y abrió la puerta. El hombre agarró sus instrumentaría de trabajo cuando Aguirre hizo girar la llave, es una caja metálica y polvorienta. Un poco de sol que entra del pasillo relame diminutos puntos luminosos que levita entre la luz y la oscuridad del edificio. 
-Gracias.
-Pase.
Entró y se paró en el pie de la puerta, primero miró el techo, luego el piso y las paredes detenidamente. Aguirre, segundos antes de abrir completamente la puerta, vio al exterminador mirar con indignación la porción que encierra la pared y la puerta abriéndose, vio entonces cantidades de mosquitos aplastados en la pared, manchitas rojas que simulaban un cielo cromado de estrellas volátiles. El exterminador, ya adentro completamente, seguía mirando la pared horizontal a la puerta, también hay huellas de unas manos, seguramente dedos del mismo Aguirre cuando solía caerse desmayado por el calor, caminaba unos pasos viendo estruendos amarillos en el panorama, no podía sostenerse, y ahí las huellas perdidas en la pared intentando sostenerse incluso de su propia sombra. 
-¿Vive sólo? –preguntó entonces el exterminador volviendo su mirada hacia delante. 
-¿Tiene que ver algo con el trabajo de fumigación?
-Puede ser, pero en este caso es inverosímil. 
-¿Por dónde quiere empezar? –Aguirre apuró la situación. Ya no soportaba la presencia de alguien y de hablar de cosas efímeras, efímeras para él.
-Por la cocina –acotó el exterminador. 
-Por acá.
El consumo de cosas no es una obsesión para Aguirre, tiene lo necesario para vivir en la ciudad, hay más palabras que metales, más amor en esas cartas que el odio que se dispersa por el pavimento. Al pasar por el patio, el exterminador mira sus pisadas en las lágrimas de concreto.
-¿No barre?
-Todos los días, pero hoy se me olvidó, me he despertado hace no mucho –Aguirre presumió de su miserias, refregándose los ojos–. ¿Si hubiera algún extraño animal no se notaría en las cenizas?
-Barré todos los días… ¿No ha notado nada raro?
-Creo que no.
-Lo supuse.
-¿Qué cosa?
-No estaba mirando con detenimiento su casa… mire, un pedazo de pan, ¿ve las marcas de los dientes?
-Eso puede ser cualquier cosa, se me pudo haber caído a mí, en alguna cena y lo pasé por alto.
-Puede ser cualquier cosa.
-¿Se está burlando de mí?
-Es una posibilidad señor, pero no lo quiero asustar pero por estas zonas se están denunciando una plaga de roedores bastantes grandes.
-¿Cómo?
-A la vuelta de acá encontramos a una de esas cosas, justo esa casa termina en el lado próximo a su balcón, son muy hábiles trepando paredes.
-Le vuelvo a decir, no he visto ni oído nada raro más que mis pensamientos.
-No se resigne en todo lo que puede ver en la luz.
Aguirre no entendió con precisión lo que trató de decir el hombre, al menos pensó en que sería estúpido hablarlo con él, ya no ve en los días, es ver siempre, cerrados, abiertos ya. No hay más que obsoletas situaciones en la luz, es lo que tanto nos dijeron y lo que nos dieron, nos dieron a elegir y nos llenaron de cosas, cosas que ni siquiera pedimos. En la oscuridad es donde todo se ve con nitidez y con cierto misterio hacia las cosas. Ciertamente uno está más apegado a lo que siente y no de lo que piensa, o eso cree Aguirre. 
-Las alcantarillas, ¿dónde están?
-Hay una debajo de la pileta y otra debajo de la escalera.
Aguirre, encorvándose, le mostró con un dedo la dirección de las bocas, el exterminador con gracia se acercó y se agachó, parece acercar la cara, la nariz mejor dicho. Sacó las pequeñas rejas de chapa y con una linterna, que agarró del bolsillo de su camisa, alumbró la profundidad de las cuencas pestilentes. Acercó la nariz aun más, pareció oler algo que le recordaba a ese animal, lo cual hizo un gesto raro con su cara.
-Ese olor.
-¿Qué olor?
-Es la época de cuando se celan, y emanan ese olor seco e incluso dulce con la orina. 
-No es muy preciso en lo que dice, ni siquiera me dijo que especie es.
-Aun no puedo decirle nada al respecto.
-Viene acá, sin ninguna llamada mía, se burla de mi forma de vida y no me da ninguna seguridad si hay algo dentro de mi casa, lo cual lo dudo mucho… ¿Qué quiere de mí?
-No quiero estorbar en su vida, pero estos signos son los primordiales para saber que ese animal está acá… y sus actos son síntomas que me dan a entender que puedo hacerle creer de lo que realmente existe acá
-Eso es lo que importa, pero nada prueba que pueda respaldar lo que dice. 
El hombre se enderezó y se acercó a Aguirre, su traje azul lleno de suciedad, con sus lentes claros, y su cara oxidada, su piel rasgada por el tiempo, parece agrandarse con la sombra, lo miró serio, la mirada sin expresión.
-Yo no juego con estas cosas, yo hago mi trabajo lo más profesionalmente posible y con el sentido común de una vida en la pestilente urbanización. Y estoy en lo correcto en la afirmación que por acá pasó uno de esos animales.
-¿Pasó?
-Sólo entran a las casas en busca de comida, luego vuelven a sus nidos en las callejuelas bajas de la ciudad, nunca se quedan días enteros, por eso le digo que no importa cuánto tiempo pase mirando la habitación, son animales rápidos e inteligentes.
-¿Usted dice que debo de tener un gato para estos casos? Son de mi agrado, pero a veces siento que me dejan sólo y desespero inútilmente.
-Un gato no podrá hacer nada contra ellos.
-¿Son más inteligentes y capaces que los gatos?
-Están más adaptados a escapar y escabullirse, no son de enfrentarse con otros animales, por eso han desarrollado con eficacia sus modos de huidas en situaciones que sienten que son arrinconados.
-Me sorprende que me diga todo esto, y yo aun sin cuidado, tampoco entiendo la razón de su existencia en mi casa, aun así, nunca vi unos de esos animales en los rutinarios y estáticos días. Nada me ha falta porque, claro está, que acá no hay mucho para hacer, sólo ese pan en el suelo y su nariz que huele un olor que sale de la alcantarilla. 
-Usted debe entender, y esto es otra forma de envolverse que tienen estos animales: ni siquiera, cuando pasan por las casas, en ciertas oportunidades, paran a comer o para esconder cosas, igual veo que incluso usted se esconde las cosas para no verlas por días enteros –el exterminador echó una mirada a los cuadernos personales de Aguirre tirados atrás de un mueble que yace en unas de las paredes de la habitación principal–. Como decía, estos animales tienden también a vivir en las casas, y encontrar a uno en cualquier noche le dirán que no le hará nada, sólo buscan la comodidad del silencio para reflexionar sobre la vida de su propio portador. Han sido como espejos para otros damnificados. 
-Esto es inaudito. Ahora resulta que estos roedores son seres pensantes –Aguirre se agitó pero no para levantar la voz, sino que fue un grito de disgusto al ver algo en la oscuridad que no logró percibir con totalidad. Se sintió desmayarse, pero un aire claro lo renovó nuevamente, cuando vio al exterminador dirigir su indignación al techo de la cocina. 
-Veo que tiene el techo rebajado… ¿Humedad?
-La cocina y una de las habitaciones. Más arriba está el techo de yeso, pero si, está carcomido por la humedad.
-Por esos huecos pudieron haber entrado… mire, ¿ve allá? Esa madera sobresale de todas las demás, pudo haber bajado por ahí y luego colocar de nuevo la porción de madera recta del techo, nadie sospecharía nada. Y el pan también debió de ser un truco de él. Para confundirme y, naturalmente, a usted también. 
Hace unos minutos creyó Aguirre que simplemente estaba sólo en la habitación, y que todo este tiempo su pensamiento fue malgastado hasta estrellarse contra las paredes y rebotar y llegar nuevamente a él, pero en esta ocasión, golpearon tan fuerte que se resignó a pensar. Muchas veces pensó de lo que puede llegar a ser, de igual muy dentro de él se dice: el futuro no conduce a nada, no hay camino en su tiempo, y pienso en lo que haré cuando esté aún más sólo, abandonado nuevamente en la vera del camino del único tiempo que pasa indiferente a la brisa del viento, que hace que respire y que salga del bloque que me encierra majestuosamente en mí, me gusta la inclinación de un árbol cuyo ruido no oigo, es una señal de que más arriba el viento no desespera.
-Me ha dejado sin habla, quizá…
-Mire, hay rastro de orina debajo de la mesa… ¿ve ahí? ¿Ese líquido amarillo oscuro?
-Se confunde con el color del piso… entonces… si hay un animal dentro de mi casa.
-No se preocupe, tengo los instrumentos adecuados para matarlo.
-¿Lo va a matar?
-Eso lo que hacemos.
-Claro.
Y el exterminador se dirigió hacia  sus instrumentos y sacó una vara, de un metro, con un gancho en una de las puntas.
-¿Qué va a hacer con eso?
-Siempre, los hombres, buscan en todos lados menos debajo de su propia cama. En el mismo lugar de su lecho. Lo cual es tan simple como despertar en las mañanas y caer del susto con la vista dibujada en la oscuridad.
Hay qué saber el lugar donde desaparecemos conscientemente en las noches, al no llegar a pensarlo, quizá, pueda uno despertarse otra vez en alguna pesadilla, o en su defecto, no dormir. ¿Dónde está el lecho de su sueño?
En un momento, Aguirre se opuso a su petición, no dijo nada, el exterminador lo miró ausente, esperando algo que lo guiara a su destino. Entonces Aguirre se encaminó hacia su cuarto, el hombre lo siguió en silencio. Prendió la luz, una neblina azul apareció un momento con la reacción continua de la electricidad, luego se quemó en las miradas. Las paredes blancas, una mesa con una máquina de escribir, papales arrugados condecoran la superficie de la mesa. La cama desordenada, y para finalizar las reliquias dolorosas, una maseta con un pequeño malvón de flores rojas claras. El exterminador sonrió con desdén, se agachó al costado de la cama, y penetró la vara en la oscuridad de la profundidad y agitó la mano, luego empezó a gruñir, pasaron varios segundos, y fue disminuyendo la velocidad hasta detenerse por completo, dejó caer su mano sobre el suelo, también la vara cayó, y suspiró.
-Al parecer no hay nada… o ya ha hablado con usted… no, no hay nada.
Simplemente dijo confuso y titilante, y se paró, se alejó hasta la puerta de entrada donde están sus pertenencias, guardó la vara, alzó sus instrumentos sobre sus hombros. Aguirre pensó, sin pensar, sobre lo último que dijo el exterminador. ¿Hablar con quién? Pero no dijo nada al respecto ya que se sintió más aliviado que el exterminador estaba a punto de retirarse. Pero…
¿Eso es todo? Con ese magistral discurso de un ser consciente de sus actos y fallas ¿sólo es posible encontrarlo, ahora, debajo de la cama? Aguirre estuvo durmiendo hasta cuando escuchó el primer golpe en la puerta del mismo exterminador. Si existiera ¿dónde se habría metido cuando Aguirre flaqueó sus defensas despierto? ¿Habrá plantado todas las pruebas cuando Aguirre resistió en la puerta con el exterminador al llegar éste? ¿Concluyó, fielmente, a darle a entender al propio exterminador, con todas sus pruebas, qué su presencia era lo que realmente no existía más que una aproximación a su figura actual. La cual podría estar debajo de la suela del propio pie de Aguirre, ahora expectante, esperando que el exterminador se retirara de su zona segura?
-Tiene que firmar aquí.
Aguirre se acercó, inventó alguna firma extraña, y le devolvió la lapicera.
-Le llegará el recibo del acta que dicta mi trabajo en el domicilio.
-Está bien.
-Disculpe las molestias.
-Por favor.
-Hasta luego.
-Adiós.
Cerró la puerta. Se recostó contra la pared, agitado de todo lo que había pasado y de lo qué ha dicho el exterminador, sintió desmayarse nuevamente, entonces todo le cerró por completo, y la puerta del baño rechinó y unos dedos huesudos aparecieron en el blanco de la puerta, luego una nariz en forma de monte, y sus ojos oscuros, grandes parpados que caen hasta sus pómulos, se sostiene de sus dos patas traseras, su andar es hipnótico, su lengua es gris y no posee dientes fuertes, su voz es estridente, tal como los zafiros de los candelabros que cuelgan en la ráfaga de fuego que incinera la fricción de los autos mutilándose, y también apoyado en la pared, del susto, aquel ser abrió los labios:
-Tienes suerte que el exterminador no sepa que eres diferente a todos, y que nunca duermes, sólo sueñas, sin dormir, y que ese sentimiento te empuja hasta la profundidad de tu cama, que de algún modo te tira de ella sin despegarte de las sabanas que atrapan tus sueños. Escondido luego en alguna pesadilla, vuelves a ver por la ventana que ahora se despega de la pared hasta caerse en un paisaje tenue, una primavera oxidada es lo que se ve, y un sol que dentro de tus ojos no refleja el despertar de tus días.
Aquella alimaña rió, estuvo buen rato mostrando sus dientes hasta que Aguirre también rompió en risa, en parte ingenua y en parte estremeciéndose.