Un viento duro arrecia y forma
hoyos de sal en la cara, agrietándola como la agrieta el tiempo, con un molde
severo y adusto. Naciones de hormigas caminan por el borde de una construcción
abandonada al costado del camino. El padre de Tomás recuerda que en ese paso de
nivel un compañero de trabajo mató un ñandú persiguiéndolo durante una hora a
los tiros por un camino de tierra y agitando una petaca de whisky por la
ventanilla. Cuando lo tuvo a tiro le disparó y lo abandonó entre las piedras.
Tomás se agita en el asiento del acompañante sintiéndose incómodo. Su padre le
pide que se quede quieto, que no puede ser que se mueva tanto, le pregunta si
tiene hormigas en el culo. La pregunta obviamente no es una pregunta. Tomás se
mueve por última vez, se abrocha el cinturón de seguridad con miedo de estar
moviéndose demasiado o de no poder hacerlo más y se queda rígido en la última posición que
encuentra su cuerpo como una pieza de ajedrez congelada. Todo esto a Tomás lo
pone muy nervioso, y como es natural, le dan más ganas de moverse. Saber que no
podés moverte puede llegar a ser tremendamente incómodo e insoportable. Es así
como una persona puede silenciosamente comenzar a enloquecer o convertirse en
secreto en artista. Por supuesto que todo es abstracto o hipotético, aunque
esto último no tanto. En este momento Tomás tiembla pero intenta no demostrarlo.
En momentos así él preferiría que el coche se estrellara y su padre sin
cinturón de seguridad saliera despedido volando por los aires y lo pisara un
ñandú. Cuando se anima, el chico observa a su padre por el espejo retrovisor y
lo nota tenso, el rostro rojo y agrietado, alguien incapaz de comunicarse. A
Tomás le hubiese gustado decir algo, algo como para descomprimir un poco el
ambiente, pero no se animó o nunca supo qué decir. O tal vez sí, tal vez una
forma extraordinaria y radical de sabiduría le hizo saber que no decir nada
suele ser lo mejor en casos como este, porque es difícil sino imposible
interpretar y además tratar de agradarle a un hombre como su padre. Mientras el
coche avanza a los tumbos por caminos de polvo y piedra reduciendo levemente la
velocidad antes de pasar por los puestos de seguridad o antes de llegar a los
escasos peajes. El padre de Tomás mastica un chicle y Tomás estudia la mandíbula
rígida de su padre, le parece la mandíbula de un dinosaurio de esos que le muestra
su madre por las noches en los libros de ciencia. Estudiar arqueológicamente un
objeto sabe Tomás te hace olvidar al menos provisoriamente del tiempo cuando no
podés moverte ni tenés nada para decir. Tener
que permanecer quieto y expectante puede ser una tarea horrible e infinita.
Como sea, de repente el Renault 12 blanco se detuvo delante de un paisaje extraño
y que a Tomás se le antojó decididamente adulto: hombres con cascos amarillos y
mameluco gris moviéndose de acá para allá, autos más modernos que los de su
padre estacionados en una esquina y hombres de traje y maletín delante de los
autos hablando por teléfono con cara de asunto serio e importante o más bien de
alguien que está recibiendo información sobre
una enfermedad. Una tienda improvisada de la que salía humo y una señora
corpulenta le gritó a alguien en el interior de la tienda que no podía verse.
El sol se hundía como un limón viejo en el cielo. Tomás seguía rígido sobre el
asiento y se hubiese quedado un rato más así, no quería bajar y exponer su vergüenza.
Su padre le pidió que se saque el cinturón de seguridad y baje del auto. Antes
de salir del auto, Tomás retiró una perilla de seguridad que tenía forma de
dedo cortado o de gajo de naranja. Bajó y siguió a su padre por una superficie
de piedras hasta llegar frente a unos hombres que fumaban delante de una
máquina excavadora. Su padre intercambió unas palabras con los operarios y
subió a Tomás por una escalera, que seguía casi paralizado y perplejo por el
episodio del auto, y que prefería no moverse demasiado, pero su padre ahora se
enojó porque él no se movía, y le dijo que se apure. El chico se puso todavía
más nervioso y llegó rápido a la caja de mando de la máquina excavadora.
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martes, 6 de junio de 2017
sábado, 4 de marzo de 2017
Conspiración en el infierno, por Joaquín Rodriguez
Francois desenfundó su arma con un movimiento súbito y disparó dos veces contra el alemán. Los tronidos fueron acallados por el silenciador mientras el cuerpo del soldado caía justo debajo de mis pies. Sus ojos azules me miraron desde el suelo amagando con no apagarse nunca. Nos pusimos en marcha los cuatro, no sin antes cerrar la puerta para que no vieran el cadáver. Surcamos el pasillo en dirección a la locomotora para escapar por el costado que daba a la vía. La estación estaba colmada de tropas. Al llegar al primer vagón, nos topamos con el otro SS que registraba el pasaje. Esta vez fue Armand quien jaló el gatillo propinándole un certero disparo en la cara. El germano logró emitir un quejido, lo que hizo que algunos pasajeros comenzaran a asomarse. Corrimos hasta topar con el maquinista, quien, advertido por nuestro escape, nos saludó con un puño en alto.
Enfundamos las armas justo cuando llegábamos a una gran avenida empedrada. Nos separamos en grupos de a dos que caminaban con una cierta distancia para no despertar la atención de las patrullas. El panorama era tétrico: esvásticas colgando de cada edificio, alambradas de púa por todos lados y estrellas de David pintadas en los maltrechos almacenes. Dos calles abajo nos aguardaba nuestro contacto, Emma. Esperaba parada junto a un viejo farol, en una esquina. Llevaba consigo un pequeño carro para las compras, un vestido negro de verano y una boina que usaba de costado y debajo de la cual caían sus cabellos rojizos agitados con nerviosismo. Intercambiamos una mirada inquieta, asegurándonos de que estábamos conectando con la persona indicada. Su figura comenzó a perderse entre los transeúntes y por el rabillo de su ojo se aseguraba que la siguiéramos. Todos íbamos tras ella con menor o mayor apuro.
Vimos con horror como un grupo de soldados se llevaba en un automóvil a un joven con su padre. Allí sentimos un miedo que pareció no perturbar a nuestra guía, quien continuaba firme su marcha por las grisáceas planicies. Tras trescientos metros a pie, se sumergió en un pequeño y pestilente callejón, donde ingresó por una puerta oxidada. Entramos todos. Era un bar de mala muerte. Había marinos locales, gamberros y prostitutas que bebían escapando de las garras alemanas. Surcamos el salón tras Emma, que se zambulló en una oscura escalera. Bajamos y dimos con un sótano inmenso. Casi chocamos contra una gran mesa de madera sobre la que reposaba un mapa de la región lleno de marcas y cruces hechas a mano. Tres hombres lo contemplaban con atención. Contra la pared había una pila de fusiles que se amontonaba desprolijamente junto a un equipo de comunicación y algunos cascos enemigos apilados junto a una repisa. Reconocí la cara de Igor, un viejo yugoslavo que estaba junto a nosotros desde que el movimiento se inició. Me lanzó una sonrisa brillante.
(Continuará...)
lunes, 20 de febrero de 2017
Contacto en Burdeos, por Joaquín Rodriguez
Era de mañana y el tren atravesaba con prisa la campiña. A su paso quedaban densas columnas de humo negro que corrompían el fino aire francés. Por la ventana podía ver las pequeñas granjas distribuidas a lo largo de los prados que llegaban hasta donde alcanzaba la vista. Algunos gomeros extendían sus ramas casi por sobre las vías y los vagones lanzaban un extraño chirrido cuando rozaban con ellas. Había vacas, viñedos y pequeñas poblaciones que, como un oasis desértico, aparecían con sus casas de ladrillos vigiladas con recelo por los campanarios locales.
La mayor parte del viaje la hice en soledad. Apenas tuve un compañero de compartimiento durante un corto trayecto. Se trataba de un muchachito de ojos negros y profundos con una gorra calada y un chaleco marrón. Abordó el convoy conmigo en París y fue muy cuidadoso en detallarme sus asuntos. De todos modos y pese al misterio que lo rodeaba, su sonrisa era agradable y sus formas amenas. Traía consigo una botella de vino de la que me convidó. Tenía un sabor familiar y delicioso, como de madera robusta. El viajero me contó que un tío suyo se encargaba de la producción de esa bebida. Brindamos por la salud de una Francia libre y yo me dormí profundamente por el lapso de treinta minutos.
Cuando desperté, mi acompañante ya no estaba y el sol se posaba imponente sobre las márgenes occidentales de la pradera. Nos acercábamos a Burdeos. Sentí el corazón palpitando fuerte. Tomé aquella vieja hoja de papel acuñándolo como un tesoro. Respiré profundo y el pulso empezó a fallarme. El papel cayó al piso y con él mis ánimos. Me arrojé desesperado golpeando levemente mi cabeza contra el asiento de enfrente. Guardé la hoja y me juré pensar con tranquilidad. En el horizonte ya se vislumbraban los edificios públicos de la ciudad .
Cuando el ferrocarril se adentró en el andén sentí un terror tan profundo como pocas veces había experimentado. Fue aquel que me invadió cuando sus aviones pasaban por sobre nuestras cabezas en la capital. Ese horror que me despertaban las alarmas sonando incesantemente mientras los regimientos marchaban por los boulevares cargando sus cañones y buscando un ángulo de tiro para dar con las bestias de acero que lanzaban su vómito de fuego. Los gritos de desesperación, el llanto ahogado y las mujeres rezongando frente a la catástrofe total; todo eso apareció frente a mí cuando tren detuvo su marcha.
Tenía el aliento cansino y las manos empapadas en sudor. Abrí con una prisa inusitada la puerta de mi compartimiento y vi a Pierre que cruzaba el pequeño pasillo con ojos perdidos. Su rostro estaba poseído por una incertidumbre que me atormentó. Detrás de él marchaban Francois, Armand y Charles. Este último tenía la mirada centellante y marchaba con una seguridad formidable que transmitió paz a nuestro endeble cuarteto. Miró directo hacia donde estaba yo y dibujó un cálida sonrisa en la que me sentí refugiado. Todos nos encerramos en un comportamiento y nos sentamos de manera enfrentada. Dos de ellos subieron y podíamos verlos desfilando por los pasillos con sus cascos verdes y sus uniformes grises e impecables pegados al cuerpo. Encendimos cigarrillos para calmar las ansias.
Uno de ellos apareció detrás de nuestra puerta. Su mano golpeó el vidrio. Francois nos miró a todos y desenfundó su pistola. Nosotros lo imitamos. Un leve chasquido sonó y la puerta se abrió de par en par. La lúcida cara alemana de nuestro visitante ocultaba dos ojos azules que se clavaron en en nuestros rostros…
(Continuará...)
miércoles, 21 de diciembre de 2016
Sueño de Dédalo. Arquitecto y aviador, por Antonio Tabucchi
Una noche de hace miles de años, no es posible calcular con exactitud el tiempo, Dédalo, arquitecto y aviador, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en las entrañas de un palacio inmenso, recorriendo un pasillo. El pasillo desembocaba en otro pasillo y Dédalo, fatigado y confuso, lo recorría apoyándose en las paredes. Cuando hubo recorrido el pasillo desembocó en una pequeña sala octagonal, de la que partían ocho corredores. Dédalo comenzó a sentir una gran ansiedad, un deseo de aire puro. Enfiló un corredor, pero éste terminaba contra una pared. Tomó otro, y también éste terminaba contra una pared. Por siete veces lo intentó Dédalo, hasta que, a la octava, enfiló un corredor larguísimo que después de una serie de curvas y de ángulos desembocó en otro corredor. Dédalo entonces se sentó sobre un escalón de mármol y se puso a reflexionar. Sobre las paredes del corredor había antorchas encendidas que iluminaban los frescos azules de aves y de flores. Sólo yo puedo saber cómo salir de aquí, se dijo Dédalo, y no lo recuerdo. Se quitó las sandalias y comenzó a caminar descalzo sobre el piso de mármol verde. Para consolarse, se puso a cantar una antigua canción de cuna que había aprendido de una vieja criada que lo había arrullado en la infancia. Las arcadas del largo corredor le restituían su voz repetida diez veces. Solo yo puedo saber cómo salir de aquí, se dijo Dédalo, y no lo recuerdo. En aquel momento desembocó en una amplia sala circular, pintada con paisajes absurdos. Recordaba aquella sala, pero no recordaba por qué la recordaba. Había asientos forrados de paños lujosos y, en medio de la estancia, un amplio lecho. Sobre el borde del lecho estaba sentado un hombre esbelto, de ágiles y juveniles rasgos. Y aquel hombre tenía una cabeza de toro. Sostenía la cabeza entre las manos, sollozaba. Dédalo se le acercó y le puso una mano en el hombro. ¿Por qué lloras?, le preguntó. El hombre levantó la cabeza de entre las manos y le miró con sus ojos de bestia. Lloro porque estoy enamorado de la luna, dijo, la he visto una sola vez, cuando era niño y me asomaba por una ventana, pero no puedo alcanzarla porque estoy prisionero en este palacio. Me contentaría con tenderme sobre un prado, durante la noche, y dejar que sus rayos me besaran. Pero soy prisionero en este palacio, desde mi infancia lo soy. Y volvió a llorar. Entonces Dédalo sintió una gran zozobra, el corazón le batía en el pecho fuertemente. Yo te ayudaré a salir de aquí, dijo. El minotauro levantó la cabeza y lo miró fijamente con sus ojos bovinos. En esta estancia hay dos puertas, dijo, y como custodia en cada puerta hay dos guardianes. Una puerta conduce a la libertad y la otra conduce a la muerte. Uno de los guardianes dice sólo la verdad, y el otro dice sólo la mentira. Pero yo no sé cuál es el guardián que dice lo verdadero y cuál es el guardián que miente, ni cuál es la puerta de la libertad y cuál la puerta de la muerte. Sígueme, dijo Dédalo, ven conmigo. Se acercó a uno de los guardianes y le preguntó: ¿cuál es la puerta que según tu colega conduce a la libertad? Y luego cambió de puerta. En efecto, si hubiese interrogado al guardían mentiroso, este hombre, cambiando la indicación verdadera del colega, le habría indicado la puerta del patíbulo; si, en cambio, hubiese interrogado al guardián verdadero, este hombre, dándole sin modificarla la indicación falsa del colega, le habría indicado la puerta de la muerte. Atravesaron la puerta de la libertad y recorrieron de nuevo un largo corredor. El corredor ascendía y desembocaba en un jardín colgante, desde el cual se dominaban las luces de una ciudad ignota. Ahora Dédalo recordaba, y era feliz al recordar. Bajo los zarzales había escondidas plumas y cera. Lo había hecho para sí, para huir de aquel palacio. Con aquellas plumas y aquella cera construyó hábilmente un par de alas y las sujetó a las espaldas del minotauro. Después lo condujo al borde del jardín colgante y le habló. -La noche es larga, dijo, la luna muestra su cara y te espera, puedes volar hasta ella. El minotauro se volteó y lo miró con sus apacibles ojos de bestia. -Gracias, dijo. -Ve, dijo Dédalo, y le empujó. Durante un buen rato quedó contemplando al minotauro alejándose con amplias brazadas en la noche, volando hacia la luna. Volaba, volaba.
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viernes, 16 de diciembre de 2016
Guerrin, por Dylan Flores
todo se lo chupa el tiempo. el olvido es una excavadora oscura. si nos deja en la cancha, es solo para recorrer el césped descalzos ¿viste la tapa de sargent pepper´s? bueno, un césped así de verde. y con todos nuestros fantasmas de orquesta del tiempo. marianito....sí, ahora lo recuerdo con nitidez. es como si lo viera a través de unas nubes de campo en un día de verano. sufría como un viejo enamorado de una nena de quince. me daba miedo verlo sufrir así, alguien tan chiquito. con la cabeza al viento, una cabeza grande como un globo y sin saber qué hacer con tanto dolor, bandeándose de un lado al otro por un caminito de piedras. estuvo esperando a los padres que regresaran de la luna, o al hermano, no me acuerdo. pero estuvo esperando mucho tiempo, y como no llegaban se fue antes. ni siquiera toco la puerta, toc toc, para avisarle a su tía que vivía con él. simplemente se fue, plop, puf, adiós y sean amables. no dejó una nota, una palabra, nada. porque así desaparece un auténtico mago. está es la historia de marianito.... Cuando quise acordar, un mozo me había tocado el hombro con cuidado para no despertarme de golpe, pero todas las luces del lugar, salvo las del mostrador, permanecían apagadas. Saqué un manojo de billetes y pagué. Así pagan los borrachos me había dicho un tachero una vez, sacan un manojo de billetes y te dan para que te cobres. Salí afuera y caminé entre las luces de la calle Corrientes. Antes de extender la mano para llamar un taxi, me quedé mirando las nubes deshilachadas entre los edificios y pensé en Marianito. Supe que existía en algún lugar. Y tuve ganas de gritar, de implorar, de pedir algo pero no supe qué.
lunes, 12 de diciembre de 2016
Mi noche con Robert, por Joaquín Rodriguez
Aquella noche Robert llegó al taller de mi padre con una agitación inusual. Yo estaba comenzando una partida de póquer cuando lo vi. Tenía los ojos crispados, la respiración pesada y el rostro negro empapado de sudor. Le ofrecí un trago, pero sus asuntos parecían urgentes y no tardó en introducirme en ellos. Salimos del sitio y conversamos durante un rato frente a los porches de las casas apenas iluminados. Él tenía sumo recato y hablaba en voz baja; no me explicó en profundidad el motivo de su visita pero me juró que era importante y que debía seguirlo. La verdad es que no lo pensé demasiado, ya que el juego me estaba aburriendo y nunca se la pasaba mal con Robert.
Volví adentro, tomé un abrigo y mientras mi primo repartía fichas y cartas de diversos colores, le advertí de mi partida. Nos marchamos al trote calle abajo, cruzando el pueblo de lado a lado. Atrás quedaban los descampados, las plazas y las tiendas. Enseguida estábamos perdidos entre los pastizales que se asomaban hasta donde la vista alcanzaba. Había girasoles, algodón y, sobretodo, maíz. Fueron unos veinte minutos sin descanso hasta un cruce de caminos donde Robert frenó abruptamente. Llevaba consigo su guitarra. Los dos nos recostamos bajo un viejo sauce con largas ramas que caían sobre la carretera. Mi amigo empezó a tocar bellos sonidos que se perdieron en la inmensidad de la noche. Saqué un cigarro y le convidé otro. En el cielo se desparramaban miles de estrellas que titilaban incesantemente. Mientras las caricias sobre las cuerdas resonaban en las granjas aledañas, la luna bañaba elegantemente las praderas en las que croaban las ranas.
Conversamos animadamente pero Robert siempre evitaba contarme el motivo de nuestra presencia allí. Finalmente consideré una tarea obsoleta continuar con la indagatoria. Luego sacó una botella de whisky del estuche y bebimos hasta entrar en un sueño profundo. De repente, los ronquidos fueron interrumpidos por un tronido espeluznante. Despertamos y miramos hacia el oeste, donde cientos de rayos caían en el horizonte como una lluvia de meteoritos apocalíptica. Un leve fulgor blanco cubría las planicies occidentales. El fin del mundo parecía estar allí mismo. El páramo se sumergió en un silencio sepulcral. Nos sentimos observados por mil ojos. Súbitamente una voz siniestra resonó a nuestras espaldas. Volteamos de un salto y dimos con él. Era Wilson, un muchacho de unos 30 años, de tez blanca y pelo rubio que trabajaba de granjero en el pueblo, uno de los pocos a los que nunca se lo veía en la iglesia.. Nos tendió la mano. Robert se acercó animado y lo saludó. Yo atiné a hacerle un gesto leve con la cabeza, todavía con el pulso tembloroso.
- Buenas noches, caballeros- dijo con una elegancia singular. Se acercó hasta la guitarra y la examinó con sumo cuidado. Tras la observación se la dio a mi colega como invitándolo a tocar. Robert respiró profundo y volvió a disparar sus melodías ante la aprobación del visitante que acompañaba el ritmo con su pie derecho. Contemplé la situación confundido, aún preguntándome si no estaríamos inmersos en una especie de pesadilla inducida por los vahos de ese licor impuro que absorbimos a una velocidad asombrosa. Encendí otro tabaco.
- Suficiente. Esto está hecho. Gracias por el encuentro y será hasta pronto- dijo nuestro inesperado interlocutor.
Su pequeña figura comenzó a perderse entre los matorrales y a lo lejos sonó el mismo tronido que hace unos instantes. Lo miré a Robert pidiéndole explicaciones por todo lo que acababa de suceder. No fueron más de cinco minutos de locura. Una sucesión de extrañas sensaciones me acecharon. Horror, curiosidad y asombro eran las tres principales. Mi amigo rió dejando entrever su sonrisa blanca y luminosa. Caminamos de regreso a nuestros hogares sin cruzar palabra. La borrachera había pasado tan pronto como escuché aquel sonido enfermizo que nos quitó el sueño. Llegamos a la casa de Robert y el apenas me saludo. Entró al hogar y cerró la puerta suavemente, como si yo nunca hubiera estado allí.
Wilson no apareció más por el lugar. Tampoco mi compañero. Una mañana de invierno, mientras recogía leña para el aserradero, recibí una postal con su firma. En ella se lo veía sentado en un pequeño taburete dentro de un bar colmado de gente que lo aplaudía a rabiar. Su mueca era hermosa, tanto como pocas veces la había visto aunque sentí su mirada extraña, como perdida. Contemplé la foto por un rato y empecé a notarla incómoda. La guardé en un pequeño cajón junto a la cama y nunca más la volví a mirar.
A veces regreso a aquel cruce de caminos con una botella de bourbon y me embriago hasta quedar dormido. Cuando despierto, todavía puedo escuchar la guitarra de Robert susurrando sus penas entre los maizales. Su voz aguardentosa me despierta en las noches pidiendo que me sume a una nueva aventura, por lo menos hasta que aquel pequeño granjero vuelva.
domingo, 27 de noviembre de 2016
Un pueblo alejado de todos nosotros, por Conrado Markert
Cuando deletreo mi apellido, recién ahí, me
entienden. Es raro, ya lo sé, pero es lo que supongo entendió aquella
persona que anotó a mi bisabuelo al llegar al país. No sé ni cuando, ni cómo,
ni porqué vino. Supongo que fue por lo que todos vinieron.
Cuando mi papá tenía dieciséis años, su padre,
mi abuelo, falleció. Nunca lo conocí. Por eso mi lejanía… mi abuelo y, más, mi
bisabuelo siempre me rondan por la cabeza. Sigo sin saber quiénes eran, porqué
llevo el mismo apellido que ellos, porqué sostengo esta bandera que en la vida
muchos consideramos importante.
Bueno, cuestión que tengo raíces alemanas.
Pero al ver a toda mi familia noto una mezcla algo extraña: algo argentino,
que a su vez es un mix italiano, francés, español. Claramente la eficacia, el
orden y la organización de cualquier Markert que conozca, no es la alemana. Sin
embargo, hay algo que los rasgos y las personalidades nos identifica de cierto modo. Supongo que debe ser por eso y porque somos muchos, pero muchos. Entonces apenas nos ubican, nos entrelazan recién al conocernos.
Salteo. A mi abuelo lo conozco por Pocho. Tenía un hotel (el que ahora tienen y administran algunos de sus hijos, entre
ellos mi papá), también tuvo algunas concesionarias de autos y era dueño de
“Safari”; un boliche que cerró hace varios años. Mi abuela, Catalina, me
contó que él y su hermana eran muy metódicos y organizados, y que por eso cree
que tuvo una especie de mini éxito con sus negocios. Ella y sus suegros no
tuvieron mucha relación, eran cerrados y no hablaban mucho castellano, por
eso es que tampoco hay mucha información de la que servirse.
Mi tío Federico, igual que su abuelo y mi
bisabuelo Frederick, fue a Alemania y en uno de sus viajes intentó averiguar
un poquito más sobre nosotros. Lo llamé hace unos días y charlamos un rato. Me
contó que la última vez que fue recorrió Wassertrüdingen, el pueblo
donde vivían mis bisabuelos. Buscando rastros encontró en un cementerio una
placa con el apellido Markert, pero solamente una. También estuvo en la casa
donde ellos vivían. En realidad sacó unas fotos del frente y mucho más no pudo
hacer. Yo no vi la foto todavía pero por lo que me dijo era una casa muy grande, con varias
ventanas y tejas oscuras.
Wassertrüdingen. Pertenece al
distrito de Ansbach que es el de mayor área de Baviera, al sur del país
Germano. Queda entre Hesselberg y la única montaña Franconia, con
vista a los Alpes. Rodeado de bosques y no mucho más. Wikipedia y
todas esas herramientas de internet me dieron ésta poca información sobre aquel
pueblito que parece muy poco conocido.
Mis ilusiones de encontrar algún pariente que supiera algo de mi historia, terminaron de sepultarse después de buscar mi apellido en el
querido Google y, más aún, después de rastrearlo por Facebook y no encontrar ni
siquiera una pista para seguir.
A partir de ese momento una duda que repicaba en mi cabeza se empezó a aliviar. Yo me preguntaba, “che, a mi viejo, a mis
tíos, ¿no les importa quiénes somos? Nadie sabe mucho pero tampoco hacen nada como para saberlo”. Ahí sentí que las respuestas estaban en la NO información,
en la incógnita de un pariente o en la simple descripción de cinco renglones de
un pueblo alejado de todos nosotros.
Espero en algún momento viajar a Alemania y
averiguar un poco más. Lo que me inquieta demasiado es saber si realmente éste
es mi apellido, porque quizá estoy buscando donde no hay ni habrá.
Foto: Wassertrüdingen (Distrito de Ansbach, Alemania)
martes, 15 de noviembre de 2016
Homero, por Marco Castagna
A Homero le gustaba el fútbol,
pero no tanto jugarlo sino hablar sobre fútbol. Quizá intuía que en el deporte había
una virilidad, una forma de ser aceptado y se aferraba a esta idea para no
quedar pegado de por vida al grupo de chicos que permanecen al costado de la cancha o debajo de
la sombra de un árbol sin hacer nada. Supongo que le daban miedo las cosas que
él se imaginaba que iban a sucederle si se quedaba ahí para siempre. Algunos
días en los que llegaba con la cara
congestionada, como si hubiera estado durmiendo hasta tarde, me contaba que lo
habían elegido último en el equipo de fútbol del colegio y que no se la habían
pasado en todo el partido. Me pedía consejos, opiniones, o tan solo me dejaba
caer su relato, como si agitara esas bolas de cristal que contienen un muñequito
de nieve, y luego la dejaba en su lugar. Homero escuchaba comentarios de sus
compañeros, chicos que para burlarse de él decían que era un perro, que no
había que pasársela, o que fuera al arco porque él era grandote y seguro que lo
podía cubrir casi todo. Estas frases se
le pegaban a la mente, y la teñían de un pensamiento: el dolor era algo
arbitrario que el mundo se obstinaba el dirigir contra él. Cuando dejaba
traslucir su rabia, me decía que les contestaba a estos chicos que lo cargaban,
y que él no era tonto, solo que a veces se quedaba callado…. Entonces parecía
quedarse dudando sobre sus motivos para quedarse callado. Homero era
físicamente inmenso, si hubiese querido hubiese estampado a esos chicos contra el
paredón. Pero él sabía que una cosa es jugar al fútbol y otra bien distinta es
saber sobre fútbol, conocer su historia. En uno había que salir a la cancha; el
otro era un oficio indoloro, solitario, de rata de biblioteca. Le interesaba la
historia de los mundiales, se había memorizado todos los campeones desde el
primer mundial hasta el último. Cuántas copas del mundo había ganado cada país,
algunos jugadores celebres, curiosidades de la historia de los mundiales. A
veces pienso que el mundo se puede dividir entre los que salen a la cancha y
los que se quedan teorizando sobre el deporte pero sin jugarlo. A la larga los
que mejor se las arreglan son los primeros, y aunque es imposible vivir sin jugar, puede
haber genios de la teoría. Homero era uno de ellos. A su modo estaba intentando
cambiar, modificar su vida, ser otro. Como las larvas, evolucionar. Le daba
miedo salir a la cancha, toda su vida había transcurrido en espacios cerrados. El
primer día que fui a la casa de Homero,
conversamos con su madre y de pronto se hizo un silencio en la
conversación. Ahí se escuchó un ruido desde el lavadero; era el lavarropas exigiendo
el mecanismo, y emitiendo un sonido como el que hacen los camiones de basura al
comprimir las bolsas de plástico cuando llueve. La mujer me hizo una seña con
el brazo y me dijo que esperara, que iba a buscar a Homero así nos presentaba. Subió
lenta, pesadamente por la escalera de madera. La escuché llamar varias veces en
las habitaciones del piso de arriba y repetir el nombre de su hijo. Me pareció
que lo pronunciaba con cierto desapego. Me quedé con el ruido del lavarropas
girando, girando… Delante de mí una copa de cristal desprendía un brillo
riguroso. Escuché el rechinar de unas zapatillas de tenis, que imaginé inmensas.
Dos cuerpos lentos descendían por la escalera. Detrás de la madre, apareció una
figura gigante que se recortaba contra la oscuridad. Cuando la madre se corrió
pude verlo mejor, un rubiecito corpulento con la cara llena de granos y una
mirada inocente: era Homero. Aparentaba quince o dieciséis pero tenía trece. La
madre nos presentó y se alejó unos metros apenas, hasta la cocina. Nos sirvió
coca cola en unos vasos que debían usarse para tomar whisky o coñac. Homero miraba
al techo como extraviado o encandilado por la luz, me contestaba con vaguedades
o frases sin terminar. Me puse a leer en silencio el programa de la materia y a
hablar de generalidades, hasta que la madre suspirando subió al primer piso
dejándonos solos. Entonces nos miramos de frente. Su cara minada de granos
secos y rojos, los dientes descuidados, la voz áspera y demasiado grave para su
edad, que usaba con timidez, como demasiado consciente de que no se
correspondía con lo que debía ser. Cerca de la mesa de roble donde estábamos
había una consola de videojuegos. Cada vez que yo la miraba, solo para apartar
de la vista de Homero, él me sonreía con
una sonrisa boba y transparente. No sé quien hablo primero, pero salieron
algunos nombres tímidos. Como si fueran
nombres de bandas de rock que dos adolescentes se nombran para saber si se
corresponden o no. Lo hicimos con películas y con videojuegos. El juego parecía
tener su efecto. Indiana jones… la guerra de las galaxias… blade runner….el
exorcista…psicosis…chucky… freddie krueger… rocky…metal gear solid… resident
evil… silent hill….Homero sostenía una sonrisa de reflector averiado cada vez
que algo le gustaba. No tardé en
distinguir que le gustaban los juegos o las películas de preferencia asociadas
al terror, con mucha sangre y truculencia. Una tarde estábamos abocados a un trabajo con
fecha de entrega. Homero tenía que hacer una composición sobre él y su familia.
Debía escribir un pequeño texto y luego elegir una foto y explicar por qué la
había elegido. Escribió que le gustaban las películas de terror, y cuando me
miró sostuvo una sonrisa de un brillo ambiguo. Para que el trabajo estuviera
completo había que agregar una foto. Salimos al fondo de su casa. Homero
insistió en que quería mostrarme a Enzo. Enzo resultó ser un mastín blanco inmenso,
que saltaba detrás de una cerca con el miembro viril rojo e inflamado como si estuviera a punto de
explotar. Enzo compartía su lugar con Emma, una rottweiler que estaba castrada,
lo que justificaba el estado de Enzo. Homero abrió la cerca y me explicó que a
Enzo le gustaba jugar pero que era bueno, que no me iba a hacer nada. Después
lo soltó. Enzo soltó su euforia y nos dio la bienvenida, colgándose de nuestra
entrepierna por turnos, entre la de Homero y la mía; lo que despertaba nuestras
risas, y por momentos mi risa nerviosa. Homero me cargaba porque decía que yo
tenía miedo, pero que Enzo era bueno y que jugaba porque estaba contento.
Homero entró a buscar la cámara de fotos. Me la dio. Se ubicó junto a Enzo. Y
saqué dos, tres, cuatro, cinco, seis fotos. Dispare sin pudor. En una se lo
podía ver a Enzo acostado sobre Homero, mientras este lo abrazaba. En dos fotos,
Enzo se trepó sobre la pierna de Homero y subió más alto que su dueño (se veía
al chico haciendo señas y dándole órdenes para que bajara) Homero fue al garaje
y volvió con una gorra naranja de beisbol y un bate. La foto que iba a quedar en el
trabajo iba a ser esa, la que estaba por sacar. Homero al lado de Enzo,
sonriendo de cara a la cámara, con el bate a un costado. Me ardieron los ojos al
mirar por encima de los edificios la tarde roja a punto de irse. Levanté mis
cosas y me fui.
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miércoles, 26 de octubre de 2016
Cine hacia 1998, por Javier Fernández Paupy
Estoy en el balcón. El sol me da en la frente. No sé qué hora es. Es domingo. Sé quién soy y dónde estoy. Sé que esa bola negra de pelos que está al lado mío es Cine, la perra que vive con nosotros. Se llama así por las siglas de una canción: Cogida, insegura, neurótica, emocional. Tengo que sacarla a pasear. Pero antes voy a dar una vuelta. Salgo solo a la calle. Cuando vuelvo me quedo mucho tiempo viendo, desde el balcón, pasar gente por las veredas. Veo, en el edificio de enfrente, el piso que siempre miro desde mi cama a la noche antes de quedarme dormido. Ahora sí sé qué hora es. El sol ya bajó. Está empezando a refrescar: Pienso en el futuro. Todavía no saqué a Cine. Nunca parece apurada por salir. Ahora duerme. Voy a dar otra vuelta, a caminar un rato. Fumo algo. Me encuentro con unas personas. Hablamos cosas sin importancia. Ahora estoy de vuelta. Quiero dormir, descansar un poco. Estoy solo, todos se fueron. Menos la perra. Y todavía no la saqué a pasear.
Tomado de "El triángulo de la Merluza", año 2, N° 5 ("La poesía está en la calle"), Agosto 2015.
viernes, 21 de octubre de 2016
Una visita del gobierno, por Fabio Aguirre
Alguien debió
desinteresar el carácter de una casa sin vida y estática, y concebirle dudas a
Aguirre para que considere su hogar como un buen hábitat para alguna plaga de
ciudad. A todo esto, cuando oyó luego de que su pregunta fuese contestada, con
la más sincera de las voces aireadas por pulmones consumidos en alquitrán, lo
dejó pensativo al sentir al exterminador tratar de entrar de un empujón por la
puerta, se detuvo sin pestañear en la puerta, expectante a que todo eso fuese
un sueño. Pero siempre la tiende a dejar bajo llave. Ya le había pasado de
despertar en altas horas de la madrugada y ver, entre la oscuridad de la
habitación y el amarilleo de las luces de la ciudad, unas figuras plasmadas con
sus sombras a través de la opaca luz de un faro durmiente, caminando cautelosos
sobre el piso del cuarto. Cuando ellos, al ver a Aguirre despierto y
tranquilo, todavía sumido en algún sueño maravilloso, simplemente se retiraban
sin ningún grito, ni caos, cerraban la puerta delicadamente y ese sonido lo
volvía a la almohada como un eco espectral. Pero está vez ya está despierto y
parado al frente de la puerta.
-¿Exterminador? Yo no llamé a ningún exterminador. Se habrá equivocado –dijo
nervioso Aguirre.
-Tengo el recibo para una cita, en esta mañana, precisamente a esta hora, en el
14 “A” de la calle Luján 2043. La computadora nunca falla en estas citaciones
–le dijo el exterminador, su voz se fue apagando al chocar con la puerta.
-No he visto ninguna artimaña en esta casa. Y siempre estoy viendo mi
habitación con detenimiento, a veces tengo largos periodos de letargo. Usted
debe saber cómo es esto.
-¿Esto no es una oficina?
Hace años un renombrado abogado trabajaba acá. “O la gente se ha cansado de
echarle la culpa a los demás de su propia desdicha, o ya han pasado varios años
que ningún profesional ejerce en este edificio tomado por fantasmas”, le dijo
Aguirre con ironía al exterminador, éste sigue del otro lado de la puerta.
-Tengo una citación del gobierno, no puedo no hacer mi trabajo –nuevamente, con
ímpetu de entrar, dijo el exterminador.
-No se lo estoy prohibiendo, solo le digo que acá no hay ninguna plaga.
-De igual modo, tengo que verificar para asegurarme y fichar en mi libreta de
la inspección, luego podré irme, sin antes también precisar su firma para
corroborar mi asistencia al lugar.
Aguirre se resignó a la idea que no se iría al menos que lo dejara entrar y
terminar con todo esto. Se ha enterado, hasta quizá visto sin la intención de
verlo, el trabajo de los empleados del gobierno, y su modo de intervenir con la
mayor plenitud ética de su enfermedad. Son sanguinarios y si pueden robarte lo
harán sin titubeos. Le han contado incluso como hacen maniobras: “se necesita
fumigar, tendrán que irse por, al menos, cinco días”, o cosas por el estilo. Y
ahí es cuando se roban hasta las medias del traje que costosamente uno compró
para ir a alguna entrevista de trabajo. Aquel traje y medias recompensan los
ojos dilatados y las ojeras que caen como bolsas negras de basura.
-Quiero ver su identificación –esperó Aguirre con el ojo en la rendija cromada
que transparenta el otro lado de la puerta.
-Vamos, no tengo tiempo que perder, sólo vine a ser mi trabajo –Aguirre lo
escuchó, pero no dijo nada.
-Lo dejé en la camioneta… ahora la traigo…
Resignado, dio medio vuelta y dio el primer paso.
-Espere, está bien…
Aguirre giró la llave, y abrió la puerta. El hombre agarró sus instrumentaría
de trabajo cuando Aguirre hizo girar la llave, es una caja metálica y
polvorienta. Un poco de sol que entra del pasillo relame diminutos puntos
luminosos que levita entre la luz y la oscuridad del edificio.
-Gracias.
-Pase.
Entró y se paró en el pie de la puerta, primero miró el techo, luego el piso y
las paredes detenidamente. Aguirre, segundos antes de abrir completamente la
puerta, vio al exterminador mirar con indignación la porción que encierra la
pared y la puerta abriéndose, vio entonces cantidades de mosquitos aplastados
en la pared, manchitas rojas que simulaban un cielo cromado de estrellas
volátiles. El exterminador, ya adentro completamente, seguía mirando la pared
horizontal a la puerta, también hay huellas de unas manos, seguramente dedos
del mismo Aguirre cuando solía caerse desmayado por el calor, caminaba unos
pasos viendo estruendos amarillos en el panorama, no podía sostenerse, y ahí
las huellas perdidas en la pared intentando sostenerse incluso de su propia
sombra.
-¿Vive sólo? –preguntó entonces el exterminador volviendo su mirada hacia
delante.
-¿Tiene que ver algo con el trabajo de fumigación?
-Puede ser, pero en este caso es inverosímil.
-¿Por dónde quiere empezar? –Aguirre apuró la situación. Ya no soportaba la
presencia de alguien y de hablar de cosas efímeras, efímeras para él.
-Por la cocina –acotó el exterminador.
-Por acá.
El consumo de cosas no es una obsesión para Aguirre, tiene lo necesario para
vivir en la ciudad, hay más palabras que metales, más amor en esas cartas
que el odio que se dispersa por el pavimento. Al pasar por el patio, el
exterminador mira sus pisadas en las lágrimas de concreto.
-¿No barre?
-Todos los días, pero hoy se me olvidó, me he despertado hace no mucho –Aguirre
presumió de su miserias, refregándose los ojos–. ¿Si hubiera algún extraño
animal no se notaría en las cenizas?
-Barré todos los días… ¿No ha notado nada raro?
-Creo que no.
-Lo supuse.
-¿Qué cosa?
-No estaba mirando con detenimiento su casa… mire, un pedazo de pan, ¿ve las
marcas de los dientes?
-Eso puede ser cualquier cosa, se me pudo haber caído a mí, en alguna cena y lo
pasé por alto.
-Puede ser cualquier cosa.
-¿Se está burlando de mí?
-Es una posibilidad señor, pero no lo quiero asustar pero por estas zonas se
están denunciando una plaga de roedores bastantes grandes.
-¿Cómo?
-A la vuelta de acá encontramos a una de esas cosas, justo esa casa termina en
el lado próximo a su balcón, son muy hábiles trepando paredes.
-Le vuelvo a decir, no he visto ni oído nada raro más que mis pensamientos.
-No se resigne en todo lo que puede ver en la luz.
Aguirre no entendió con precisión lo que trató de decir el hombre, al menos pensó
en que sería estúpido hablarlo con él, ya no ve en los días, es ver siempre,
cerrados, abiertos ya. No hay más que obsoletas situaciones en la luz, es lo
que tanto nos dijeron y lo que nos dieron, nos dieron a elegir y nos llenaron
de cosas, cosas que ni siquiera pedimos. En la oscuridad es donde todo se ve
con nitidez y con cierto misterio hacia las cosas. Ciertamente uno está más
apegado a lo que siente y no de lo que piensa, o eso cree Aguirre.
-Las alcantarillas, ¿dónde están?
-Hay una debajo de la pileta y otra debajo de la escalera.
Aguirre, encorvándose, le mostró con un dedo la dirección de las bocas, el
exterminador con gracia se acercó y se agachó, parece acercar la cara, la nariz
mejor dicho. Sacó las pequeñas rejas de chapa y con una linterna, que agarró
del bolsillo de su camisa, alumbró la profundidad de las cuencas pestilentes.
Acercó la nariz aun más, pareció oler algo que le recordaba a ese animal, lo
cual hizo un gesto raro con su cara.
-Ese olor.
-¿Qué olor?
-Es la época de cuando se celan, y emanan ese olor seco e incluso dulce con la
orina.
-No es muy preciso en lo que dice, ni siquiera me dijo que especie es.
-Aun no puedo decirle nada al respecto.
-Viene acá, sin ninguna llamada mía, se burla de mi forma de vida y no me da
ninguna seguridad si hay algo dentro de mi casa, lo cual lo dudo mucho… ¿Qué
quiere de mí?
-No quiero estorbar en su vida, pero estos signos son los primordiales para
saber que ese animal está acá… y sus actos son síntomas que me dan a entender
que puedo hacerle creer de lo que realmente existe acá
-Eso es lo que importa, pero nada prueba que pueda respaldar lo que dice.
El hombre se enderezó y se acercó a Aguirre, su traje azul lleno de suciedad,
con sus lentes claros, y su cara oxidada, su piel rasgada por el tiempo, parece
agrandarse con la sombra, lo miró serio, la mirada sin expresión.
-Yo no juego con estas cosas, yo hago mi trabajo lo más profesionalmente
posible y con el sentido común de una vida en la pestilente urbanización. Y
estoy en lo correcto en la afirmación que por acá pasó uno de esos animales.
-¿Pasó?
-Sólo entran a las casas en busca de comida, luego vuelven a sus nidos en las
callejuelas bajas de la ciudad, nunca se quedan días enteros, por eso le digo
que no importa cuánto tiempo pase mirando la habitación, son animales rápidos e
inteligentes.
-¿Usted dice que debo de tener un gato para estos casos? Son de mi agrado, pero
a veces siento que me dejan sólo y desespero inútilmente.
-Un gato no podrá hacer nada contra ellos.
-¿Son más inteligentes y capaces que los gatos?
-Están más adaptados a escapar y escabullirse, no son de enfrentarse con otros
animales, por eso han desarrollado con eficacia sus modos de huidas en
situaciones que sienten que son arrinconados.
-Me sorprende que me diga todo esto, y yo aun sin cuidado, tampoco entiendo la
razón de su existencia en mi casa, aun así, nunca vi unos de esos animales en
los rutinarios y estáticos días. Nada me ha falta porque, claro está, que acá
no hay mucho para hacer, sólo ese pan en el suelo y su nariz que huele un olor
que sale de la alcantarilla.
-Usted debe entender, y esto es otra forma de envolverse que tienen estos
animales: ni siquiera, cuando pasan por las casas, en ciertas oportunidades,
paran a comer o para esconder cosas, igual veo que incluso usted se esconde las
cosas para no verlas por días enteros –el exterminador echó una mirada a los
cuadernos personales de Aguirre tirados atrás de un mueble que yace en unas de
las paredes de la habitación principal–. Como decía, estos animales tienden
también a vivir en las casas, y encontrar a uno en cualquier noche le dirán que
no le hará nada, sólo buscan la comodidad del silencio para reflexionar sobre
la vida de su propio portador. Han sido como espejos para otros damnificados.
-Esto es inaudito. Ahora resulta que estos roedores son seres pensantes
–Aguirre se agitó pero no para levantar la voz, sino que fue un grito de
disgusto al ver algo en la oscuridad que no logró percibir con totalidad. Se
sintió desmayarse, pero un aire claro lo renovó nuevamente, cuando vio al
exterminador dirigir su indignación al techo de la cocina.
-Veo que tiene el techo rebajado… ¿Humedad?
-La cocina y una de las habitaciones. Más arriba está el techo de yeso, pero
si, está carcomido por la humedad.
-Por esos huecos pudieron haber entrado… mire, ¿ve allá? Esa madera sobresale
de todas las demás, pudo haber bajado por ahí y luego colocar de nuevo la
porción de madera recta del techo, nadie sospecharía nada. Y el pan también
debió de ser un truco de él. Para confundirme y, naturalmente, a usted también.
Hace unos minutos creyó Aguirre que simplemente estaba sólo en la habitación, y
que todo este tiempo su pensamiento fue malgastado hasta estrellarse contra las
paredes y rebotar y llegar nuevamente a él, pero en esta ocasión, golpearon tan
fuerte que se resignó a pensar. Muchas veces pensó de lo que puede llegar a
ser, de igual muy dentro de él se dice: el futuro no conduce a nada, no hay
camino en su tiempo, y pienso en lo que haré cuando esté aún más sólo,
abandonado nuevamente en la vera del camino del único tiempo que pasa
indiferente a la brisa del viento, que hace que respire y que salga del bloque
que me encierra majestuosamente en mí, me gusta la inclinación de un árbol cuyo
ruido no oigo, es una señal de que más arriba el viento no desespera.
-Me ha dejado sin habla, quizá…
-Mire, hay rastro de orina debajo de la mesa… ¿ve ahí? ¿Ese líquido amarillo
oscuro?
-Se confunde con el color del piso… entonces… si hay un animal dentro de mi
casa.
-No se preocupe, tengo los instrumentos adecuados para matarlo.
-¿Lo va a matar?
-Eso lo que hacemos.
-Claro.
Y el exterminador se dirigió hacia sus instrumentos y sacó una vara, de
un metro, con un gancho en una de las puntas.
-¿Qué va a hacer con eso?
-Siempre, los hombres, buscan en todos lados menos debajo de su propia cama. En
el mismo lugar de su lecho. Lo cual es tan simple como despertar en las mañanas
y caer del susto con la vista dibujada en la oscuridad.
Hay qué saber el lugar donde desaparecemos conscientemente en las noches, al no
llegar a pensarlo, quizá, pueda uno despertarse otra vez en alguna pesadilla, o
en su defecto, no dormir. ¿Dónde está el lecho de su sueño?
En un momento, Aguirre se opuso a su petición, no dijo nada, el exterminador lo
miró ausente, esperando algo que lo guiara a su destino. Entonces Aguirre se
encaminó hacia su cuarto, el hombre lo siguió en silencio. Prendió la luz, una
neblina azul apareció un momento con la reacción continua de la electricidad,
luego se quemó en las miradas. Las paredes blancas, una mesa con una máquina de
escribir, papales arrugados condecoran la superficie de la mesa. La cama
desordenada, y para finalizar las reliquias dolorosas, una maseta con un
pequeño malvón de flores rojas claras. El exterminador sonrió con desdén, se
agachó al costado de la cama, y penetró la vara en la oscuridad de la
profundidad y agitó la mano, luego empezó a gruñir, pasaron varios segundos, y
fue disminuyendo la velocidad hasta detenerse por completo, dejó caer su mano
sobre el suelo, también la vara cayó, y suspiró.
-Al parecer no hay nada… o ya ha hablado con usted… no, no hay nada.
Simplemente dijo confuso y titilante, y se paró, se alejó hasta la puerta de
entrada donde están sus pertenencias, guardó la vara, alzó sus instrumentos
sobre sus hombros. Aguirre pensó, sin pensar, sobre lo último que dijo el
exterminador. ¿Hablar con quién? Pero no dijo nada al respecto ya que se sintió
más aliviado que el exterminador estaba a punto de retirarse. Pero…
¿Eso es todo? Con ese magistral discurso de un ser consciente de sus actos y
fallas ¿sólo es posible encontrarlo, ahora, debajo de la cama? Aguirre estuvo
durmiendo hasta cuando escuchó el primer golpe en la puerta del mismo
exterminador. Si existiera ¿dónde se habría metido cuando Aguirre flaqueó sus
defensas despierto? ¿Habrá plantado todas las pruebas cuando Aguirre resistió
en la puerta con el exterminador al llegar éste? ¿Concluyó, fielmente, a darle
a entender al propio exterminador, con todas sus pruebas, qué su presencia era
lo que realmente no existía más que una aproximación a su figura actual. La
cual podría estar debajo de la suela del propio pie de Aguirre, ahora
expectante, esperando que el exterminador se retirara de su zona segura?
-Tiene que firmar aquí.
Aguirre se acercó, inventó alguna firma extraña, y le devolvió la lapicera.
-Le llegará el recibo del acta que dicta mi trabajo en el domicilio.
-Está bien.
-Disculpe las molestias.
-Por favor.
-Hasta luego.
-Adiós.
Cerró la puerta. Se recostó contra la pared, agitado de todo lo que había
pasado y de lo qué ha dicho el exterminador, sintió desmayarse nuevamente,
entonces todo le cerró por completo, y la puerta del baño rechinó y unos dedos
huesudos aparecieron en el blanco de la puerta, luego una nariz en forma de
monte, y sus ojos oscuros, grandes parpados que caen hasta sus pómulos, se
sostiene de sus dos patas traseras, su andar es hipnótico, su lengua es gris y
no posee dientes fuertes, su voz es estridente, tal como los zafiros de los
candelabros que cuelgan en la ráfaga de fuego que incinera la fricción de los
autos mutilándose, y también apoyado en la pared, del susto, aquel ser abrió
los labios:
-Tienes suerte que el exterminador no sepa que eres diferente a todos, y que
nunca duermes, sólo sueñas, sin dormir, y que ese sentimiento te empuja hasta
la profundidad de tu cama, que de algún modo te tira de ella sin despegarte de
las sabanas que atrapan tus sueños. Escondido luego en alguna pesadilla,
vuelves a ver por la ventana que ahora se despega de la pared hasta caerse en
un paisaje tenue, una primavera oxidada es lo que se ve, y un sol que dentro de
tus ojos no refleja el despertar de tus días.
Aquella alimaña rió, estuvo buen rato
mostrando sus dientes hasta que Aguirre también rompió en risa, en parte
ingenua y en parte estremeciéndose.
domingo, 16 de octubre de 2016
La abuela, por Marco Castagna
Ahora tengo todos estos recuerdos y la memoria de tu abuela en el
geriátrico. Hace un tiempo fui a visitarla y ahí estaba aturdida por el televisor,
dueña de una resistencia autista. Traté de mirarla a los ojos y cuando lo hice
me hundí como en una copa de vino. Pienso en la felicidad de tu abuela cuando
vas a visitarla, en tu perfume barriendo con el olor a desinfectante del lugar, en cómo le inundas la boca con yogurt fresco.
Cuando fui a visitarla y traté de hablarle más fuerte que el ruido del
televisor, me confundió con un enfermero o con el chico de la limpieza. El
televisor con el sonido al palo y los ancianos catatónicos con la mirada puesta
en otra parte. Los ojos de tu abuela a veces parpadean distinto, en un brillo
intermitente. En ese tiempo eras lo único que tenía y solo me quedaba visitarla
a ella para sentirme cerca tuyo. Un pedazo de vida sujetado a la tierra, dando
bandazos y a la intemperie.
martes, 11 de octubre de 2016
My dear Kong, por Omar Requena Medina
La explatinada rubia concedió su última
entrevista, a condición de que fuese publicada sólo después de su muerte. Sería
absolutamente sincera, advirtió. A mí, me sorprendió un poco esa repentina
hambre de notoriedad, sobre todo tratándose de una persona que ya había probado
calar nuevamente en el gran público, sin éxito, durante mucho tiempo.
Vivía en una modesta casita de Albany, rodeada de gatos y pilas de
discos que ya no escuchaba (“es que el swing se oye con el cuerpo entero y a mi
edad ya no puedo bailar, usted sabe”) En las paredes sucias y descascaradas
podían verse fotografías de la mujer en sus años gloriosos, luciendo mallas
brillantes, trajes de terciopelo ceñidos a un cuerpo esbelto, hermoso, bien
proporcionado. Una talentosa bailarina, aspirante a los mejores espectáculos de
Broadway hasta esa aventura que cambiaría su vida para siempre. En un punto de
su relato, hizo una pausa para ofrecer café o dulce de membrillo. Me decanté
por lo primero.
Pero no debía perder el tiempo. El editor fue claro al pedirme que
abreviara en la medida de mis posibilidades y me largara de allí si la
conversación con la anciana resultaba un fiasco. Nada de fotografías; o apenas
una para acompañar el texto y listo, volver inmediatamente al periódico.
Entonces moví los hilos de la charla para conseguir que la viejecita se
soltara. Era muy hábil. Descubría mis intentos y daba largos rodeos como
venganza. Pese a mi experiencia profesional me sentí azorado, cosa que divertía
muchísimo a la mujer. Sin embargo, mi instinto me decía que si soportaba un
poco más el juego, llegaríamos al punto en que, de haber algo interesante para
contar, sería generosamente recompensado. La anciana pareció cansarse pronto y,
cambiando de tono, fue directamente al grano. Ha de saber, joven, que durante aquellos años padecí lo que llamaban
“furor uterino”; una condición vergonzosa pero que no me impidió seguir mis
irrefrenables impulsos. Yací con toda la tripulación del barco, hasta con el
menos atractivo de ellos, tanto en el viaje de ida, como en el de regreso a la
civilización.
Sepa usted que no fui
raptada por los salvajes: simplemente me ofrecí a ellos a cambio de provisiones
y agua potable, ya que la nuestra se había contaminado con mercurio. Entonces
quedé prendada de ese modo de vivir, natural y libre; aquellas desnudeces
exacerbaron mi necesidad sexual hasta lo intolerable. Al final, como no sabía
qué hacer conmigo aquella gente primitiva, y en complicidad con los del barco,
decidieron dar caza al monstruo en un claro de la selva. Yo me ofrecí, con una
mezcla de miedo e inocencia.
King kong era un
gigante dulce y tierno; no la bestia feroz que pinta la publicidad. Ciertamente
destrozó a otras jóvenes antes de mí. Pero es que ninguna dio con lo
fundamental para mantenerse con vida. ¿Lo adivina? Exactamente… mi querido Kong
era una criatura tan ardiente como yo. ¿Le sorprende? Nos hicimos inseparables.
Pude vivir con él para siempre, de no ser la ambición y sed de riquezas que nos
enferma a todos. ¿Desea más café?
Dije que sí a fin de poder pensar con tranquilidad. Sopesaba mentalmente
las posibilidades, ¿asistía a una verdadera confesión, o me tomaban el pelo?
Esa no era la historia a la que nos habían acostumbrado por años. El primer
impulso fue marcharme, incluso cerré la libreta y devolví el bolígrafo a mi
bolsillo. Pero me contuve; quería ver hasta dónde llegaba el asunto. En el
periódico, podíamos sacar provecho a los delirios de esa viejecita, con una
historia dolorosa y sensiblera. Puse flash a la cámara. Cuando regresó con la
otra taza humeante en las manos, una hosca mirada suya reprochó mis
intenciones.
-No
me gustan nada esos aparatos- dijo. Yo bajé la cámara pero sin separarla de mí.
-Tengo
la impresión de que usted no ha creído una palabra de lo que he dicho-
continuó. – Oiga, si me promete dejar esa cosa ahí, le mostraré algo que le
hará cambiar de opinión.
Acepté y enseguida me condujo al pequeño ático de la casa. Nada fuera de
lo común con respecto a otros lugares semejantes; montones de trastos ya
inservibles, salvo por un objeto similar a una tina de color gris muy
brillante, ubicada al fondo de la pieza y a la que me fui acercando sin darme
cuenta. La anciana dijo con voz animada:
-Sí,
sí… eche un vistazo a lo que hay allí. Ése es el secreto mejor guardado de esta
casa.
No pude adivinar qué podía ser esa cosa larga, negruzca, sumergida en el
líquido transparente. Lucía arrugada y algo asquerosa. La viejecita preguntó
qué me parecía. Entonces, y recordando su historia, sonreí con picardía. Claro,
no podía ser sino….
-Su
dedo meñique izquierdo- adelantó ella por mí.- Con él es que Kong y yo hacíamos
“travesuras”. ¿O pensaba que era otra cosa? Oh, vamos, con eso que usted piensa
me habría matado enseguida; aunque le confieso con honestidad que no me hubiera
importado. ¡Fui tan feliz a su lado y le pagué con perfidia! Me dolió su muerte
y me las arreglé para quedarme con esa parte suya que tantos goces me
proporcionó.
Ni siquiera los seiscientos dólares en efectivo que le ofrecí en el
acto, la persuadieron a dejarme fotografiar nada.
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